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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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10 Octubre 2011 03:00:16
La espiritualidad del exorcista
DOS DE TRES PARTES

Si no es concebible que un sacerdote pueda desarrollar, eficazmente, su ministerio, descuidando su vida interior, tanto más, el intenso ritmo de vida espiritual, se requerirá para un exorcista, que tiene que luchar “de tú a tú” con el demonio. En el Ritual Romano, en las normas para observar durante los exorcismos, se dice que los exorcismos deben hacerse y leerse dando órdenes al demonio con gran fe en Jesucristo. Es propio, gracias a esta práctica de oración, que el exorcista pueda cumplir su ministerio siempre más unido a Jesucristo dejándolo actuar a Él, de la manera más provechosa posible, para poder librar a las personas atormentadas por el Maligno.

Sin embargo, también la santidad de los sacerdotes, contribuye mucho al eficaz cumplimiento de su ministerio. Si es cierto que la gracia de Dios puede realizar la obra de la salvación, incluso a través de ministros indignos, sin embargo, de ordinario, Dios prefiere manifestar su poder salvífico a través de aquellos que se han hecho más dóciles a los impulsos del Espíritu Santo, de tal manera que puedan decir como el Apóstol San Pablo, (gracias a su íntima unión con Cristo y a la santidad de su vida): “Ahora, ya no soy yo el que vive, sino, más bien es Cristo el que vive en Mí” (Gál. 2, 20).

Un beneficio posterior, (que no se debe descuidar), que le proviene al exorcista que lleva semejante unión con Dios, es la propia “defensa personal” para poder rechazar las diversas formas de tentación con las que el Maligno tratará de atacarlo en el ejercicio de su ministerio.

Además, si el Exorcismo Solemne está instituido por la Iglesia y es “la acción de la Iglesia”, entonces el sacerdote exorcista debe tener gran amor a la Iglesia. Pues, “donde está Cristo, está también la Iglesia, y donde está la Iglesia está también Cristo”. De aquí se deduce la importancia que tiene la comunión del sacerdote exorcista con su propio obispo, que es el que tiene la “plenitud del sacerdocio” y del cual el sacerdote recibe la autorización para practicar los exorcismos.

Cada sacerdote, en efecto, actúa precisamente en virtud de esta comunión con la plenitud sacerdotal del obispo, (verdadero sucesor de los Apóstoles), sobre el cual Jesucristo fundó a su Iglesia con todos los poderes divinos. Es deseable que haya un estrecho contacto entre el exorcista y el obispo. También es conveniente que el obispo asista al exorcista con solicitud paternal y que, por otra parte, el exorcista lo tenga bien informado de todo y se atenga a sus consejos y recomendaciones. También se recomienda que los sacerdotes que ejercen el ministerio de exorcistas tengan reuniones periódicas entre ellos y con su obispo, para compartir sus experiencias y reflexionar juntos. Es además, conveniente, que se realicen encuentros semejantes a nivel inter diocesano y nacional.

Inclusive el Santo Padre Benedicto XVI, en un mensaje dirigido a los exorcistas en la Audiencia General del 15 de Septiembre del 2005, los exhortó a proseguir en su importante Ministerio al servicio de la Iglesia, sostenidos por la Vigilante atención de sus obispos, y, añadió, también, de la incesante oración de la Comunidad Cristiana. Los exorcistas y las personas que colaboran con ellos deben apoyarse mutuamente con su oración personal y con su ayuno.

El término “ayuno”, debe entenderse en un sentido amplio, no sólo en el significado de “abstenerse de alimentos”, sino, entendiéndolo mejor como “práctica de penitencia”, que puede ejercitarse en varias formas. En efecto, el exorcismo es un sacramental, y las oraciones que contiene, no son oraciones “privadas”, sino que son “oraciones de la Iglesia”. El exorcista ora “en nombre de la Iglesia”, la cual actúa, a su vez, a través de él. Si, por lo tanto, es la Iglesia la que actúa en el exorcismo, es entonces la Iglesia misma la que, para llevar a cabo con fruto, tal tarea de liberación, deberá recurrir a aquellos medios propuestos por el mismo Jesucristo, esto es la oración y el ayuno.
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