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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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07 Diciembre 2018 04:00:00
La boda
Nadie supo quién dejó manejar al señor Cadena el coche de los novios. Era un hombre de avanzada edad, miope como luciérnaga al mediodía. jefe de la oficina de Hacienda de Tequila, recién llegado de Saltillo. De esos aprontones que hacen lo posible por ser tomados en cuenta. El coche era un Cadillac 1958 que les había prestado a mis futuros padres don Javier Sauza.

El señor Cadena fue el broche de oro de la boda que se celebró el 8 de diciembre de 1961. En pleno Adviento, mi madre juró ante la Biblia, en la oficina del Arzobispo, que no estaba embazada para que les dieran el permiso para casarse en esa fecha. “Si la señorita está embarazada, tendrán que casarse en la primera misa del día, a las 6 de la mañana”, les dijo el cura. La boda habría de celebrarse en la última misa del día, a las 7 de la tarde, en el templo de moda en ese entonces en Guadalajara: Aranzazú.

Nadie supo por qué los novios se fueron solos en el Cadillac con el señor Cadena. El coche lo habían decorado con rosas blancas que resaltaban en su chapa negra aceitunada. “Si el señor Cadena no conoce la ciudad”, chilló mi abuela al ver que los novios no llegaban del estudio fotográfico, mientras Cadena, perdido y nervioso, limpiaba y volvía a limpiar el grueso cristal de sus lentes con la cola de su corbata. Giraba a la izquierda, luego a la derecha, a ciegas y a sordas regresaban al mismo lugar del que habían partido.

Al tiempo que mi abuelo Salvador le reclamaba a su consuegro un posible rapto, el atrio de Aranzazú era un ir y venir de mujeres enguantadas y sombreros con mallas a medio rostro. Campanazos llamando a misa ponían los nervios de punta y los pajes frustrados miraban la iglesia decorada con magnolias en grandes jarrones dorados a lo largo del pasillo y la alfombra en rojo vivo que remataba en un altar de oropeles. Al cura no le importó la tardanza de los novios ni la miopía del señor Cadena ni la pistola que mi abuelo Salvador traía fajada a la cintura, puntual empezó la misa de 7.

En mitad de la comunión llegó el Cadillac y la novia bajó arremangándose el vestido que estaba confeccionado con la cauda del ajuar de reina que había lucido un par de años antes en las fiestas patrias de Tequila. No quiso interrumpir la misa de su boda, se aguantó las ganas de llorar ante sus invitados y le sentenció a su papá: “Hoy me caso”. Nadie supo quién mandó al señor Cadena de acomedido a San Francisco, el templo de enfrente, a hablar con el cura que preparaba la misa de 8.

Tenían que cruzar la avenida 16 de Septiembre para llegar a San Francisco. Tenían pocos minutos para mudar las flores y la alfombra de un templo a otro, porque Cecilia, la segunda hija de Carlota y Salvador Fonseca no iba a casarse en una iglesia sin decoración.

Pararon el tráfico y todos los invitados acarrearon los jarrones, las canastas con el arroz, las pieles de zorro de las mujeres, de una iglesia a la otra. La novia volvió a subir al Cadillac, el señor Cadena le dio solo una vuelta a la manzana y llegó como estaba planeado, del brazo de su padre. Cómo iba a cruzar la calle vestida de novia en plena mudanza.
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