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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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12 Agosto 2010 03:36:26
Forzar la recuperación
Comentábamos el martes acerca del ahorro y el crecimiento. Así como cuando usted ahorra deja de consumir, así la economía en su conjunto, cuando ahorra, deja de crecer. No es el ahorro lo que impulsa la economía, al contrario, la detiene

Lo que promueve el crecimiento es la inversión, y el ahorro puede convertirse en inversión, pero puede no hacerlo. O puede transformarse en malas inversiones, y resultar un despilfarro.

Puesto que el ahorro reduce el crecimiento, si dejamos de ahorrar vamos a crecer más. Se trata sin duda de un crecimiento “artificial”, en el sentido que ocurre porque cambiamos nuestra forma de consumir, haciéndolo en el presente en lugar de en el futuro. Dicho de otra forma, cuando una economía crece porque la gente deja de ahorrar, lo que está ocurriendo es que se crece hoy a cambio de dejar de crecer en el futuro. Y cuando este crecimiento a través de menos ahorro ocurre rápido y dura algunos años, el resultado es siempre una profunda recesión.

En México, esto nos pasó en los primeros años de los 90. Después de una década espantosa, en 1989 parecía que México se convertía en una nueva estrella entre las economías emergentes. Ya habíamos logrado reducir la inflación a niveles manejables, casi sin costo en crecimiento y empleo; el dólar por fin se estabilizaba; y mejor aún, habíamos abierto nuestras fronteras desde 1986, de forma que miles de productos que no conocíamos se podían encontrar, literalmente, en cualquier esquina.

Para quienes no vivieron ese momento, vale la pena recordar cómo en la década de los 80 vivimos en México la falta de algunos productos básicos. Hubo años en que no había azúcar, y otros en que no había leche. Llegamos incluso a no tener pasta de dientes, porque no se podía importar el estaño para hacer los tubos de aquel entonces. Si no había productos básicos como éstos, mucho menos podía uno comprar bienes de lujo como televisiones de color, refrigeradores de dos puertas, lavadoras y secadoras, aparatos de sonido. Teníamos cinco marcas de autos, cada una con tres o cuatro modelos, y eso era todo.

Cuando la inflación se controló y la apertura empezó a funcionar, para 1989, ocurrió un fenómeno muy interesante. Había personas que iban a la frontera, compraban los productos que arriba le mencionaba, y los ponían en su cochera a la venta. Uno se encontraba en cualquier calle con una cochera en que había dos o tres televisiones, un par de refrigeradores, algunos otros electrodomésticos, y unas cajitas de dulces y chocolates estadounidenses. Y los encontraba a precios sorprendentes: más baratos que los que podía encontrar en las tiendas, de calidad muy inferior.

Esa apertura fue la que destruyó industrias enteras en México. Varios años antes del TLC, la producción de juguetes, muebles, textiles, desapareció en pocos meses frente a una competencia muy superior. Se trataba de industrias que habían sobrevivido en México porque no tenían competencia externa. Y aunque en los años a que me refiero los aranceles no eran bajos, era tanta la diferencia en precio y calidad, que incluso pagando impuestos de 40 y 50%, era preferible lo importado a lo nacional.

Después de una década de miseria, los primeros años 90 fueron una fiesta. Nos sentíamos en el primer mundo, y gastamos como si tuviéramos. Pero no teníamos. Lo que ocurrió es que dejamos de ahorrar. Esa reducción en el ahorro permitió que la economía creciera, simplemente por el incremento en el consumo. Aún considerando que buena parte de ese consumo se iba a importaciones, la economía alcanzaba a crecer tres o cuatro puntos al año. Hasta 1994, cuando el deterioro político hizo dudar de la estabilidad de ese crecimiento, y dejamos de tener el financiamiento externo que nos permitía comprar importaciones sin medida. Ésa es la crisis de 1995.

Puesto que uno nunca quiere aceptar errores propios, había que conseguir culpables para esa crisis, y los villanos favoritos fueron los banqueros. Y claro, el presidente de la República. Si era todopoderoso, debió haber evitado la crisis y no lo hizo. Por eso Carlos Salinas es el ex presidente más odiado en México, porque nos hizo ver el primer mundo de cerca, y luego lo perdimos.

Exactamente lo mismo que nos pasó a nosotros en aquel entonces le pasó a Estados Unidos en la primer década del siglo XXI. Gastaron como si tuvieran, y no lo tenían. Y como tampoco ellos quieren aceptar que gastaron de más, culpan al sistema financiero de sus cuitas. Hoy sufren, como sufrimos nosotros en 1995, por no poder pagar sus hipotecas. Y exigen que el gobierno los rescate, aunque hayan comprado casas que no podían pagar. El problema es que el gobierno es sólo el intermediario entre los que pagan impuestos y los que se gastan el dinero, de forma que cualquier rescate significa quitarle a unos para darle a otros. ¿A quiénes se les quita y a quiénes se les da? Es la gran pregunta fiscal de siempre, pero más grave en estos casos.

Cuando un país tuvo una recesión como producto de una reducción en su ahorro, tiene que volver a ahorrar para resolver sus problemas. Mientras lo hace, la economía se contrae. Forzar la recuperación mediante más gasto del gobierno significa mantener el exceso de gasto, ya no a través de las personas, sino a través del gobierno. Es decir, es impedir la solución del problema. Sin duda, en el momento de la crisis, es importante que el gobierno impida un ajuste brutal, incrementando su gasto e incurriendo en déficit. De eso no hay duda.

Pero mantener ese gasto durante varios años, porque la economía no crece, es querer mantener los excesos previos. Regresando al muy manido ejemplo de la borrachera, es querer curar la cruda con más alcohol. No dudo que ayude momentáneamente, pero va a resultar mucho peor, y muy pronto.

Aunque parezca muy duro, cuando uno está en problemas por haberse excedido, hay que aguantar y limitarse. No buscar quién pague nuevos excesos.
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