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Germán Martínez Cázares
Germán Martínez Cázares
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25 Diciembre 2012 05:08:47
Estrellas
¿Se equivocaron los mayas al presagiar el fin del mundo? ¿Acaso midieron mal a las estrellas? Sólo intentaron la misma hazaña de los griegos, babilónicos, egipcios en la antigüedad: desentrañar de la bóveda celeste, por el lugar y luminosidad de cada astro, el camino y destino de la humanidad. Los mayas se fiaron de las estrellas. Exactamente igual hicieron los magos de Oriente, cuando se pusieron en ruta a Belén, guiados por una estrella, para honrar con oro, incienso y mirra al nuevo Dios-Rey.

Al recordar ese episodio bíblico, el Papa Benedicto XVI, en su nuevo libro “La Infancia de Jesús”, recuerda al astrónomo Johannes Kepler y su tesis de que la estrella del portal de Belén era una estrella nueva. Joseph Ratzinger mezcla ciencia y religión. Acude al dato duro, científicamente demostrable y lo entrelaza con la fe divina: la estrella del nacimiento de Jesús se produjo, por una conjunción de los planetas Júpiter, Saturno y Marte, pero esos Magos de Oriente (podrían ser de España, sugiere) conducidos por esa galaxia, estaban movidos interiormente por una esperanza.

Hoy, Navidad, es un buen día para afirmar que la religión no es un zodiaco frívolo, ni arcano indescifrable, tampoco adivinanza, no es fuente de culpas, ni dedo justiciero; es una inquietud interior liberadora, atenta quizá a las estrellas, ¿por qué no?, como también puede estar inspirada por el sol, por una montaña, por otra persona, la poesía, el Corán, la Torá o la Biblia de Jerusalén.

En ese mismo escrito, el Papa Ratzinger, por cierto sin el menor asomo de fundamentalismo religioso, como suele endilgársele con facilidad y, sospecho, sin leerlo; y con una desbordante erudición, sentencia: la religión busca llevar a la razón a sus más elevadas posibilidades. Una religión dinámica es la que busca ir más allá de sí misma; y ese dinamismo es búsqueda de la verdad y, por tanto, filosofía; filosofía en el sentido originario de la palabra, es decir, sabiduría. La religión es saber, nos dice el líder de los católicos.

Entonces, esa fe dinámica coexiste con la razón, no hace reñir al templo, sinagoga o mezquita con la academia. Una búsqueda de la verdad no necesariamente excluye al credo religioso; tienen campos separados sí, pero no repudiados; al contrario, cuando el conocimiento y la fe rivalizan, acaban alentando prejuicios en uno y otro grupo, para engordar extremistas o encender esos relativismos espirituales donde triunfa el materialismo vano o la fortaleza insolidaria.

Mientras la estrella de Belén anunció el “Nacimiento” de una época, la Cristiana; el “Renancimiento” dispuso a las estrellas de mejor manera. El doctor en Derecho Nicolás Copérnico devolvió al sol como eje ordenador del universo, pero nunca hostilizó a las enseñanzas divinas. No fue en la fácil esquina de la nada espiritual desde donde Galileo Galilei anima ese nuevo orden cósmico. En sus famosas “Cartas” a Cristina de Lorena Duquesa de la Toscana o a Monseñor Piero Dini, el astrónomo italiano busca afirmar la utilidad de la revelación divina y la verdad científica.

Con Galileo la Iglesia Católica se equivocó porque también apostó a ese divorcio de fe y ciencia. Condenó a Galileo, como hizo con Giordano Bruno. Con esos episodios inquisitoriales la iglesia perdió el argumento de la libertad; sin embargo, poco a poco la recupera. Cabe a Juan Pablo II el honor de haber rectificado al retirar la condena a Galileo; mientras que hace poco, una universidad romana quedó en la vergüenza académica al impedir recibir una cátedra de Benedicto XVI.

El debate entre fe y razón está vivo. Quizá sería útil dejar de buscar la existencia del espíritu, y tratar de descubrir la fuerza de ese espíritu. Quizá a nuestra generación le hace falta algo de “renacimiento” para navegar como Fernando de Magallanes, Juan Sebastián Elcano o Cristóbal Colón, que apoyados en las estrellas iniciaron la mundialización. Quizá a nosotros nos sigue faltando volver los ojos al cielo y confiar en las estrellas, como hicieron los Reyes Magos, Copérnico, Galileo... o los mayas, que ahora ya saben que no hay fin del mundo.
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