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Jorge Zepeda Patterson
Jorge Zepeda Patterson
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05 Enero 2014 05:00:36
La derrota de la calle
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El primer año de gobierno deja al Presidente con lecciones aprendidas. Me temo que algunas de ellas no son favorables para el desarrollo de instituciones y prácticas que favorezcan la vida democrática. ¿Qué aprendió Enrique Peña Nieto en estos primeros 13 meses?

Aprendió que la calle ladra pero no muerde. El Mandatario de los últimos meses contrasta notablemente con el presidente electo que los meses previos a su toma de posesión anunciaba medidas democráticas para apaciguar a los críticos (#YoSoy132, entre otros). Apenas 10 días después de su triunfo en las urnas anunció, entre otros propósitos: crear una Comisión Nacional Anticorrupción; ampliar facultades del IFAI para transparentar la información de estados y
municipios; crear una instancia ciudadana para supervisar contratación de publicidad oficial; acelerar reformas económicas para mejoría del bienestar de la mayoría. Eran momentos de preocupación porque el porcentaje con el que había ganado resultó menor al esperado y aún no se apaciguaban los escándalos de Monex y otros excesos de campaña.

Trece meses después sólo las reformas económicas han prosperado y muchos cuestionarían que sirvan al bienestar de la mayoría. El resto de la agenda, como dirían los tapatíos, “ya no se ocupa”. Al final, el #132 se diluyó, aprendió que la crítica en las redes se apaga pronto y que las marchas de protesta se desinflaron. Hay un gran trecho entre el Peña Nieto que anunció su reforma petrolera mencionando a Lázaro Cárdenas más de una docena de veces para
tranquilizar a la izquierda, con ese otro Peña Nieto que presume este diciembre una ley que permite romper tabúes del pasado.

La principal lección que recoge Peña Nieto de su primer año de gestión es que no necesita a la izquierda, ni desgastarse en largas negociaciones o en sacrificadas concesiones. Después de 10 meses de intentar sacar sus reformas por acuerdos unánimes con PRD y PAN, terminó por convencerse de que los azules constituyen un aliado más cómodo y seguro. En lugar de hacer concesiones a uno y otro bando para terminar con leyes llenas de parches, ahora sabe que
basta con hacer algunos guiños a la derecha para concretar sus iniciativas constitucionales. Para las restantes ni siquiera necesita al PAN, le bastan sus satélites para alcanzar el 50% más uno que requiere en la Cámara.

El Presidente arrancó el sexenio convencido de que el Pacto por México y la firma del PRD en sus proyectos de reforma, eran necesarias para evitar ser rebasado por la calle. Había el temor fundado de que las nuevas leyes, sobre todo la fiscal y la energética, podrían provocar inestabilidad y malestar popular. Pero no fue así: las divisiones de la izquierda, la declinación de la popularidad de López Obrador o el cansancio y la desarticulación de la sociedad no dieron para
más.

Este año Peña Nieto también aprendió que la opinión pública mundial está dominada por los intereses del mercado, no por Amnistía Internacional. Bastó que se anunciara la reforma energética que permitirá la participación de capitales foráneos en la explotación petrolera, para que el Mandatario mexicano fuera aplaudido en las metrópolis como un jefe de Estado con dimensiones históricas. Poco importó que la desigualdad social haya seguido creciendo durante su gestión,
que la inseguridad pública mantenga las cotas salvajes del pasado o que la corrupción no haya cedido un ápice.

Aprendió que la manipulación de las élites sindicales es más rentable que la introducción de reformas encaminadas a transparentar la vida laboral en el país. El encarcelamiento de Elba Esther Gordillo no es una limpia, sino un golpe de Estado al interior de la organización gremial del magisterio gracias al cohecho de los líderes que sustituyeron a la Maestra. En otras palabras, la remoción de Elba no favoreció a las bases, sino a las cúpulas que ascendieron a su puesto. La
misma lección puede desprenderse en Pemex: la reforma energética no supuso una negociación con los trabajadores, sino con la camarilla corrupta que encabeza Romero Deschamps para neutralizar a estos trabajadores.

En suma, Peña Nieto inicia el 2014 con un talante mucho menos inclinado a la negociación y más a la ejecución expedita. No me refiero a sus convicciones personales, ni a su vocación democrática, cualquiera que ella sea. Hablo de la correlación de fuerzas: una oposición dividida y el fracaso de la calle para influir en la cosa pública le dejan con la peligrosa percepción de que los consensos no son necesarios, después de todo. Es una buena noticia para la operación
política; pero una mala para el proceso democrático.
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