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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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29 Agosto 2011 03:00:12
La encarnación misionera
Una de las afirmaciones de la Iglesia acerca de su trabajo misionero, es la relación que hay entre “la Gracia y la naturaleza humana” después de la justificación.

Según nos refiere la Teología Dogmática, el hombre, aun estando en estado de Gracia, no puede hacerlo todo sin una especial ayuda de Dios, ya que, aun conociendo que el pecado original no “corrompió” totalmente la naturaleza humana, se reconoce que el ser humano no tiene el control completo de sí mismo.

Sin embargo, la Teología Dogmática no nos aclara del todo cómo se relaciona el hombre con su naturaleza, bajo la acción de la Gracia.

En efecto, se puede afirmar que la Gracia de Dios pone a su servicio todo aquello que en la naturaleza humana hay de bueno, que la Gracia ennoblece todo y lo eleva al orden sobrenatural, de modo que, a su manera, imprime el carácter sobrenatural al hombre. La Gracia pone a su servicio aún las fuerzas corporales.

De la misma manera que las particularidades psíquicas son “patrimonio común” de la sociedad o de una nación entera, así también la acción de la Gracia aparecerá de manera especial, según estos principios, en toda la sociedad y en todas las naciones.

Esto no significa que “se forzaría a la Gracia” a dar a todo hombre o a todo pueblo, en todo y por todo, la misma forma. Como que la Gracia adquiere aquella forma que tiene la naturaleza humana, en la cual es infundida. Sólo así, la Gracia podrá, de verdad enraizarse, esto es “encarnarse”, vivir y desarrollarse en la naturaleza humana.

La afirmación de que es necesaria tal “encarnación” de la Gracia en la naturaleza humana en cada una de las naciones en estado de misión, podría llamarse “la encarnación misionera”. Así lo expresa el Decreto del Concilio Vaticano II sobre la actividad misionera de la Iglesia.

La Catequesis, la Liturgia y la Legislación Eclesiástica deben también adecuarse a las características de cada pueblo. Los laicos deben expresar la vida cristiana, en el ambiente social y cultural de su propia patria, según las tradiciones nacionales. Sin embargo, hay que hacer notar, que es necesario evitar toda forma de “sincretismo” (esto es evitar la mezcla indiscriminada de diversas doctrinas y prácticas religiosas), evitar también el erróneo “particularismo”, aun teniendo que acomodarse a las características de cada cultura.

El misionero debe apreciar mucho el patrimonio, la lengua y las costumbres del pueblo, en el que esté integrado. Él debe conocer a fondo las normas religiosas y las ideas más profundas de cada pueblo, en cuanto a sus tradiciones, en lo que ya tengan referente a Dios, al mundo y al hombre.

Las Misiones no deben ser dirigidas por algún órgano que no tenga conocimiento directo de la situación misionera concreta.

En la Dirección de la Sagrada Congregación para las Misiones, deben tener parte activa, con voto deliberativo, los representantes elegidos entre todos aquellos que colaboran a la actividad misionera. Una tarea especial tienen también las Conferencias Episcopales de los Países que se encuentran en estado de misión.
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