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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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16 Marzo 2019 03:17:00
Ídolos vienen, ídolos van
No son pocas ni sencillas las razones por las cuales un ser humano necesita creer en algo superior a sí mismo, ni escasas las personas y las ocasiones en que tal necesidad adquiere un carácter vehemente, que conduce irremediablemente a la idolatría, es decir, a la adoración de un ídolo como se supone que debiéramos amar a Dios.

De hecho, todos hemos sido idólatras alguna vez. Hemos adorado personas, objetos, símbolos de poder como el dinero, la fama, la belleza física; o ideas sobre Dios transmitidas por las religiones y, en sustitución de ellas, conceptos como la ciencia.

Necesitamos idolatrar por varias razones. Primero, es imprescindible que nos demos una identidad, o sea, un yo. Durante la niñez, nuestro ídolo será el padre o la madre; durante la adolescencia, los amigos, las parejas, o figuras públicas.

Hasta aquí todo normal. Pero… cuando siendo adultos estamos idolatrando, algo anda mal.

Hablamos de adultos inmaduros que en su formación de identidad se quedaron en un yo opuesto al de los demás, necesitado de defenderse, porque evidentemente se cree deficiente. Las razones por las cuales esto pasa son evidentes: falta de atención, de afecto, de reconocimiento y validación durante la infancia. Ausencia de una enseñanza sobre cómo manejar las emociones.

Ciertamente muchas personas aprenden esto en el camino de la vida, pero la verdad es que la mayoría no. Tenemos por eso sociedades enteras infantilizadas, culpando a los demás de lo que sucede, atribuyéndose la razón absoluta, porque eso es lo que hace un idólatra: si el ídolo no puede equivocarse, todos los demás lo están.

El idólatra está en un estado mental de tanto miedo y tanta inseguridad, que le enajena al ídolo su voluntad, su capacidad de razonamiento y hasta sus acciones, con tal de no hacerse responsable de sí mismo. Esto es muy común en política.

El idólatra monta en cólera y reacciona con violencia cuando contradicen o critican a su ídolo, que ciertamente puede ser él mismo. Las redes sociales dan muestra cotidiana de idolatría.

Por otra parte, el ser humano es inconforme por naturaleza, porque no solo actúa para sobrevivir y reproducirse, sino para desarrollarse. Pero ha confundido la inconformidad con descontento. La primera es una actitud ante la vida, el segundo es un malestar que frustra y nos lleva a evadirnos del presente, esperanzados en que el futuro será mejor.

En ese escape de nosotros mismos y nuestras circunstancias es que utilizamos una cualidad espiritual que está destinada a propósitos muy superiores: la fe, la convicción más allá del entendimiento, que debiera servirnos para amar a Dios y no para poner la expectativa en un futuro que nunca, jamás, vendrá, porque cuando llegue será presente, y en nuestro afán de huir siempre de éste, habremos evadido la vida misma.

No obstante, el ídolo es la promesa de ese futuro al que aspiramos, y no porque el presente no sea bueno, sino porque, prendidos al pasado, mezclamos la inconformidad con emociones negativas: frustración, envidia, resentimiento; en resumen, infelicidad.

La vida avanza y el ídolo no cumple con nuestras expectativas, nunca lo hará, y probablemente pasará mucho tiempo antes de que nos demos cuenta de ello, pero invariablemente llegará el momento. El ídolo no resuelve porque no es nosotros.

En lo que nuestra vida concierte, solo nosotros tenemos el poder de cambiar las cosas, y no se trata de tener más dinero, más estudios, más fama, sino de pensar diferente.

Ahora bien, tratándose de personas, el idólatra será siempre menos infeliz que el ídolo. Éste es en realidad el dependiente del binomio. Creyendo tener el control, lo pierde todo de pronto.

Práxedis Guerrero, el periodista, editor, filósofo y poeta mexicano, precursor de la revolución mexicana, dijo: “Es más fácil suplantar un ídolo en la conciencia de los idolatras; no así destruir la idolatría.

Por eso los suplantadores tienen mejor suerte que los reformadores.”
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