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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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23 Mayo 2011 03:00:19
La familia, representante del “mundo nuevo”
Los últimos tiempos se están realizando en un “Mundo Nuevo” por medio de la Gracia. Y debido a que el hombre es un ser espiritual-corporal, (y que, por razón de la materia es un ser visible), a través de su vida y actividad visibles se manifiesta también, necesariamente, la Gracia con su proceso transformador. Por consecuencia, todo cristiano, en el cual vive y opera la Gracia, es juntamente un testigo y mensajero del “Mundo Nuevo” que, mediante la Gracia, ya tiene sus comienzos.

Todos los cristianos que viven en la Gracia de Dios se hacen representantes de la vida futura. Pero, debido a que son diferentes los caminos que tienden a la perfección cristiana, así también son diferentes los representantes de este mensaje. A pesar de esto, los diferentes modos de realizar este mensaje se unifican en uno solo: “el armonioso anuncio de la Gracia y de la vida futura por medio de “un único” pueblo de Dios.

Es la Iglesia la que anuncia “la cruz y la muerte de Cristo hasta que Él vuelva”. Es ella, “la Iglesia”, la que tiene la fuerza del Señor Resucitado, para revelar al mundo, con fidelidad, (aunque no sea perfectamente), el misterio de Cristo, hasta que, al fin de los tiempos, Él mismo se manifieste a plena luz.

La Iglesia es la que, en la fe, unifica a todos los sacramentos en una sola “unidad salvífica”.

Todos los laicos están, por medio del sacramento de la Confirmación, obligados a difundir y a defender, con la palabra y el ejemplo, el anuncio del Evangelio, como verdaderos testigos de Cristo.

Lo que, en la vida de cada cristiano, debe expresarse, en modo particular, es la Caridad. Esta Caridad es el distintivo, por excelencia, que distingue al verdadero discípulo de Cristo. Entre más intensa sea la práctica de la Caridad, tanto más fuerte será la presentación del anuncio de Cristo.

Pero, debido a que la Caridad de los cristianos es la participación de la Caridad de Cristo, y, a su vez, la Caridad de Cristo es la manifestación de la Caridad del Padre, es claro que, también la Caridad de los discípulos sea la manifestación de la Caridad del Padre.

Los cristianos que “cooperan con la Voluntad Divina”, manifestarán a todos, aun en los “servicios temporales”, la Caridad con la cual Dios ha amado (y ama) al mundo.

El anuncio de esta dirección “hacia el mundo” del Amor al Padre es, naturalmente, la “ocupación peculiar” de los laicos. En su trabajo “temporal”, en su tarea de “configurar el mundo”, los cristianos están llamados, a “dar a conocer a Cristo a los demás, principalmente con el testimonio de su propia vida” y, juntamente con Cristo, dar a conocer también, al Padre.

Pero, si la vida de los laicos “manifiesta a Cristo”, si lleva impreso el rostro de Cristo, este rostro se manifestará también en su trabajo: a ellos, por lo tanto, les corresponde, particularmente, iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente ligados, de tal manera que siempre sean hechas según el plan salvífico de Jesucristo.

El modo de ver las cosas, según el cual todos los cristianos son “anunciadores de la vida futura” está expresado, con particular claridad en el siguiente pasaje sobre la familia cristiana: los laicos, verdaderamente cristianos, anuncian el Evangelio de Cristo con el testimonio de su palabra y de su propia vida.

En esta tarea aparece el gran valor que tienen la vida conyugal y familiar que está santificada con un “sacramento especial”, el sacramento del matrimonio.

La vida conyugal y familiar es una “excelente escuela” de apostolado de los laicos, en donde la religión cristiana penetra y transforma diariamente todo el estilo de vida de sus miembros. En su propio ambiente familiar “los cónyuges tienen, como propia vocación, el ser testigos, el uno para el otro y para los hijos, de la fe y del amor de Cristo”.

Además, la familia cristiana anuncia a todos los demás, aun fuera de ella, las virtudes presentes en el Reino de Dios y la esperanza de la vida futura.

De esta manera, con su ejemplo y con su testimonio de vida “acusan al mundo” de pecado e iluminan a aquellos que buscan la verdad. Los cónyuges son, ante todo, “el uno para el otro, testigos de la Gracia que opera en ellos”, testigos del Amor de Cristo.

En efecto, el amor conyugal es signo y participación de Aquel Amor que anuncia a Cristo, aun más allá de los límites de la familia. Su testimonio “acusa al mundo”, esto es, su testimonio visible en el mundo y dirigido al mundo, es luz para todos aquellos que buscan la verdad.

Este testimonio es algo fuerte, es un anuncio hecho “en alta voz”, es, precisamente, el anuncio “de las virtudes presentes en el Reino de Dios”, de la Gracia de Dios que ya se puede tener en esta vida terrena y de la esperanza de alcanzar la vida eterna. Esto es, se trata “del anuncio” de la futura glorificación.

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