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Inés Sáinz
Inés Sáinz
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02 Abril 2013 03:00:38
La mujer que cambió la historia
Aquí comienza la historia de una niña que soñaba con levantar sus puños hacia lo más alto del cielo, alzar la voz y hacer los arreglos correctos para que de sus ojos corrieran lágrimas que tocaran lo más profundo de los corazones mexicanos. Su nombre: Soraya Jiménez Mendívil.

Basquetbol, bádminton y natación fueron las disciplinas que la vieron pasar. Sin embargo, el destino le tenía preparada una gran sorpresa de la mano de las pesas, algo en ese momento impensable para las mujeres, ya que se trataba de un deporte dominado por hombres.

Su inquieta forma de ser la llevó a descubrir en la halterofilia una forma ideal para desquitar el tiempo; un deporte que se volvió una necesidad que tenía que saciar a escondidas, pues no era del agrado de su padre.

Títulos nacionales e internacionales fueron tan sólo una pequeña muestra de lo que Soraya sería capaz de lograr. Constancia, sacrificio y sobre todo mucho dolor, producto de intensos entrenamientos, cirugías y una disciplina tal y como si se tratara de una preparación militar, rodearon la vida de la que para ese entonces, ya se había convertido en toda una mujer.

Soraya vio realizado uno de sus más grandes anhelos: competir en unos Juegos Olímpicos, por lo que Sidney 2000 se convirtió además, en la justa en la que las mujeres harían su debut en el levantamiento de pesas.

Las horas previas a la competencia la carcomían y no de nervios, sino de emoción y ansias, pues había pasado seis meses alejada de todo y de todos en Bulgaria, concentrada, padeciendo cada gota de sudor que recorría su cuerpo, soportando cada envión, cada regaño que salía de la boca de su entrenador Georgy Koev, cada minuto que pasó sin abrazar a su familia y, sobre todo, conteniendo el sufrimiento por no haberle dado el último adiós a su abuelo. Todo aquello tendría que valer la pena.

Fue el lunes 18 de septiembre de 2000, cuando el mundo atestiguó uno de los logros más significativos en la historia del deporte mexicano, quizá el más importante para las mujeres. Fue en Australia en donde Soraya Jiménez logró seis levantamientos de seis, el último de 127.5 kilogramos en la prueba de -58kg. Simplemente lo hizo y levantó el júbilo de los miles de mexicanos que seguíamos la competencia.

Soraya aventó las pesas y gritó de emoción, pero hasta ese momento no tenía idea de lo que acababa de hacer. Koev la recibió con un fuerte abrazo —algo inusual para su fría personalidad— y dibujando una enorme sonrisa, le dio la noticia más importante de su vida: ¡Soraya era de oro! Se había convertido en la primera mujer mexicana en obtener la presea dorada. A partir de entonces, su nombre y apellido no serían más los de una desconocida, sino los de la mujer que cambió la historia. Pasaron cuatro años, en Atenas la conocí y confirmé que el momento de gloria quedaría grabado en nuestras mentes y corazones por siempre.

Hoy se ha adelantado en el camino, uno que también vio pasar a Noé Hernández, quien nos hizo estallar de júbilo con la plata obtenida, curiosamente en la misma edición olímpica. El legado de Soraya quedará vivo por siempre y su imagen levantando la carga de tantos años de dedicación seguirá enchinándonos la piel y provocándonos la misma sensación del día que sucedió.
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