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Germán Martínez Cázares
Germán Martínez Cázares
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16 Septiembre 2008 07:20:00
Grito
Nacimos producto de un parto histórico y doloroso, que duró 11 años, llenos de violencia, traiciones y fusilamientos

El cura Hidalgo puso el grito en el cielo cuando supo que se filtró la conspiración que organizaban con Ignacio Allende y Juan Aldama, para levantarse contra la autoridad del Virreinato de la Nueva España.

Ese grito de Dolores marcó el arranque atropellado e inesperado de la lucha por la independencia mexicana. Era una voz de enfado, de un ardimiento personal de Miguel Hidalgo y Costilla producto de la urgencia, pero sin una ruta exacta para caminar. Siempre cuesta trabajo advertir que el grito del cura Hidalgo incluía “vivas” contradictorias al rey de España y “mueras” al mal gobierno.

Como sea, nuestra identidad nacional nace de un grito. Un grito que nos convoca a la guerra, como dice la letra de Francisco González Bocanegra, en el Himno Nacional.

Nacimos producto de un parto histórico y doloroso, que duró 11 años, llenos de violencia, traiciones y fusilamientos. En los que José María Morelos le da orden, reglas y objetivo a esa lucha armada. El movimiento igualitario de Morelos, paradójicamente terminó por colocar en un trono a un rey mexicano: Agustín de Iturbide.

Desde entonces gritar es parte de la fiesta que nos uniforma como mexicanos. “México sabe gritar” dijo, en alguna de sus visitas el Papa Juan Pablo II. Y en los eventos deportivos internacionales, algunas delegaciones extranjeras cantan, otras bailan, las nuestras gritan.

La época dorada del cine nacional, estuvo marcada, entre otras señas inconfundibles, por los gritos de dolor o de gusto de Pedro Infante, para reclamar un amorío, un tequila o retar a un duelo.

Todo mexicano sueña con que un “gritón” de la Lotería Nacional le cante su número de suerte para convertirse, de la noche a la mañana, en nuevo millonario.

El problema es que el grito invada a la política. Todas las confrontaciones se inician con gritos. El grito es el peligroso anuncio de la hostilidad; pero la política sólo se puede hacer en el diálogo razonable y pacífico entre diferentes.

“A gritón pelón” puede moverse sensaciones, pero no razones, puede animarse multitudes, pero no acordar entendimientos parlamentarios.

Gritar pues, es una ruta del desdén por el otro. “A mi no me vas a gritar”. También es un camino donde la palabra, el argumento y la razón no cuentan. Gritar exhibe fuerza, no pensamiento. Es un ejercicio gutural, no intelectual; y la política es un ejercicio de reconocer y estar dispuesto a intercambiar ideas con otro.

Algunos izquierdistas radicales han hecho del grito su bandera. Incapaces de redactar un plan, una propuesta de modernización del país, llenan las calles con sus gritos. No tiene más ofrecimiento que el fácil griterío. Si es ensordecedor muchísimo mejor.

Los profesionales del grito fueron convocados ayer al Zócalo de la capital del país, para gritar durante la conmemoración del Grito de independencia. Sólo querían gritar, es decir, vociferar, berrear, sin nada más.

Eso son: un simple grito efímero, momentáneo, fugaz, perecedero. Qué lástima. Teniendo todo para construir un verdadero movimiento.
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Hace 69 años, precisamente durante las fiestas de la Independencia, encabezados por Manuel Gómez Morín, se reunieron en el frontón México, junto al Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México, varios mexicanos, muchos de ellos maestros de la Universidad Nacional para fundar al Partido Acción Nacional.

Prefirieron la ruta paciente de construir una organización, a la apuesta fácil de seguir el grito de un caudillo.

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