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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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15 Julio 2010 03:11:33
Futuro a debate: la economía
Uno es de la autoría de Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda, titulado Un futuro para México (Futuro) y el otro es un documento preparado por la organización Sociedad en Movimiento con el apoyo de la fundación Konrad Adenauer, bajo el nombre México a Debate (Debate). Ambos textos comparten buena parte del diagnóstico y las propuestas, y con ambos coincide esencialmente esta columna. Es por ello que consideramos muy importante su difusión y discusión.

Entramos ahora al tema económico, que Futuro pone como su primer punto. De arranque, nos dice este documento que tenemos que “cambiar la meta nacional de combatir la pobreza a la meta nacional de crear riqueza (sin abandonar lo ganado en programas para la población más desprotegida).” Y para crear riqueza, nos dicen, lo que hay que hacer es quitar las trabas que hoy impiden a los mexicanos desarrollar todo su potencial: trabas en el mercado laboral, falta de competencia, obstáculos en trámites y leyes, etc. El mayor énfasis de Futuro está en los privilegios que distintos grupos tienen y que impiden a los demás producir como podrían. Son privilegios de líderes sindicales y campesinos, de empresarios oligopólicos, de funcionarios corruptos e ineficaces.

Por su parte Debate propone cuatro líneas que coinciden en esencia con Futuro: 1. Organización de los mercados y competencia; 2. crecimiento y empleo; 3. mercado laboral; 4. productividad y competitividad. En el primer punto se concentran precisamente en promover la competencia (con mayores atribuciones a la Cofeco, por ejemplo) y abrir aún más el comercio internacional, mientras que en el tercero promueven reformas laborales que permitan contratación más fácil y amplia de la que hoy tenemos (no muy diferente de la reforma laboral que está hoy en el Congreso). El segundo punto parece más bien reminiscencia de épocas pasadas, pero en realidad Debate propone “crear un clima favorable a la inversión privada, (…), apoyar empresas para la reconversión productiva”, que son ideas más modernas, junto con algunas ideas de siempre, como fomento al campo, que vienen de un pasado inútil.

En ambos documentos hay mucha insistencia en la productividad. Creo que ése es el punto más importante en materia económica para el futuro de México. Tanto la mayor competencia como la liberación de los mercados tienen sentido si promueven la productividad. En ambos se comenta que la productividad se ha estancado, pero me parece que ambos cometen el error de creer que hubo un momento en que la productividad sí crecía, y eso no es cierto. Se trata de un error común, por cierto, porque casi no tenemos estudios recientes de productividad que se vayan antes de 1980. Puesto que muchos de los que estudian este tema lo que quieren es demostrar lo mal que nos ha ido con el “neoliberalismo” y fechan su inicio en 1982, entonces hacen el estudio para probar su creencia. Y efectivamente, de 1980 o 1982 en adelante la productividad en México es nula. Me refiero a lo que los economistas llaman “productividad total de los factores” que es lo que importa. Es cuánto crece una economía descontando el mayor uso que haya hecho de capital, trabajo u otros factores productivos.

Lo que me interesa argumentar con usted es que la productividad total de los factores en México es prácticamente nula en los últimos cien años. No es que hayamos hecho las cosas mal desde 1982, las hacíamos mal desde 1910. De ese año hasta 1940, el crecimiento económico fue exactamente cero (per capita), de forma que poco puede uno hablar de productividad en esos treinta años. De 1940 a 1965, cuando tuvimos el llamado “milagro económico mexicano”, la productividad total de los factores también es nula: el crecimiento resulta de más capital, más tierra y más trabajadores. De 1965 a 1982, el crecimiento de la economía se explica, en más de la mitad, por deuda externa, y lo restante no alcanza siquiera a compensar el incremento en mano de obra del periodo, de forma que tenemos productividad negativa. Y de entonces en adelante, ya lo comentábamos, las cosas no son mucho mejores.

Esto quiere decir que la economía mexicana fue un fracaso en el siglo XX, y que todo el crecimiento que tuvimos respondió a un mayor uso de factores productivos, no a mayor productividad. Esto es muy importante entenderlo, porque implica que prácticamente todas las medidas de política económica que se han usado en los últimos 100 años han resultado ineficaces. Esta columna insiste en que eso se debe a un error de entrada: no hemos querido que este país sea moderno, en el sentido que toma la palabra modernidad con los cambios del siglo XVI en adelante.

Por eso la secuencia que hemos utilizado para analizar Futuro y Debate, porque el punto de partida de nuestros errores es negarnos a vivir en la modernidad, lo que significa que no queremos una sociedad en donde todos seamos iguales, se nos mida de acuerdo con nuestros propios méritos, y se nos deje competir (y fracasar) libremente en el mercado. Queremos una sociedad de estancos, en donde el origen determine el éxito de las personas, y en donde se nos proteja de todo mal. Bueno, pues ese tipo de sociedad y ese tipo de economía no pueden funcionar en el siglo XXI, como no funcionaron en el siglo XX.

Si queremos un futuro mejor, es necesario que aceptemos este punto de partida indispensable. Futuro y Debate tienen razón: el éxito económico depende de la libertad de los mercados y de la competencia entre iguales. De eso depende, también, una productividad que no hemos logrado crear en un siglo entero. No hay mal que dure cien años, dice el refrán, hay que cumplirle.

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