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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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03 Mayo 2020 03:30:00
La adopción del Federalismo en México (parte 2)
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La abdicación de Agustín de Iturbide, en un escenario político ya de suyo complejo e inestable, eliminó el último obstáculo para que las diputaciones provinciales declararan sus autonomías y asumieran “poderes extraordinarios”.

El pronunciamiento de la diputación de Guadalajara, que negaba fundamentos para exigir obediencia al centro como pretendía el proyecto de Constitución redactado por la comisión presidida por Servando Teresa de Mier, fue el emblemático reflejo de la posición de las de Zacatecas, Oaxaca y Yucatán, a las que se sumaron más tarde Michoacán, Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí y Puebla, más los ayuntamientos adherentes al Plan de Casa Mata, en los que no había diputación, y todavía después Sonora y Sinaloa.

Al romperse los lazos con la metrópoli española y declararse la independencia, desapareció todo vestigio de la antigua estructura jurídica y, con ello, la unidad que ella proporcionaba.

También, internamente, se había iniciado un proceso de fragmentación. Sonora y Sinaloa, por ejemplo, se habían separado de Guadalajara y Chihuahua, respectivamente, reclamando instituciones propias, y empezaban a tener impulso pactos confederales entre las nuevas entidades.

Zacatecas, la provincia más rica entonces y con gran peso político, había ya expresado que solo una Federación sería aceptable, porque era esa la única manera de ver conciliados el interés “nacional” con el particular de cada provincia y de todas.

Diseñar al nuevo Estado de manera que respondiera a las necesidades de esas circunstancias ya no solo era imprescindible, sino que se volvió urgente y, como había fracasado el primer intento de establecer el marco constitucional por el Congreso que convocó para el efecto Iturbide, fue necesario convocar uno nuevo, que quedó instalado el 7 de noviembre de 1823.

La realidad política que enfrentó presentaba así una pluralidad de comunidades que hacían valer, irreductiblemente, sus reclamos de ser reconocidas y respetadas en sus identidades propias, y por lo tanto también en sus autonomías.

Fue por eso por lo que el Congreso, instalado formalmente el 7 de noviembre de 1823, no demoró mucho en expedir el “Acta Constitutiva de la Federación Mexicana”, que fue aprobada el 31 de enero de 1824, reconociendo la existencia de 20 estados, cuatro territorios y un Distrito Federal, mientras se concluía la redacción de la Constitución en su integridad.

Es claro que, en las condiciones entonces imperantes, o se adoptaba una estructura federal o la fragmentación de lo que la Nueva España habría sido mayor de lo que fue, y la reducción territorial ocurrida unos años después hubiera sido más temprana.

Si hoy se percibe el surgimiento de una crisis política de magnitud que puede llegar a no ser deleznable, ya podrá imaginarse la que se atravesaba en aquellos momentos tras ser derruida la estructura preexistente.

A pesar de eso, existen quienes aducen que la instauración del sistema federal en la naciente República fue un contrasentido artificial, porque en lo que hoy es México había un “Gobierno” central que “decidió” federalizar lo que era unitario, cuando que la historia demuestra lo contrario.

Suelen, quienes así piensan, señalar la diferente estructura imperante, al iniciarse los respectivos movimientos independentistas, en Estados Unidos y en México. Pierden de vista que Canadá, por ejemplo, era una sola colonia, a pesar de lo cual es un estado federal, como lo son otros que pueden ser monarquías, fueron imperios o son parlamentarios y no necesariamente presidenciales.

Con solo un repaso a esa porción inicial de la historia de México podría apreciarse que la pluralidad y los reclamos de autonomía eran, en el fondo, semejantes, por lo que la técnica de integración era recomendable para establecer las bases de una estructura tan firme y perdurable como la que se necesitaba.

Lamentablemente, las muchas ventajas que el sistema federal ofrece se vieron pronto obstruidas –y a la postre anuladas– por el caudillismo, mal que ya parece endémico en nuestro país y que respetar al Federalismo pudo haber ayudado a evitar porque obstruye la concentración del poder.

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