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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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13 Septiembre 2010 03:00:23
La fuerza creadora de lo nuevo
Las palabras “nuevo”, “novedad” y “renovación” suscitan en algunos una actitud de sospecha o de desconfianza. No olvidan, evidentemente, que, como sucede en el cristianismo, él es nada menos que la nueva “Economía de Salvación”. En el comienzo de la vida pública de Jesús “todos quedaban tan admirados que se preguntaban entre ellos: ‘¿Qué es esto?’. Es una enseñanza nueva, impartida con autoridad” (Mc. 1,27). Una enseñanza que Jesús opone a la enseñanza hasta entonces vigente: “Han oído que antiguamente se les dijo así… sin embargo, yo les digo que…” (Mt. 5, 21-48). Su enseñanza era como un parche de tela nueva que rompería el vestido viejo, si se le cosiera, o también el vino nuevo que necesita ponerse en odres nuevos (Mt. 9, 16-17). Cristo trae la “vida nueva”, “el mandamiento nuevo”, Él lo renueva todo, a tal grado que le hizo exclamar a San pablo: “Lo antiguo ya pasó y, ha surgido lo nuevo” (2Cor. 5, 17).

Sin embargo, esto que llamamos “nuevo” debe también continuar renovándose. La palabra de Dios es sólo una semilla, es sólo la levadura, el Reino de Dios debe crecer como un árbol, la “nueva vida” debe renovarse y desarrollarse de día en día. El “hombre interior se renueva de día en día” (2Cor. 4, 16).

En este marco, la rehabilitación de “lo nuevo”, y de la “novedad” resulta perfectamente comprensible. La Iglesia misma debe renovarse sin detenerse. Porque su vida está integrada de modo vital en la vida del mundo, porque ella esta íntimamente vinculada al mundo, el cual continuamente se desarrolla y se renueva. También la Iglesia está incorporada en este perenne proceso renovador del mundo. Por lo tanto los católicos deben asumir los “nuevos caminos” de la cultura, las “nuevas tendencias artísticas”, “los nuevos modos de pensar, de actuar, de emplear el tiempo libre”. Los fieles deben saber armonizar con su cristianismo, el conocimiento de las nuevas doctrinas y de los más recientes descubrimientos. En sus tareas ordinarias la Iglesia debe saber hacer buen uso aun de los descubrimientos de las ciencias naturales, en primer lugar de la psicología y de la sociología.

Los cristianos no solamente deben hacer propio lo nuevo sino, también ellos, promoverlo. La misma fe, con todas sus fuerzas debe emprender nuevas iniciativas y, donde sea necesario, realizarlas.

Si, también el Espíritu Santo toma parte en la creación de cosas nuevas, la búsqueda y la acción de lo nuevo no debe suscitar sospechas ni desconfianzas tan solo porque se trate de cosas nuevas. Todos aquellos que tengan dificultad con lo “nuevo”, deberían examinar qué es lo que los turba frente a la novedad y, ponderar las cosas en sí mismas. Si son cosas en sí mismas buenas, positivas, constructivas, entonces todo está en orden y, así, la novedad confiere a lo nuevo el mérito que trae toda creación positiva.

Porque todo bien nuevo es verdaderamente una creación positiva, es fruto de una sana fuerza creadora de lo nuevo, es fruto de aquel “espíritu de renovación” que la Iglesia debe promover. El “espíritu de renovación”, a fin de cuentas, no es otra cosa que un reflejo del “Espíritu Creador” que siempre invocamos en la Liturgia de Pentecostés, para que “renueve la faz de la tierra”. Toda renovación social o cultural que diera lugar a un modo de ser estéril, que paralizara la novedad positiva, seria una “novedad absurda”.

Si en el proceso de renovación se mezclaran elementos destructivos y se abandonara el camino justo, se necesitaría, entonces, identificar a la fuerza destructiva y eliminarla. Hay que purificar el proceso de renovación de toda fuerza destructiva, pero nunca renunciar a la renovación en sí misma.
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