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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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03 Febrero 2019 04:00:00
La migración, los derechos y la diplomacia
La migración, un fenómeno tan antiguo como la humanidad, se ha incrementado en proporciones alarmantes durante las últimas décadas y sigue creciendo en todo el mundo.

A Europa llegan oleadas de seres humanos que escapan de África en busca de la vida que no pueden tener en su tierra de
origen.

En América, las personas emigran, sobre todo de Centroamérica hacia Estados Unidos, por razones similares, arriesgando su vida misma, porque dicen que “el perdido va a todas”.

Deslumbrados por el fulgor del “American way of life” y movidos por la esperanza de una vida mejor, se echan a andar la legua sin parar en los peligros y desazones que los acechan.

México ha sido, tradicionalmente, expulsor de migrantes hacia su vecino norteño, donde muchísimos compatriotas han sentado sus reales. Hoy, sin perder ese papel, se ha vuelto también corredor de paso para quienes, por oleadas, huyen de la pobreza, las maras y la desesperanza de sus países.

No todos llegan, y quienes lo logran, lo hacen mermados y con el riesgo inminente de ser rechazados por el país al que se han empeñado en llegar.

Mientras tanto, a su paso por el nuestro, siempre será necesario tener presente que, como seres humanos que son, tienen derechos que demandan el mismo respeto que merecen todas las personas que pisan nuestro suelo.

Las razones humanitarias, además, piden que sean atendidas sus necesidades elementales, tema en el que las comunidades han dado muestras sobradas de hospitalidad solidaria y las autoridades, en general, no han hecho menos.

A pesar del impacto mayúsculo que implica el arribo inesperado de los contingentes que a últimas fechas han llegado a las fronteras del norte y el que representará la llegada de muchos más, se ha hecho lo posible por darles cobijo.

Eso no basta ni servirá para resolver los problemas que han impulsado a esos miles de personas a emprender la riesgosa
travesía.

Tienen derechos, qué duda cabe; en México deben respetarse, pero también en cualquier otro país, incluido Estados Unidos, que tanto se han beneficiado, además, con la contribución de quienes desde este sur suyo han llegado para aportar, no sólo mano de obra, sino también impuestos, ingenio y
emprendimiento.

No ha sido así, lamentablemente. Las fronteras del norte mexicano están comprimidas por ambos lados: de una parte, la oleada migratoria que quiere llegar al destino elegido; de otra, por la inhumana e ilegal reacción del Gobierno estadunidense que ha decidido unilateralmente regresar al territorio mexicano a todos aquellos solicitantes de asilo político, mientras el prolongado trámite de su petición se resuelve.

A ellos hay que sumar numerosos contingentes de congéneres que, “repatriados”, en vez de ser enviados a sus lugares de origen, son puestos en las fronteras con México y dejados a su suerte.

Nada podrá resolverse mientras Estados Unidos persista en esa actitud suya rayana en la xenofobia.

Hace falta más, mucho más que adoptar medidas paliativas para mitigar las penalidades que aquejan a los migrantes y reconocer sus derechos. Se requiere una intensa, inteligente y diestra actividad diplomática, para despresurizar, primero, y abrir vías de solución, desde ya, a las causas profundas de tan intensa
emigración.

Esa es una asignatura pendiente de nuestra política exterior, que bien haría en volver la vista a tal lado para defender con más énfasis lo que es su deber hacerlo, antes que comprometer la autoridad moral buscando argumentos para justificar la “neutralidad” ante situaciones palmariamente opresivas e ilegítimas, como ha ocurrido.

Nuestra cancillería y el Departamento de Estado, en Washington, harían bien en tener presente la frase que Ortega y Gasset inscribió en Meditaciones del Quijote, citada con frecuencia de manera incompleta: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Esos miles de mujeres, niños y varones migrantes, y sus comunidades de origen, son nuestra circunstancia; si no la salvamos, tampoco nos salvaremos nosotros.

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