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Fausto Fernández Ponte
Fausto Fernández Ponte
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Don fausto fernández ponte es poseedor de un impresionante y sólido currículum: 50 años de periodista profesional. Su opinión y columnas periodísticas son respetadas en ese ámbito, por el prestigio que a pulso se ha ganado, es considerado una autoridad en su campo. Además de corresponsal de guerra, ha entrevistado a jefes de estado y de gobierno de la talla de Lyndon B. Johnson, Richard M. Nixon, Indira Gandhi y William Clinton.

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13 Agosto 2009 03:00:20
La crisis: caminos y rumbos
Los herederos de hoy continúan utilizando, al parecer con éxito, medios de dominación hacia la población

I
El caro leyente Valderramaa, sostiene que “todos sabemos qué hacer, pero somos reticentes, como sociedad, a hacerlo, pues le tememos al cambio profundo”.

La también cara leyente Emilia Zavala Pérez -quien informa leernos en “El Mexicano”, de Tijuana, B. C., afirma: “Sabemos qué nos pasa, pero ignoramos por qué y pocos son, usted incluido, quienes nos lo dicen”.

Otra cara leyente, Margarita Gamo Zamudio, quien dice leernos en Imagen, de Veracruz, comenta: “Pese al desempleo, la inseguridad, la carestía, la violencia, no nos ponemos de acuerdo: estamos muy divididos”.

A las misivas cibernáticas de los leyentes identificados súmanse las de otros tantos -muchos, remitentes falsos- que en vez de argumentar a favor de tesis coherentes, optan por el insulto soez y la descalificación.

Éstos últimos leyentes -que escudan su cobardía en el anonimato- expresan odio por aquellos que plantean soluciones de fondo a la crisis de desintegración del poder político del Estado y el modelo económico.

Esas soluciones están a la vista y, de hecho, han sido y son visibles y estado y están asequibles al albedrío societal simultáneamente a nuestra conformación histórica como nación mexicana.

Esa conformación es ocurrente; es decir, continúa. Se manifiesta en el mestizaje y la cultura -acervo experiencial y vivencial del mexicano en su evolución histórica- con cada vez menos vectores europeos.

Pero a ese proceso de mestizaje ocurrente no son ajenos los atavismos del violento encuentro entre la cultura conquistadora -la española- y la aborigen y los medios usados de dominación y control posteriores.

II
Esos medios de dominación y control social, utilizados exhaustivamente en la Conquista y en el virreinato posterior, son ejercidos por los herederos del poder político imperial y colonial español.

Esos herederos son desde la constitución misma del Estado mexicano, imperial (el de Iturbide) primero, y luego republicano (desde Guadalupe Victoria, el interregno monárquico de Maximiliano, hasta Felipe Calderón).

Los herederos de hoy continúan utilizando, al parecer con éxito, los medios de dominación y control social. Ese uso es eficiente, según sus fines: mantener a la población sin explicarse su brutal realidad.

Esa realidad, sábese, se distingue por un dramatismo espectacular. Con los medios de control social se inducen cosmovisiones y conductas colectivas de fatalismo inexorable. Sufrir en silencio, sin catarsis. Sin explosiones.

Los componentes y vectores de ese fatalismo societal se traducen y expresan en estoicismos heroicos -”el pueblo de México es muy aguantador”, dicen nuestros políticos- y voluntades ajenas a la propia.

Voluntades superiores, milagrosas incluso, que el imaginario colectivo identifica como ente antropomorfo físico situado a extramuros de lo terrenal, creando una dualidad anímica enajenante en el mexicano.

La enajenación es secuela, precisamente, de que las necesidades espirituales del mexicano, ciertas y veras, son manipuladas por intereses terrenales, políticos al servicio de los económicos. Control social, pues.

Tal sumisión -entrega de la voluntad propia a voliciones decisorias metafísicas o providenciales y divinas- deviene en sincretismo perverso.

Los agentes de la cohesión social son controlados políticamente.

III
Éste es un aserto documentado por pensadores desde hace milenios, pero establecido científicamente a raíz de las experiencias y evolución del pensamiento social y político detonado por la Revolución Francesa.

Esto nos lleva a la identificación de uno de los medios de control social: la educación -que en México es ideológicamente sesgada- pues desprivilegia el conocimiento de la filosofía, la historia, la lógica, la ética y la estética.

Ese conocimiento es subversivo desde la perspectiva del poder en México, pues llevaría a los mexicanos a identificar las causas de los problemas de su terrible realidad y, así, cual dice el señor Valderrama, hallar soluciones. Y aunque sufrimos la desintegración del poder político neoliberal del Estado mexicano y la forma de organización económica de vena antisocial, optamos por resistir pasivamente y hasta con estéril heroísmo.

Pero ese poder político -panista, priísta, perredista, “verde”, etcétera-, estafetario hoy de los atavismos del virreinato colonial de control social refuerza éstos y ello acelera, contradictoriamente, la desintegración.

Más ese reforzamiento desesperado del oscurantismo nos impide aun conocer causales de nuestra situación y, así, como se habla de soluciones de fondo, se plantea implícitamente el cambio profundo.

Y el temor al cambio profundo nos paraliza, incluso a aquellos de conciencia política progresista que conocen las causas de nuestra tragedia. Asociamos cambio con violencia destructora de vidas y bienes y, ergo, dolor y sufrimiuento. Nadie querría padecer eso.

Y, por ello, se hostiliza a los proponentes de cambios de fondo y de forma, cosméticos. Pero un cambio revolucionario no implica, necesariamente, violencia destructora. Lo que se destruye es al viejo orden antisocial.
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