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07 Marzo 2019 03:56:00
La maldición de las mujeres
Llega un tipo a la librería y le pregunta al encargado:

–Disculpe, necesito el libro El Arte de Entender a las Mujeres. ¿Me puede decir dónde puedo encontrarlo?

–Sí, claro, los libros de fantasía

están en el pasillo siete.

Este 8 de marzo, que es el Día Internacional de la Mujer, ¿qué diablos va a celebrar México? Pese a que las mujeres han sido sus más fieles soldados –adelitas, ni madres, eso ya pasó de moda–; las mujeres han sido soldados que se la han partido en favor de la causa de Andrés Manuel López Obrador, este les está devolviendo el favor... ¡jodiéndolas!

¿Qué va a decir el Presidente? “Felicidades, este, en su día, oh, pues, a las mujeres, a las que ya les quité el apoyo para las estancias infantiles de su hijo y, este, pues, también les quité los refugios que las protegían de los maridos golpeadores”. ¿En serio? ¿Va a salir a felicitarlas después de que les hizo la vida imposible y ni siquiera tiene el valor de reconocerlo?

Porque si algo tiene el amado líder, cabecita de algodón, mente de concreto, es que nunca jamás reconoce un error, prefiere que lo entierren con su necedad antes que reconocer que la regó. Y si no me creen asómense a Texcoco a ver el cadáver de lo que iba a ser un bonito aeropuerto, pero murió por la necedad presidencial.

Y en el caso de las mujeres, AMLO nomás no reconoce que la está regando. Se lo han dicho sus compañeras de partido, se lo han dicho las secretarias del Gabinete, se lo han dicho las senadoras y las diputadas; vaya hasta las niñas de sus ojos se lo han dicho, pero él insiste en que no habrá recursos para los refugios y que le van a entregar la lana directamente a las mujeres.

¿Qué va a pasar con eso? Pues el gran riesgo es que el mismo infeliz que las golpea, les pegue el doble para que pidan el apoyo y luego quitárselos. No es chiste. La idea de López Obrador es que los recursos lleguen directamente a la gente, sin que haya intermediarios. Y eso está muy bien, pero no se puede aplicar en todo. Es como si decidiera desaparecer el Seguro Social y le diera a los pacientes las jeringas y las medicinas para que ellos mismos se inyecten y, si pueden, se curen. ¿Verdad que suena estúpido? Pero, bueno, el otro día el Mandatario tuvo un gesto simbólico muy bonito: en un mitin en Tijuana en el que, como siempre, era ovacionado y apapachado por el pueblo, comentó:

– Cuando yo me muera, quiero que uno de mis pies lo entierren aquí, en Tijuana, y el otro en Tapachula, Chiapas, como recuerdo de que fui el único Presidente que recorrió todo el país tres veces.

– ¡Bravo!, gritaron sus seguidores.

– Y mi corazón, obviamente, que lo

entierren en mi amado Tabasco.

– ¡Viva!– gritaban todavía más

eufóricos sus simpatizantes.

– Y, por último, como todo lo que hice como presidente lo hice por el bien de México, quiero que mis manos las entierren en la Ciudad de México, ahí mero en Palacio Nacional.

–¿Y el culo?– le preguntó un borracho que estaba junto al templete.

–¿Qué tiene mi culo?

–Pues es como usted la anda cagando por todo México, Presidente, sería bueno saber en dónde quiere que lo enterremos

¡Nos vemos el domingo!
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