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Guillermo Robles Ramírez
Guillermo Robles Ramírez
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Licenciado en Comunicación en la Universidad Iberoamericana Plantel Laguna, Posgrado el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey Campus Monterrey, Director General de la Agencia de Noticias SIP, Premio Estatal de Periodismo en el 2011 y 2013 en la categoría Columna de Opinión, reconocimiento de labor periodística de la Unión de Periodistas del Estado de Coahuila, Presea Trayectoria "Antonio Estrada Salazar" 2018

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21 Mayo 2020 04:05:00
La costumbre de la corrupción
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Desde la infancia se nos ha enseñado la corrupción sin excepción alguna. Ustedes pueden estar en muy desacuerdo con lo anterior, pero si la corrupción es la acción y efecto de corromper en cualquiera de sus modalidades, tanto ética como educación o correctivo, entonces si alguna vez cuando usted era un niño o niña, alguno de sus padres o familiar lo premio por buen comportamiento o buena calificación, entonces fue corrompido desde el momento de hacer algo a cambio de un beneficio.

Lo anterior viene al caso porque los mexicanos estamos muy acostumbrados desde la infancia a incurrir en este tipo de acciones y una vez en una edad de adolescente o adulta lo vemos de manera normal y cotidiano, aunque lo anterior signifique que es incorrecto. Lo malo es que esta palabra lo ligamos siempre con temas políticos, pero en la practica no siempre es así.

Un caso muy frecuente es en los problemas de vialidad en donde hay presencia de un agente de la Policía y Tránsito Municipal. Sepa usted que nueve de cada diez personas que son detenidas por un agente policiaco, el conductor inicia el pretender sobornarlo. Lo anterior es fácil de deducir ya que cuatro de cada cinco carecen de licencia para manejar actualizada o no cuentan con dicho documento, y sólo cinco de cada cien quejas contra gendarmes resultan tener elementos serios.

A la culpabilidad de los ciudadanos que manejan, también cabe agregar que muchos policías tienen motivos de sobra para corromperse atraídos por el dulce canto de las sirenas representado, a veces, hasta por billetes ofrecidas por una gran cantidad de conductores corruptos.

Esta manida mezcla de corrupción ciudadana y policiaca ha ocasionado un terrible dolor de cabeza a las autoridades municipales de todo el país que no encuentran una cura que resuelva a corto plazo el problema de vialidad; por un lado, la pobre cultura del conductor, por otra, la dudosa ética policiaca.

A esto se añaden otros problemas como la pésima disposición de las calles, los cuellos de botella en hora pico, la falta de sincronía de semáforos, el siempre cuestionable criterio policiaco, el fenómeno del “cafre”, la falta de señalización, de presupuesto y el mal estado de las calles, entre otros motivos que, sumados hacen un verdadero suplicio tener un vehículo y manejarlo.

Nunca habrá policías y tránsitos suficientes para ningún municipio del país, o al menos de acuerdo a los estándares mundiales entre el número de habitantes y la cantidad de elementos de seguridad.

Pero el rezago no lo es fundamentalmente en cantidad, sino en calidad. Si bien es cierto que los actuales agentes municipales del país han pasado por la prueba de confiabilidad y han tenido un proceso de capacitación, las estadísticas reales son crudas y contrario a lo que se espera de ellos.

Solo el 35 por ciento de ellos terminó la secundaria y sólo el cinco por ciento concluyeron su educación profesional. Esto deja ver un bajo nivel académico y falta de costumbre a la disciplina en las aulas; sin embargo, deben ser disciplinados en su trabajo, memorizar un grueso documento sobre la técnica policiaca, aprender a usar un criterio en situaciones polémicas y hasta tener en cuenta normas de urbanidad para atención al público.

Muchos de estos policías rasos hubieron de concluir la primaria, secundaria y preparatoria con el sistema de educación para adultos. Sin embargo, allí no enseñan modales y aún se escucha a algunos gendarmes solicitar el alto a quien se pasó un semáforo en rojo con frases coloquiales como: “oríllese a la orilla”, “se pasó un alto en rojo”, y el clásico “identifíquese con su identificación”.

Otras letanías, pero muy divertidas son: “iba usted muy rápido a exceso de velocidad” y “anda usted en mal estado de ebriedad, como que un poquito intoxicado”.

Ahora vamos a los conductores. Si usted porta su licencia para manejar sepa que es parte del 20 por ciento que la tienen actualizada y están dados de alta en el padrón de conductores. Empero, lo más seguro estadísticamente es que no la tenga y la pregunta es: ¿Qué hace cuando un agente de tránsito lo detiene y se la pide?

Si acostumbra admitir que ha fallado, que no ha cumplido con su obligación de hacer un examen de manejo o pagar la reposición, si recibe con honestidad la multa del oficial de tránsito sin repelar y luego acude a pagarla, pero sin pedir descuentos; entonces, ¡felicidades!, es usted parte de un puñado de conductores muy, pero muy selecto.

Pero el otro puñado usted ya sabe a cuál pertenece. Policías de diferentes partes del país han coincidido, que la ciudadanía es corrupta, pues nueve de cada diez conductores que son detenidos prefieren la vía del “fast track” y ofrecen una clásica “mordida”, al oficial que con frecuencia se acepta.

Pero la falta de licencia y la debilidad por corromper policías son sólo algunas de las monerías de los conductores, pues su estuche contiene también interesantes estadísticas sobre exceso de velocidad.

Otros conductores que son los principales causantes de accidentes viales, son aquellos que manejan bajo el efecto del alcohol, exceso de velocidad, no respetar la luz de semáforo o altos en esquinas y no guardar la distancia prudente con el vehículo delantero. Un claro ejemplo sobre este puñado de conductores que son la mayoría de quienes están detrás del volante y que son corruptos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018) http://www.intersip.org
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