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Salvador García Soto
Salvador García Soto
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Salvador García Soto es periodista. Nació en Guadalajara Jalisco, donde cursó la licenciatura en Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la Universidad del Valle de Atemajac. En Guadalajara colaboró en varios medios locales y en oficinas de los gobiernos estatal y federal. Fue reportero de la fuente política en El Heraldo de México y en el diario La Crónica de Hoy. Desde 1998 escribe la columna política Serpientes y Escaleras que se ha publicado en los periódicos La Crónica, El Independiente y actualmente en el Universal Gráfico. Fue director general de Crónica y ha colaborado en revistas como Vértigo y Cambio. Durante dos años fue conductor del programa Cambio y Poder que se transmite por Cadena Raza y desde noviembre 2003 colabora en W Radio como comentarista del noticiario Hoy por Hoy tercera emisión y en el programa El Weso.

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12 Mayo 2020 04:02:00
Fracasan Guardia y abrazos; vuelven los militares
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El viraje del presidente López Obrador de volver a sacar a los militares a las calles, para que otra vez se hagan cargo de la inseguridad y la violencia provocadas por la delincuencia organizada, puede leerse de varias formas y obedecer a muy distintas circunstancias: la crisis económica y social del Covid-19 será más fuerte que ninguna y hay riesgos de inestabilidad social; la Guardia Nacional no funcionó ni maduró en 11 meses; la estrategia de “abrazos no balazos” fue una pésima ocurrencia; el narco se desbordó ante la ausencia del Estado y Estados Unidos presionó para volver a combatirlos.

Pero en cualquiera de las explicaciones todas, inevitablemente, conectan con dos palabras que definen la estrategia de seguridad federal de la 4T: incongruencia y fracaso.

Incongruente porque después de pasar años criticando y condenando la fallida y sanguinaria militarización del presidente Felipe Calderón a la seguridad pública, que le costó al país 121 mil mexicanos muertos en su “guerra contra el narco”, el presidente López Obrador hoy ordena que las fuerzas armadas del país, el Ejército y la Marina, salgan de nuevo a encargarse de la seguridad pública, con el argumento de que su Guardia Nacional no ha logrado consolidar su estructura, a pesar de que le inyectó 87 mil 200 millones de pesos en menos de un año –17 mil 200 millones en su arranque en 2019 y 70 mil millones este año– y de que se trata de una militarización “extraordinaria”.

Tanto atacar a Calderón y a Peña Nieto, no sin razón, por sus fallidas estrategias militarizadas que le costaron al país cerca de 250 mil asesinatos violentos, para que al final Andrés Manuel recurra exactamente a la misma vía militar.

Solo que ahora el Presidente ordena la militarización de la seguridad con un componente adicional a la violencia desbordada y a la ausencia de Estado, que en su momento esgrimieron los dos expresidentes: la posible inestabilidad social por protestas y aumento de la delincuencia que puede traer la profunda crisis a la que se encamina el país. ¿Se está preparando López Obrador para un país donde los desempleados, y los inconformes con las pérdidas de todo tipo que les dejará el Covid-19 encuentren como freno el manotazo militar?

Como sea, el decreto presidencial que entra en vigor el día de hoy y que dispone “de la Fuerzas Armadas permanente para llevar a cabo tareas de seguridad pública de manera extraordinaria”, es un reconocimiento tácito de que fracasaron rotundamente las dos apuestas en materia de seguridad que hizo el Ejecutivo: primero una Guardia civil en la ley, pero que en realidad siempre estuvo bajo las órdenes de la Secretaría de la Defensa Nacional y sometida al mando militar, y segundo, que su absurda política moralina de “abrazos no balazos” y de consejos a los delincuentes para que pensaran en sus mamacitas, resultó una demagogia muy costosa para los mexicanos que acumuló más de 44 mil muertos en un año 5 meses.

La otra posible explicación para que López Obrador se haya tenido que morder la lengua y modificar radicalmente su política de seguridad, al grado de caer en la incongruencia, podría ser la presión desde Washington.

Tal vez en su muy cacareada amistad con el presidente Donald Trump y en los “favores de amigos” que le ha estado haciendo la Casa Blanca entre la pandemia del Covid-19 y la profunda crisis petrolera, hubo alguna “recomendación o sugerencia” de que su estrategia de seguridad y, especialmente su política antinarco, basada en consejos morales y reconocimiento de derechos a los violentos capos y sicarios, no estaba funcionando y requería un cambio radical.

Así que, el presidente López Obrador y sus analistas y aplaudidores seguro dirán que su militarización de la seguridad pública es muy distinta a las de sus repudiados antecesores, que aquí “sólo es para ayudar a que se consolide la Guardia Nacional” y que “no nos confundan, porque no somos iguales”, pero parafraseando al clásico, “haiga sido como haiga sido” el Ejército otra vez está en las calles y una vez más asume el mando civil de la seguridad en el país.

¿De qué tamaño estarán viendo la tormenta económica, social y delincuencial que se viene por el coronavirus para que, sacrificando la congruencia, hayan recurrido al brazo militar?
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