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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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30 Agosto 2010 03:00:55
Estar en el mundo sin ser del mundo
El católico debe amar al mundo, debe andar en medio de los hombres, en medio de la vida cultural y política. Pero, al mismo tiempo, debe seguir la advertencia de San Pablo (1. Cor. 7, 31) según el cual aquellos que se sirven de este mundo, no deben detenerse en él porque “la figura de este mundo es pasajera”.

En el pasado, los cristianos no se preguntaban, ante estas expresiones, si la figura de este mundo pasará “bajo todos los aspectos”. Si, de frente al mundo, se deba “bajo todo aspecto”, pasar adelante. Ellos, simplificaban estas expresiones y las interpretaban unilateralmente. Estos textos los inducían, así, a distanciarse del mundo y descuidar los deberes de esta tierra.

La Iglesia, al considerar todo esto, habla con cautela acerca de la “huida de este mundo”. La Iglesia repite el texto de San Pablo, según el cual “la figura de este mundo es pasajera, pero precisa con claridad que la figura de este mundo es pasajera porque está “deformada por el pecado”. Y mientras, cita el otro texto de San Pablo: “No quieran configurarse con este mundo” (Rom. 12, 2), añade que se refiere al “espíritu de vanidad y de malicia” que convierten en instrumento de pecado el trabajo humano, que normalmente debiera estar orientado hacia el servicio de Dios y de los hombres. Paralelamente no es el orden social, como tal, lo que debilita al hombre, sino que es el desorden del hombre el que trastorna este orden. Las perturbaciones del orden social provienen “más radicalmente” de la soberbia y del egoísmo humano que llegan a pervertir el ambiente social. Allí donde el orden de las cosas es perturbado por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado al mal desde su nacimiento, encuentra nuevos impulsos para pecar.

La Iglesia, por una parte, es consciente de que en el mundo siempre hay pecado, que existen las fuerzas del demonio, que el pecado del hombre pervierte el aspecto de nuestro mundo, que este mundo, así pervertido, ejerce un influjo destructivo sobre el hombre, lo debilita moralmente, de tal manera que, sumergido en esta batalla, debe combatir, sin detenerse, por adherirse al bien. La Iglesia, en muchos aspectos, recomienda “la prudencia”, que siempre es necesaria al entrar en contacto con este mundo. Por otra parte, sin embargo, como hemos visto, la Iglesia envía clara y decididamente a los católicos a trabajar en medio del mundo.

Así como existen en el mundo las consecuencias del pecado y del egoísmo humano, así también existen las consecuencias saludables del trabajo honesto, de la generosidad. Y esto acontece en todos los campos de la cultura: en la técnica, en las ciencias naturales, en las artes, en las obras de educación, en la elaboración de las leyes, en la misma política. En efecto, en todos estos aspectos de la cultura hay mucho de verdad, muchos principios constructivos, mucha ayuda efectiva para la construcción de la existencia humana. Todo esto contribuye a la edificación ordenada del mundo. Pues este mundo está constituido por hombres, y en éstos, no solamente existe el mal, el egoísmo, la torpeza, sino también la bondad, el orden, la sabiduría. Y, el contacto con estas virtudes ayuda a elevar al hombre y a ennoblecerlo.

Pero la cosa más importante es esta: la entrada del católico en el mundo debe ser, esencialmente, una entrada a su servicio, por razones de amor. Este es el medio más poderoso para contrarrestar el pecado y el egoísmo. Quién quiera evitar el pecado, debe dedicarse con amor al servicio del prójimo. Esta paradoja aparece expresada en la Sagrada Escritura. San Pablo escribe a los colosenses: “Si han resucitado con Cristo busquen las cosas de arriba… Piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col. 3,1-2). Como un eco de este pasaje encontramos en oraciones litúrgicas la siguiente expresión: “… desprecien las cosas de la tierra y amen las del cielo”. ¿Cuál es, en realidad, el significado del texto paulino? ¿Qué cosa son “las cosas de arriba” que nosotros debemos buscar? El significado lo encontramos en el mismo contexto de este pasaje cuando se habla de las cosas “de la tierra” que se describen como la fornicación, la impureza, pasiones pecaminosas, malos deseos, y avidez de poseer que es una especie de idolatría. Dejen todo esto: cólera, desprecio de los demás, maldad, maledicencia, torpeza en el hablar. No se mientan nunca los unos a los otros, porque ya se han despojado del hombre viejo con toda su conducta” (vv. 5, 8-9). Esas son pues las cosas “de la tierra”, esto es, son las obras del “hombre viejo”. En cambio “las cosas de arriba” son el hombre nuevo con sus obras: “Revístanse de tierna compasión, de bondad, de humildad, de ternura, de paciencia, perdonándose y sobrellevándose mutuamente cuando alguno tenga motivo de reprensión hacia otro. Pero sobretodo revístanse de la caridad, que es el vínculo de la perfecta unión. Y que la paz de Cristo reine en sus corazones” (vv. 10, 12-15).
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