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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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03 Octubre 2011 03:00:05
La espiritualidad del exorcista
Un sacerdote que ejerce el ministerio de exorcista, teniendo que discernir bien para distinguir las causas auténticas del mal que oprime a una persona (presuntamente atormentado por el demonio), debe pedir con fe, con humildad y con sinceridad de corazón, la ayuda del Espíritu Santo, por medio de una oración ferviente y prolongada.

Con esto, ciertamente, no le será negada la ayuda de lo Alto, ni aquella luz que le permita aplicar los remedios que es necesario adoptar para el bien del poseso. Si se da cuenta de que se encuentra en la necesidad de practicar los exorcismos, el sacerdote exorcista sabe que podrá combatir al demonio mirando a Cristo y estando profundamente unido a Él en la Iglesia, porque es solamente de Él, de donde derivan a la Iglesia el poder y la tarea de exorcizar.

En efecto, la eficacia del exorcismo depende tanto de la autoridad espiritual para expulsar a los demonios, autoridad que la Iglesia ha recibido de Cristo, como de la fuerza de la súplica de la Iglesia.

La atención del exorcista debe estar, ante todo, dirigida a Jesucristo porque es Él el que actúa. El exorcista sabe que él es sólo un instrumento y que Jesucristo es el principal actor. La primera tarea del exorcista es, por lo tanto, la de hacerle espacio en sí mismo a Jesucristo para que Él pueda actuar sin obstáculos.

Expulsar a los demonios, no es cuestión de sólo recitar fórmulas o pronunciar palabras, sino que es más bien cuestión de actuar con fe y en estrecha comunión con Jesucristo. La vida de oración, de penitencia y la fidelidad a Jesucristo y a la Iglesia, es lo que permite a Cristo mismo actuar lo más eficazmente posible a través del ministerio del exorcista.

Si, por una parte, es cierto que este ministerio se realiza por la intercesión de la Iglesia, por otra parte también es cierto que la eficacia del exorcismo, dependerá igualmente de las disposiciones de quien lo administra y, eventualmente, también de las disposiciones de quien lo recibe. El exorcismo nada tiene que ver con la magia o con actitudes mágicas, precisamente porque exorcizar es actuar “en nombre de Cristo y con Cristo”.

Los mismos sacramentos son fuente de vida divina en nosotros, pero su eficacia no depende sólo de nuestra acción, sino sobre todo de la acción de Jesucristo. Nosotros solamente nos apropiamos de su fruto en la medida que aportemos nuestras buenas disposiciones.

Más aún, si un sacerdote celebra todos los días, la Santa Misa, y con fidelidad reza la Liturgia de las Horas, si no se propone cultivar seriamente su vida interior y su unión personal con Dios, (por medio de la meditación, un tiempo suficiente para la adoración del Santísimo Sacramento, el Santo Rosario, la confesión frecuente, momentos de retiro espiritual, etc.), entonces la vida divina que los sacramentos le proporcionan, no crece, no progresa, se frena, e inclusive podría perderse.
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