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Jorge Zepeda Patterson
Jorge Zepeda Patterson
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14 Julio 2013 04:00:44
Furia en la calle
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En la pelotera de las elecciones estatales del domingo anterior, pasaron poco menos que inadvertidos dos hechos que me parecen son un síntoma de un fenómeno soterrado, profundo y creciente que experimenta la vida diaria: La exasperación ciudadana, que roza ya con la violencia, ante la incapacidad de la autoridad.

El lunes pasado amanecimos con la noticia de que en Tultepec, Estado de México, los pobladores dañaron doce patrullas y quemaron cuatro de ellas cuando se enfrentaron a un grupo de policías. Protestaban por la muerte de dos jóvenes en condiciones poco claras, unas horas antes. El caso aún se encuentra bajo investigación. Yo simplemente me pregunto cuán intensa debe ser la furia ciudadana para que algunas docenas de personas pongan en fuga a un grupo de policías armados. Sobre todo porque los agentes dispararon sus armas al aire para amedrentar, sin éxito, a los vecinos.

No habían pasado tres días cuando en otro sitio, el poblado Kilómetro 30, en la carretera federal a Acapulco, los habitantes protagonizaron un incidente casi calcado de Tultepec. Varios patrullas acudieron al lugar a detener a presuntos delincuentes que se habrían refugiado en esta población de siete mil habitantes.

En el proceso catearon algunos domicilios y golpearon a algún joven que opuso resistencia. Un hombre con altoparlante notificó a los vecinos lo que estaba sucediendo y en poco tiempo se reunión una multitud que impidió la salida del comando. La reyerta duró un rato y dejó docenas de casquillos en el suelo; varios policías salieron con heridas de distinta índole. Poco más tarde 3 mil personas tomaron la carretera federal a Acapulco y la mantuvieron bloqueada durante 18 horas.

La prepotencia policíaca no es cosa nueva, ni tampoco la indignación que provoca en la gente. Los linchamientos de autoridades por una turba de vecinos es una imagen que periódicamente invade los noticieros de televisión. Lo que me llama la atención es la aceleración del proceso, la frecuencia reiterada con que ahora lo estamos viviendo. Eso, y la proliferación de las guardias de auto defensa, más allá de que algunas de ellas puedan ser coartadas del crimen organizado, nos tiene que llevar a pensar que estamos ante un fenómeno de alcances insospechados.

No sólo se trata de una ruptura cada vez más profunda en la relación entre la población y las autoridades en lo que toca a la imposición y acatamiento de la ley. El problema es que para muchos ciudadanos la intervención de la autoridad no significa la aplicación de la ley.

Pero incluso me parece que hay algo más de fondo en el tema. Quisiera equivocarme pero tengo la impresión de que está aumentando la incapacidad del Estado para procesar y resolver problemas básicos de la población. Temas como agua potable, pavimentación, educación de calidad, salud.

Ciertamente los servicios públicos han mejorado en términos de eficiencia en los trámites, mejor atención e incluso, en algunas oficinas, una actitud de servicio “al cliente” que antes no existía. Pero esos son los temas superficiales.

En cambio lo que tiene que ver con el largo plazo, con las obras de largo aliento que resuelven temas de agua potable, transporte público, campañas ambiciosas de salud pública, etcétera, brillan por su ausencia. Podríamos observar, por ejemplo, que las principales obras públicas están vinculadas a las inversiones de la iniciativa privada, como las carreteras. La concesión de grandes obras a las constructoras importantes se ha convertido en un excelente negocio entre la clase política y la empresarial. De allí la proliferación de puentes y caminos. Pero no ha sido el caso en ferrocarriles, obra portuaria, Metro en las grandes ciudades, centros universitarios, presas y agua potable y alcantarillado. Nuestras ciudades grandes y medias emprenden la construcción de pasos a desnivel al menor pretexto; pero son incapaces de construir un transporte público medianamente eficaz.

La competencia entre los partidos y la alternancia política en gobierno estatales y municipales en teoría debería haber provocado los incentivos para lograr una administración pública más eficiente. Pero no es el caso. Todos operan para el corto plazo en busca de la siguiente elección; la obra de largo plazo no luce en los comicios del siguiente año. La oposición estorba al que gobierna, y el que gobierna lo hace para reelegirse unos meses más tarde.

Mala mezcla pues entre un entramado político incapaz de resolver los problemas de fondo de la población y una exasperación creciente de la ciudadanía. ¿Cuántos incidentes fugaces pero explosivos se necesitan antes de que se incendie la pradera?.

http://www.jorgezepeda.net
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