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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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21 Diciembre 2018 04:02:00
Feliz Navidad
Como ya le perdí la fe al Servicio Postal Mexicano, ya no escribo a Santa por miedo a las equivocaciones y los retrasos. Llega diciembre con la ilusión de que será un mes de paz, de recibir el regalo merecido o como le decía mi abuela: “la cuelga”. Cada Navidad me obsequiaba un suéter que ella misma tejía, de mangas largas porque nunca le atinaba a la medida o las tergiversaba con las de mis hermanos. “Para cuando crezcas. Seguro que el año próximo te quedará bien”, me decía.

En diciembre nadie está conforme con lo que recibe y a veces ni con lo que regala. El año que pedía una autopista scalextric, me daban un tren eléctrico y cuando quería el nuevo G.I. Joe me regalaban el Kid Acero. Cada Navidad nos reuníamos en casa de mis abuelos en Guadalajara. Todos los primos rondábamos el Nacimiento, nos preguntábamos para quién sería la cuelga más grande. En ese tiempo no se ponía árbol de Navidad, tampoco se llenaban las casas de luces. Santa Claus no existía.

El Niño Dios era quien proveía los juguetes, que siempre terminaba envidiándole a Pedro, mi primo: la serie completa de muñecos de Star Wars, al año siguiente un rifle de postas y al otro, un auto a control remoto. Muchos de esos encuentros familiares despertaban los sentimientos más oscuros y terminaban con sangre. Como yo era medio lento para las cosas manuales no hacían caso a mis peticiones y recibía un Meccano o un Lego de mil piezas. Eran juguetes para heredar.

Jamás aprendí a andar en bicicleta, como tenía la columna chueca mis padres consideraban que sería un peligro montarme en una, y sobre todo desde el año en que casi atropellan a Pedro al salir a la calle a probar su nueva Avalancha Apache. Ese diciembre Ana, mi hermana, recibió  la muñeca Lagrimitas Lili Ledy, no la Barbie que tanto deseaba y que sólo vendían en Estados Unidos. Yo había pedido un juego de química Mi Alegría y me llegó el moco de King Kong. De cualquier manera, cada año seguí escribiéndole cartas al Niño Dios, le pedía el milagro de una Vagabundo azul metálico, de manubrio cromado y luz al frente. Para un niño andar en bicicleta es su primer ejercicio de libertad.

Hace mucho tiempo que dejé de creer, sobrevivo la Navidad y me resigno a sobrellevar la tensión que se percibe en la gente, desesperada por alcanzar lo que vende la televisión y el internet. En diciembre se desbordan las dietas, no se llega a tiempo a ningún sitio, los restaurantes están más llenos y los centros comerciales desbordados de niños, que como sienten que gozan de inmunidad, se hacen insoportables.

Lo único que aprecio de estas fechas son los reencuentros con los amigos y la ensalada de manzana. Hace unos días leí que Santa Claus tiene sus oficinas en París, a donde le llegan miles de cartas que un equipo de ayudantes clasifica, aunque supongo que a México las cuelgas seguirán llegando tergiversadas por el pésimo servicio de Correos de México o la mala numeración de las calles. Empiezo a creer lo que me decía mi madre cuando era niño ante mi desconcierto al abrir los regalos: “otra vez el cartero llevó tu carta sólo Dios sabe a dónde. ¡Feliz Navidad!”.
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