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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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19 Agosto 2010 03:23:31
La gran transformación
El martes comentaba con usted acerca del empleo y los jóvenes, y concluíamos que, entre otros factores, hay un desfase entre lo que requieren las empresas y lo que las escuelas enseñan

El lunes, en el blog Economía 2.0, le presentaba datos acerca de la velocidad a la que avanza el procesamiento de información, y de cómo muchos de los efectos de esa transformación no los estamos entendiendo. Entre ellos, el desempleo estructural que provoca. Hoy permítame robarme el título de un famoso libro para combinar ambos temas: La gran transformación (Karl Polanyi), aunque sólo será el título.

Empiezo por recordar que los seres humanos tenemos cierta predilección por los negros futuros. A cada rato sale alguien anunciando el fin del mundo. Hace siglos, esas predicciones tenían que ver con el enojo de algún dios, pero como no hay dios, pues no hubo enojo y no se acabó el mundo. Más recientemente, digamos en los últimos dos o tres siglos, las inminentes tragedias se asocian al progreso: provocará escasez de alimentos (Malthus), provocará grandes revoluciones (varios socialistas utópicos), y nuevamente, hace apenas cuarenta años, provocará escasez de alimentos (Ehrlich, Club de Roma). El caso es que tampoco se ha acabado el mundo. Es más, lo que se va acabando es la pobreza, aunque todavía nos falte mucho para eliminarla por completo.

Si bien las amenazas del fin del mundo en la época antigua no tenían base alguna, las más recientes han sido resultado de la preocupación de personas inteligentes, con sólidos conocimientos de la ciencia existente en ese momento. Así fue como Malthus calculó que no se podría alimentar a una población que crecía rápidamente, por ejemplo. No consideró la posibilidad de que la producción de bienes pudiese ser muy diferente a la que él conocía, y con ello suficiente no sólo para alimentar mejor a la población de entonces, sino a la actual, que es seis veces mayor.

Prácticamente todas estas negras profecías resultan de pronosticar con base en el comportamiento pasado. Como usted se imaginará, en realidad no tenemos más que el pasado para hacer cualquier pronóstico, pero es precisamente para eso para lo que sirve la teoría. Sin ella, el pronóstico no es más que prolongar el pasado. Con ella, podemos entender la dinámica del cambio, y entonces pronosticar un poco mejor. Así ocurrió con los pronósticos del fin del mundo para el año 2000, hechos en los 60, y creo que así pasará con las negras profecías del cambio climático. Lo que no quiere decir que el tema no sea de la mayor importancia, sino sólo que, además de lo que ha pasado, tenemos que considerar las decisiones que se pueden tomar.

Todo esto tiene que ver con el tema del empleo y los jóvenes, porque precisamente el mundo del futuro se construye desde hoy. Y es en ese mundo en el que estos jóvenes van a vivir. Sin embargo, así como predecimos simplemente prolongando lo que vivimos, así hacemos con los jóvenes: les enseñamos a hacer lo que nosotros hicimos. O peor, lo que aprendimos, que es lo que vivieron algunas personas antes que nosotros. Y luego nos sorprendemos de que no encuentren empleo.

Si los humanos hemos logrado sobrevivir, si hoy tenemos el mejor nivel de vida de toda la historia de la humanidad, es precisamente porque hemos logrado hacer las cosas cada vez mejor. En términos económicos, somos mucho más productivos. Pero ese hacer mejor las cosas significa hacerlas, cada vez, ligeramente diferente. Y los que resultan más productivos en ese ambiente ligeramente diferente son los más exitosos. Si le suena parecido al mecanismo de la evolución, le suena bien.

En un ambiente de profunda competencia entre diferentes formas de producir, la más exitosa sobrevivirá, en tanto ese ambiente se mantenga. Cuando cambie, muy probablemente será otra forma la exitosa, y así continuaremos. Con un poco de suerte, eternamente.

Pero si nosotros nos aferramos a formas de producir que ya no están en su ambiente nos condenamos nosotros mismos a la extinción. No en el sentido absoluto de la naturaleza, pero sí a una mediocridad que usted puede constatar nada más viendo por la ventana. Si México le parece mediocre, ahí tiene usted la respuesta.

Hoy podemos alimentar a casi 7 mil millones de seres humanos porque tenemos mejores semillas (incluso modificadas genéticamente), porque tenemos sistemas de información y transporte más eficientes, y porque tenemos mercados financieros que reducen los riesgos para los productores. A cambio, hay riesgos en la reducción de diversidad en las semillas, en el costo del combustible para el transporte y en el uso de los mercados financieros para especulación. El resultado neto, sin embargo, es profundamente positivo.

El ejemplo puede ayudar a entender la diferencia importante con el pasado: hoy el valor agregado de un producto se reparte en muchos mercados: financiero, informático, logístico, biotecnológico (o nanotecnológico). Más importante aún, hoy vivimos una incertidumbre distinta. Hasta hace cien años, la duda era si habría comida para el año siguiente. Hoy la duda es si seremos competitivos mañana. Hace cien años, frente a esa duda no había nada que hacer, la naturaleza decidía. Hoy, frente a la nueva duda, todo está en nuestras manos.

Pero eso significa que se requieren personas muy diferentes a las de antes. Ya no es muy útil contar con personas que buscan empleo, sino con personas que buscan generar valor. No sirve mucho tener personas que saben hacer algo, sino personas que saben aprender. En verdad es un mundo muy diferente, aunque el cambio haya sido tan paulatino que no lo notamos.
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