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Dalia Reyes
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24 Abril 2019 04:00:00
Famélica y oronda
Nadie desconoce los malabares ideados por millones de madres alrededor del mundo a fin de que los hijos coman su sopa. El avioncito es, quizá, lo más universal entre las estrategias alimentarias madre-hijo, aunque hoy se cuenta con todo una mercadotecnia tras nosotros con platos cuyas formas caprichosas pueden emular a Hulk, el Capitán América o una bacinica.

Lo más decente, creo, es premiar. Es una forma efectiva y aceptada por la Comisión Internacional de Derechos Humanos en casi todas las especies, principalmente en las domésticas para lograr el cometido de quien tiene la sartén por el mango, y en casa es, justamente, la señora.

Una familia consumía tostadas callejeras entre la charla cotidiana y el guiri guiri infantil. La señora, como buena dama, se abstuvo de solicitar semejante charolota con más de dos; así, solicitó por separado una y luego otra. Se animó con la tercera y a punto estaba de llamar a la chica mesera cuando la pequeña –acaso de tres años- se deshizo en aplausos, cantó cierta tonadilla celebratoria, se ensalivó el dedo y lo presionó sobre la frente materna diciendo “¡bravo, bravo, te acabaste toda la comida, ganaste una estrellita!”

La mujer, sonrojada por el frescor vespertino, empezó a tornarse violácea y miró en derredor para saber cuántos fueron testigos de la glotonería expuesta por su linda hija. Acribilló a la chiquita con la mirada y solo se animó a pronunciar: “Ya pedí otra para ti, ya cállate”.

No es culpa de nadie más que de esta sociedad tan enredada: En edad de comer mucho hemos de rogar y dar estímulos para verlo realizado; cuando estamos ya en años de merecer y con todo el apetito en pleno, la estrellita se gana por cada tostada en indulto sobre la mesa. ¿En qué momento esa linda niña entenderá que las cosas serán al revés y entre más famélica más premiada?

Al rato, la familia se retiró. La señora, discretamente, llevó su cargamento de otras cuatro tostaditas bien envueltas y para llevar; la niña caminó oronda y segura, a sabiendas de que tiene una mamá tan comelona como bien portada.

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