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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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31 Marzo 2013 02:00:18
Iglesia católica
La iglesia católica llegó a su máxima celebración, la pascua de resurrección. Lo hizo con dos Papas, uno emérito y otro recién designado. Y lo hizo en medio de diversos conflictos que, según los medios, provocaron la renuncia de Benedicto XVI, o al menos le ayudaron a decidirse.

La iglesia católica se crea, propiamente hablando, en el Concilio de Nicea, en el año 325, cuando Constantino decide utilizar la religión creada alrededor de un profeta judío y ampliada al resto de la humanidad por un romano perseguidor de judíos, Pablo. Para Constantino es una forma de construir legitimidad en un imperio que se viene abajo. Aunque para entonces ya se habían separado nominalmente las dos mitades del imperio Romano (Oriente y Occidente), será en los años siguientes cuando esa separación se haga totalmente real. Y ocurrirá dividiendo a los cristianos del imperio en dos: Católicos y ortodoxos. Otras denominaciones, mucho más pequeñas, habían ido apareciendo alrededor del Mediterráneo, y algunas de ellas sobreviven hasta el día de hoy.

Creada por el emperador, la Iglesia heredará la estructura territorial del imperio, de ahí las diócesis, y mantendrá su posición como legitimadora, a veces de forma fraudulenta (como con la Donación de Constantino), a veces por su peso real. El momento de la madurez ocurre con la coronación de Carlomagno, la Navidad del 800, que asocia a los imperios del centro de Europa con el papa por un
milenio.

Sede de la legitimidad durante todo ese tiempo que llamamos Edad Media, la Iglesia es una institución de ese tiempo. Mantiene una estructura aristocrática-feudal, procedimientos medievales, y creencias que se fueron desarrollando en esas épocas y poco se han movido: El celibato, la Inmaculada Concepción, y las definiciones teológicas de Dios y la Trinidad. En esa construcción mental se hace difícil incorporar buena parte de lo que la humanidad ha construido en los últimos 500 años, y la Iglesia lo sufre.

Hay una discusión que parece irresoluble acerca de si la ciencia y la fe son compatibles. Me inclino por el no. No es fácil tener dos fuentes diferentes de verosimilitud que con frecuencia son contradictorias. Pero más allá de las creencias, lo que se desmorona es la institución.

A pesar de lo que creen muchas personas, modernizar la Iglesia no es nada sencillo. Estoy convencido de que la modernización implica su desaparición. A diferencia de lo que ocurre con las denominaciones genéricamente llamadas “protestantes”, que son un producto del Renacimiento (así Lutero haya sido todavía medieval), y tienen estructuras menos verticales, autoritarias y machistas, la Iglesia católica depende de esa estructura. Eso, creo, es precisamente lo que Benedicto entendía. La supervivencia de la Iglesia requería la recuperación de su esencia medieval. Y ésa es la razón de que tantos llamen a Ratzinger un conservador, sin comprenderlo.

Sólo en el Islam y en la Iglesia se mantienen monarquías absolutas. Sólo en esas áreas existe una palabra divina superior al conocimiento obtenido de la realidad.

Las instituciones medievales fueron desapareciendo en el tiempo. En 1806, frente al derrumbe del Sacro Imperio, Hegel veía el fin de la historia. En 1914, con la Primera Guerra, las últimas huellas de la aristocracia fueron borradas. En Occidente, el único monarca con poder es el Papa. Pero él, que daba legitimidad a los demás, hoy carece de ella. ¿Cómo hacer legítima esa estructura en el mundo del siglo XXI?

Benedicto XVI lo intentó. Quiso recuperar la esencia medieval al mismo tiempo que enfrentaba las enfermedades contemporáneas de su Iglesia: Financieras, sexuales, de poder. Su inmenso intelecto fue insuficiente, y hoy regresa, esperamos, a la escritura.

Le toca ahora a Francisco, Jorge Bergoglio, argentino y jesuita, intentar algo al respecto. Ya veremos cómo decide enfrentar este problema que parece insoluble. Su país, su orden y su selección de nombre son sumamente interesantes. Sin embargo, como hemos dicho, el gran problema de la Iglesia católica, su anacronismo, no parece tener solución: Si se moderniza, desaparece; si no, también.

http://www.macario.mx @macariomx
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