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Fausto Fernández Ponte
Fausto Fernández Ponte
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Don fausto fernández ponte es poseedor de un impresionante y sólido currículum: 50 años de periodista profesional. Su opinión y columnas periodísticas son respetadas en ese ámbito, por el prestigio que a pulso se ha ganado, es considerado una autoridad en su campo. Además de corresponsal de guerra, ha entrevistado a jefes de estado y de gobierno de la talla de Lyndon B. Johnson, Richard M. Nixon, Indira Gandhi y William Clinton.

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01 Abril 2009 03:17:43
Implementación ‘bilateral’
La ‘oficina’, creada como una superintendencia de la narcoguerra

I
Durante la visita de Hillary Clinton a México poco se informó acerca de lo que la secretaria de Estado del Gobierno de Estados Unidos trató en realidad con Felipe Calderón. Lo que se difundió fue sólo lo formal. Glamour.

Y lo formal y glamoroso –sonrisas, comunicados de prensa escuetos, declaraciones y discursos elogiosos– oculta la miga y el tenor de las conversaciones entre la enviada de Barack Obama y el presidente de facto.

Así, la imagen que se creó fue una de complacencias mutuas y de entendimientos recíprocos logrados sin discrepancias

Lo real es otra cosa. En los cenáculos del poder, fueren cuales fueren sus naturalezas y morfologías, se habla sin tapujos, cruda y descarnadamente, sin rodeos ni circunloquios retóricos ni metáforas.

En esos círculos, las formas son, sin duda, el fondo, parafraseando a Jesús Reyes Heroles. La franqueza, empero, no implica iracundia.

Y doña Hillary le habló a don Felipe de esa guisa. Un encuentro agendado para 45 minutos se extendió a hora y media. Presúmese que el anfitrión, de mecha corta, contuvo proclividades a la ira.

Sábese que no hubo reproches mutuos con respecto a lo que se ha hecho o no en Los Pinos o en la Casa Blanca desde el inicio del “espuriato” hace 27 meses, ni desde que don Barack asumió su presidencialado, hace hoy 72 días.

II
Vero. No hubo, pues, reproches. Don Felipe no reprochó acciones o campañas de descrédito al señor Obama por conducto de doña Hillary, ni ésta, enviada subrogada de aquél, le echó en cara omisiones y cortedades. Ello, empero, no indicaría que fue un encuentro terso. Asumiríase que no hubieron expresiones malsonantes y sí, en cambio, arrobamiento de don Felipe ante la estadounidense, pero sí claridad.

¿Y qué es lo que el Gobierno estadounidense querría del mexicano? Ésto sugiere otra interrogante: ¿Quién exigió qué? ¿Qué demandó doña Hillary? ¿Y qué pidió don Felipe, asumiendo que no está en condiciones de exigir?

Allí, en la oficina que espuriamente usa don Felipe en la pineda ya no tan umbría, vecina a Chapultepec, quien tenía realmente la ventaja negociadora era doña Hillary. EU posee tecnología y dinero y es el dueño de Banamex.

Bajo el entendido de que en tales ámbitos de altas jerarquías políticas del poder no se dan delicados pasos de ballet ni se juglandean como pelotas vírgulas eufemísticas, el lenguaje se usa sin soeces, pero sí con llaneza.

Y con llaneza doña Hillary le dijo a don Felipe lo que el Gobierno estadounidense espera de él en materia de los términos de los imperativos geopolíticos, los de la seguridad de los intereses del imperialismo.

III
Sí, del narcotráfico, sin duda, pero también se trata de otro asunto: la ingobernabilidad prevaleciente en México, secuela de la descomposición misma del Estado mexicano, razón por la cual éste es definitoriamente fallido.

Pero doña Hillary le prometió al señor Calderón no referirse en el futuro al Estado mexicano como fallido ni aludir a la ingobernabilidad que hace fallar a éste, a cambio de... Sí, ¿a cambio de qué?

A cambio de candados: seguir las indicaciones de Washington no sólo en lo que respecta al narcotráfico –la “narcoguerra”–, sino en materia de previsión de estallidos reivindicatorios de descontento social.

Washington teme una revolución en México, en su flanco sur y patio trasero: la señora Clinton vino a alertar a don Felipe de que ese y no el narcotráfico es el verdadero peligro a los intereses estadounidenses. Y es que la inteligencia estadou-nidense registra posibles esos indicios prerrevolucionarios. Por eso se envió a México a Carlos E. Pascual.

El nuevo embajador estadounidense en México es un experto en estrategias para contrarrestar insurgencias sociales, devenimiento diríase natural, por lógic.

En esa vena lógica se sitúa el nuevo ente veedor y supervisor creado a iniciativa de doña Hillary como una superintendencia de la narcoguerra.

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