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Dan T
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15 Enero 2019 03:59:00
Fui a cargar gasolina
Fui a cargar gasolina. En una maleta metí dos mudas de ropa, tres mudas de ropa interior, 16 latas de atún, dos paquetes de pan Bimbo, una mayonesa de las grandes (como de puesto de tortas) y una caja de refrescos. Eso sí: puro refresco light. Me despedí de mis hijos con cariño, me abrazaron y nos prometimos que si no nos volvíamos a ver, ellos seguirían estudiando y terminarían una carrera.

El mayor me prometió estudiar ingeniería petroquímica para encontrar la cura contra el desabasto de combustible. Fue hermoso. Mi auto es pequeño, así que tuve que ser muy cuidadoso para determinar qué clase de equipo podía llevarme en esa aventura. De entrada descarté la tienda de campaña, pues aunque era más cómoda y espaciosa, incluso tenía baño, era mucho más práctico dormir en el auto utilizando un sleeping back. Por el baño realmente no me preocupaba: ¡benditos pañales para adulto! La primera vez que los usas, te sientes incómodo, tal vez hasta culpable, sin duda sucio.

Pero conforme van pasando los días, hasta les vas agarrando el gusto y te dejas abrazar por eso que sale de ti y que antes le hacías cara de fuchi y que hoy, en cambio, te hace sentir calientito, como en casa. Pensé en llevarme el tinaco, pero eso hubiera implicado dejar a los niños sin agua y si de por sí son bien cochinotes, sin agua seguramente se habrían echado a perder. Así que compré cuatro bidones de 20 litros cada uno, con los cuales me imaginaba a mí mismo nadando en una alberca de magna y premium, como Rico Macpato nadaba en una piscina de billetes y monedas.

Sin que nadie se diera cuenta, me llevé aquello que pudiera servirme como arma en caso de que las cosas se pusieran feas, como el bat de beisbol, el cuchillo eléctrico de cocina, una pala de madera y, claro, una chancla, como bien me enseñó mi madre. Me enfundé en la chamarra, me puse los guantes y salí de la casa a la aventura de conseguir gasolina, encomendándome al cielo para poder regresar algún día a casa y conocer a los hijos de mis hijos. Conforme iba avanzando por las calles de la ciudad, me di cuenta que la situación era peor de lo que esperaba: por todos lados se veían autos y camionetas abandonadas. De todos ellos, el que más me impresionó fue un Mustang de 8 terroríficos cilindros parado a media Avenida Revolución, como un monumento al fracaso del gobierno ante la crisis gasolinera.

Cuando por fin encontré una gasolinería abierta, habían pasado 40 días y 40 noches desde mi partida. Los tamales verdes ya se me habían acabado y sólo me quedaban dos de dulce. Me formé al final de la fila y me bajé del auto para tratar de ver hasta donde estaba la estación y poder calcular el tiempo que tardaría en cargar gasolina.

Mis ojos se deslizaron por los toldos de los miles de autos en fila, hasta que la vista no me dio para más. El tipo que estaba justo adelante de mí, me dijo:

–Más vale que además de esos bidones traiga usted mucha paciencia.

–¿Por qué?,¿Está muy lenta la fila?

–Pues, mira, la verdad es que ya ni siquiera sé si es fila. Cuando yo llegué acá a formarme, López Obrador era un presidente muy popular y querido.

–¡Ay, en la madre! Oiga, pero eso fue hace mucho, mucho, mucho tiempo. ¿Y de qué ha vivido todo este tiempo?

–Aprendí a sembrar papas con popó en una película.

–¿O sea que no hay tamales ni taquitos por aquí?

–Jajajajaja. ¿Y usted cree que los tamales y los taquitos se dan en árboles? ¡Hay que hacerlos!

–Pero, pos, los traen en bici, ¿no?

–¿Y cómo quiere que los hagan si no hay gasolina para traer los ingredientes?

–No, pues sí. Oiga, tengo hambre. No me regala una popó.

–Pero tiene popó.

–Sí, pero al rato me cambio el pañal.

–¡Provecho!

¡Nos vemos el jueves!
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