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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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15 Marzo 2019 03:20:00
Historia de mi llanto
La última vez que lloré fue el 21 de diciembre del 2003. Edith, la novia que tenía en ese entonces, me dejaba derrotado y herido en mitad de mi cama. Fue un llanto incontenible, ahogado, que duró tantas horas que hasta logró agotarme. No he vuelto a llorar así, con el tiempo y la edad he ido perdiendo la fácil capacidad del llanto. Cuánta falta me hace. Extraño perder el control y dejarme llevar por mis emociones, por ese impulso infantil.

¿Será que cuando era niño lloré tanto que ahora ya no me queda histrionismo? Porque mis berrinches eran memorables, siendo el menor de cuatro hijos no quería perder de vista a mi madre. En Tequila, la gente sabía que la señora Ceci, siempre llegaba con uno de sus hijos. Y si se me escapaba, lloraba toda la tarde hasta que me vencía el cansancio y me dormía.Lloraba por el juguete arrebatado, por peleas inútiles con mis hermanos, por caprichoso. Lloraba porque no sabía de pudores ni vergüenzas, lloraba porque podía hacerlo en cualquier sitio sin ocultarme y sin que nadie mirara con asombro.

¿Cuántas veces he visto llorar a un hombre por la calle? Nunca. ¿Cuántas veces he visto llorar a mis amigos, a mis hermanos, a mi padre? Nunca. ¿Será que los hombres vamos perdiendo ese desahogo con el paso de los años? No lo sé, pero siempre me ha maravillado la facilidad que tienen las mujeres para llorar, para expresar con lágrimas su amor o su rabia. Su desdicha o abandono. Llorar para ellas es como un escudo de defensa o arma de ataque. Ahora tengo que valerme de una sala de cine para llorar. En la oscuridad contengo una espiral de llanto, que voy soltando poco a poco y con la medida exacta de terminarlo antes de que enciendan las luces.

Pero nunca he vuelto a repetir el histérico llanto, sufriente y anegado de sollozos, o el pavoroso llanto de quien grita con la fuerza de querer recuperar el aliento. Tampoco ese llanto de felicidad que convida a la risa o el de aquel que ríe tanto hasta desbordar lágrimas. Nunca el asombroso llanto del orgasmo, ni el oscuro llanto sin lágrimas, como una tormenta sin lluvia alumbrada de relámpagos. Envidio a las mujeres que han estado a mi lado y que siguen con su capacidad intacta de llorar, de descargar el alma de recuerdos.

Así como en la infancia se aprende a amar, a comer a ciertas horas, se acostumbra al cuerpo a dormir o a hacer ejercicio, también deberíamos aprender a llorar. Poder decir, “voy a mi taller de llanto”, o “te presento a mi profesora de lágrimas”. Deberíamos de aprender a encausar las emociones y que nadie nos reprima cuando nos vean llorar. Si alguien ve a otro lamentándose a mares, que no lo detenga. El mejor consuelo no es decirle que ya no llore, al contrario, lo mejor es que suelte. Sólo llorando comenzamos a dejar salir la frustración y la pena.

Quizá sería bueno tener nuestra rutina de llanto cada cierto tiempo y no esperar a la muerte de alguien que amamos o al abandono de nuestra pareja, después de una noche de ruegos y promesas, en mitad de una cama, a punto de Navidad. Quizá sería bueno, cada tanto, llenarnos de nostalgia y de nuevo aprender a llorar.
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