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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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25 Junio 2010 03:57:51
La estética de Monsiváis
Ha muerto Carlos Monsiváis, y decenas de colegas han narrado anécdotas vividas con él y le han expresado su admiración. Fue, sin duda, gran cronista y una persona agradable, pero me parece, sin embargo, que no se le reconoce lo más importante, lo que explica su enorme popularidad: Monsiváis fue la estética del México de fin de siglo. O lo que es lo mismo, era la representación de la sociedad, en particular la del altiplano.

Dice Bourdieu que la sociedad se reproduce a través de su estética: aprendemos desde niños lo que nos va a gustar, y a través de ello mantenemos la estructura social sin pensarlo ni entenderlo. El México del régimen de la Revolución por eso fue tan exitoso en su reproducción, porque logró construir una estética propia, una escuela artística nacional que transmitió un discurso nacionalista que era el sincretismo de lo indígena, lo religioso, lo comunista y lo eternamente prometido.

Sin embargo, las imágenes de los muros nunca se cumplieron, y en su lugar fuimos construyendo un esperpento de sociedad: profundamente injusta, dividida, derrotista, en la que crecen juntas la miseria y la opulencia obscena, en donde son simultáneos el desprecio y la sumisión. Esta dicotomía perenne triunfadores/derrotados, modernos/tradicionalistas, sumisos/despreciativos, es el alma nacional de la segunda parte del siglo XX.

Es una combinación, casi siempre desafortunada, de vestidos cuyo diseño puede tener varios siglos pero cuya tela es producto de la tecnología reciente; de arreglos personales copiados de modelos con un desplante físico totalmente distinto; de colores que no combinan entre sí, según los cánones; de objetos inanes en sí mismos, pero que al observarse juntos no pueden sino dejarnos estupefactos.

Pero esa sensación va desapareciendo con el tiempo, y se transforma en algo distinto. Su repetición, en todo lugar y momento, hace que poco a poco la vayamos identificando con nosotros mismos, es nuestra identidad. Eso somos, kitsch omnipresente y omniabarcante. Y no podemos sentirnos en casa si no está, sobre la televisión, el bordado de la abuela y sobre él, el florero de vidrio lila con un perenne girasol de plástico.

Pero si bien la estética (así sea esta sincrestética) se aprende, en el fondo nos es inaceptable, porque es un continuo enfrentamiento con criterios, yo diría naturales, de lo que puede combinarse. Y logramos lo que otras culturas ni siquiera sueñan: poner juntos mariachis y cabellos envaselinados, sombreros charros y vestimenta vampiresca, zapatos tenis y escarapelas, grandes cantidades de piercing alrededor del tatuaje de la Virgen de Guadalupe.

Nuestra sincrestética nos sigue, además. Logramos transformar amplios espacios de la Unión Americana en reductos del kitsch mexicano, que se supera en territorio extranjero. Y eso nos diferencia de los estadounidenses y fortalece la identidad. Somos la cultura del kitsch, de la sincrestética, de la combinación sin gusto, del permanente conflicto.

No podemos sentirnos en casa sin la presencia de esta amenaza estética, pero es imposible sentirse en casa frente a ella. Por eso, me parece, acabamos siendo una sociedad en permanente conflicto. Por eso nos imaginamos al mismo tiempo como una nación triunfadora pero un país derrotado. Por eso vamos arrastrando tradiciones sin sentido hacia una modernidad que también carece de él. El sentido lo encontramos en la combinación inaceptable, insoportable pero insustituible.

Porque, a 200 años de distancia, la cultura nacional es un hecho, y no es ni el academicismo del porfiriato ni el muralismo del siglo XX. No es ni el Zarco, ni los Contemporáneos. Ni tampoco es Paz o Fuentes o Pacheco. México es Frida, es Monsiváis, es el girasol de plástico en el florero de vidrio lila en el bordado de la abuela encima del televisor, es el rebozo de fibras sintéticas, es la construcción a medio hacer de bloques grises y varillas oxidadas cubiertas con botellas de vidrios de colores, es el montón de basura (también de colores) en cada esquina, en cada arroyo, al borde de la carretera, enfrente de la escuela.

Eso es México, no las imaginaciones o esperanzas, no los proyectos o planes, es esta palpable evidencia de sincrestética, esta vibrante y sorprendente amalgama de sentidos contrapuestos, contradictorios, chocantes, que sin embargo tienen un sentido de conjunto. Un sentido a la vez atractivo y repulsivo. Un sentimiento de hogar acompañado de una sensación de reclusión y tortura.

Eso, creo yo, era Monsiváis. El alma de un momento de México, y se ha ido.

http://www.macario.com.mx twitter: @mschetti

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
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