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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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19 Noviembre 2009 04:44:47
La muerte de la Revolución
Seguimos con nuestra revisión del número de “Nexos” de noviembre que, como le decía el martes, me parece un excepcional punto de arranque para el debate nacional del año del Centenario

Acerca de los nudos que atrapan a México en el presente, hablamos el martes pasado. Hoy revisaremos las respuestas de cinco intelectuales a la pregunta: ¿qué no ha muerto de la Revolución Mexicana?

Jean Meyer abre el debate con su texto titulado “Un siglo de dudas”, en el que sostiene que “La Revolución Mexicana es una invención (legítima, normal, natural) a posteriori de los políticos, ideólogos, historiadores. Y nos encontramos atrapados entre la necesidad de conservar algo de memoria (…) y la necesidad de ‘acabar de una vez para siempre con ese culto reaccionario del pasado’ (Marx dixit).”

Así es, una invención posterior que, en opinión de esta columna, ha resultado sumamente costosa, pero que no es fácil derruir, dice Meyer citando a Mauricio Tenorio, puesto que hay que “sembrar dudas pero con la conciencia clara de que ‘la nación y su Revolución son una memoria colectiva que no controlamos ni historiadores, ni políticos.”

El segundo texto corresponde a Alan Knight, quien ha escrito la mejor historia de la Revolución Mexicana, en opinión de esta columna. Knight también refiere el carácter mítico de este proceso, e insiste en el sustrato histórico: “Un mito político exitoso necesita algo de verdad para convencer y legitimar. No se puede engañar a todo un pueblo todo el tiempo, como dijo Lincoln.” Yo preguntaría, ¿cuánto sustrato histórico es necesario para engañar a un pueblo por 100 años? Pero no me toca hacerlo.

Knight cierra su texto argumentando que tal vez la mejor manera de ver el significado actual de la Revolución sea biológica/genética: la Revolución dejó de constituir un organismo funcional hace décadas, pero sus ideas y símbolos todavía circulan como materia genética disponible en el cuerpo político mexicano. Tal vez, diría esta columna, los parásitos también suelen sobrevivir reproduciéndose del cuerpo huésped.

Javier Garcíadiego, hoy presidente de El Colegio de México, concentra su texto en el análisis de los festejos anteriores, el Centenario de la Independencia, festejado por Porfirio Díaz poco antes del inicio de la Revolución; los 50 años de la Revolución celebrados en 1960, en el apogeo del régimen de la Revolución; los 75 años, recordados en medio de la debacle del régimen y oscurecidos por los terremotos de 1985.

Llega así a una serie de preguntas acerca de 2010 y de la manera en que podremos celebrar: ¿quién controlará el Zócalo? ¿Serán muchos los que quieran repetir la historia cíclica del año 10 en México? Y puesto que no se podrán construir grandes obras en este Centenario como sí ocurrió en el anterior, las preguntas con que cierra Garcíadiego apuntan más a cómo querríamos celebrar el siguiente centenario que el actual.

José Antonio Aguilar Rivera hace gran énfasis en el carácter antiliberal del régimen de la Revolución, y de las ideas que de él derivan y siguen existiendo: la creencia de que la amenaza de violencia puede convivir con las instituciones de un país consolidado (implícita en el nombre del PRI), la creencia en valores superiores a la ley, creencias que responden a ese régimen corporativo y antidemocrático.

Finalmente, Adolfo Gilly titula su texto “Un mito que se transfigura,” y en él actualiza su propuesta de la revolución interrumpida de hace unas décadas, transfigurándola en una forma de resistencia, la esencia de la historia cultural hoy en boga. Así, la Revolución fue “una insubordinación radical contra uno de los sucesivos órdenes de la dominación y la opresión (…) una ruptura violenta e intempestiva de una institución estatal (…) una forma política de la dominación que los subordinados ya no aceptaban”. Lo que no aclara Gilly es cuándo o en dónde ocurrió eso. Sólo en el mito, respondería esta columna, porque no en México hace 100 años, o poco menos. Gilly, finalmente, no responde nunca a la pregunta que convocaba los textos, porque considera que no tiene sentido. En sus palabras, “los mitos nacidos de la vida no se mueren”. Como en aquella revolución interrumpida, hay buena pluma pero nada más. Historia sin hechos, datos ni referencias.

En cualquier caso, la selección de autores merece por sí misma un reconocimiento: hay el intelectual que privilegia el sentimiento, el que enfatiza la historia de bronce, el que agota los archivos, el que usa anteojeras ideológicas y el que percibe una lucha de ideas de largo plazo. Y no están en orden, le dejo a usted el trabajo de acomodarlos.

Lo que parece ya claro es que la Revolución Mexicana es, precisamente, un mito, creado y fomentado por quienes resultaron finalmente ganadores de la serie de guerras civiles provocadas por la salida de Díaz del poder. Es un mito tal vez natural (Meyer), o con sustrato histórico (Knight), o nacido de la vida (Gilly), pero es un mito. Tres historiadores de la Revolución que hoy ven al mito, pero que hace un par de años no lo hacían.}

Un mito que, a pesar del derrumbe de las estructuras políticas del régimen, sigue vivo, no sabemos si porque “nació de la vida” o porque tiene un sustrato histórico suficientemente fuerte, o simplemente porque quienes destruyen los mitos son los mismos que los crean: intelectuales y políticos, y a diferencia de los creadores de hace décadas, pujantes e innovadores, los destructores de hoy son más bien temerosos de enfrentar esas creencias populares.

Tal vez será porque en aquel entonces desde el poder político se prohijó la creación del mito, y hoy la lucha por el poder político aún vive de ese mito. Y enfrentar al mito, al pueblo, y al poder político, no es cosa que guste mucho ni a políticos ni a intelectuales.

Lo que da longevidad a los mitos no es que nazcan de la vida o tengan sustrato histórico. Lo que los aleja de la muerte es el temor de los enterradores.
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