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24 Diciembre 2019 04:08:00
La Navidad de AMLO
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¿Alguna vez te has preguntado cómo pasa la Navidad el Presidente de México? Este año la celebración será mucho muy diferente a las anteriores y así es como me la imagino:

Son las 8 de la noche y doña Beatriz se está peinando (es un decir) para recibir a las visitas en Palacio Nacional. Cuando Bety habla de “peinarse”, se refiere solamente a pasarse los dedos entre su rubia y oxigenada cabellera, por lo que acaba más rápido de lo que suele tardarse su marido (estamos hablando de la peinada, malpensados, no de la despeinada). Mientras ella se pone guapa (de nuevo, es solo un decir), en la biblioteca del edificio virreinal, el presidentito está sentado en su escritorio imaginándose en los libros de historia como el héroe que le dio a México un aeropuerto patito. Se ve a sí mismo como un caudillo, ¡hazte a un lado, Zapata!, que guía a su pueblo hacia la felicidad eterna. Mejor dicho, se ve a sí mismo como un profeta salvando las almas de los mexicanos de la perdición. Así, mientras las inversiones se caen y los empleos se pierden, López Obrador se ve a sí mismo pintado en un mural al lado de Francisco I. Madero, Benito Juárez y Lázaro Cárdenas, algo así como los Chairobeatles.

Al Presidente lo despierta de su sueño navideño patriótico el timbre de Palacio Nacional. Corre a abrir la puerta y al primero que recibe es a Manuel Bartlett, que trae de regalo una de las 28 casas en las que no encontraron pruebas de que es corrupto. Luego llega la secretaria de Energía, Rocío Nahle, que le trae una refinería de juguete al Mandatario, para que juegue a refinar petróleo y vender gasolina barata a sus huachicoleros de control remoto.

Junto con ellos también hace su aparición el mismísimo Javier Jiménez Espriú. El secretario de Comunicaciones y Transportes le regala al amado líder un juego gigante de Lego para que construya el aeropuerto de Santa Lucía en La Chingada, que es como se llama su rancho en Palenque, Chiapas. Cuando vuelven a tocar la puerta, AMLO le abre a Ricardo Valero, el exembajador en Argentina, quien en lugar de darle un regalo, le roba el reloj. Y así van llegando todos los integrantes del gabinete, así como algunos de los personajes más emblemáticos y folclóricos de la 4T. A Gerardo Fernández Noroña no lo invitaron porque es muy mala copa, inclusive cuando ni siquiera se ha tomado un trago.

Cuando por fin se sientan a la mesa, el menú es, ¡faltaba más!, austero y muy nacionalista. Nada de pavo, porque eso es de fifís. En la casa del Presidente se sirve guajolote, que es lo mismo que el pavo, pero suena más autóctono. En lugar de vino francés, se sirve tepache, pues si algo saben hacer los integrantes del equipo presidencial es, precisamente, regar el tepache. A lo largo de la mesa corre en círculos un pequeño Tren Maya que transporta la salsa borracha, los limones, la salsa valentina, las servilletas y hasta los palillos. Como aperitivo, cada invitado recibe una copa de “abrazos, no balazos”, un coctel que no emborracha, no quita la sed, no refresca y, en general, no sirve para nada. Y para el postre, una sorpresa: pastel “otros datos”. Cada rebanada es tan pequeña que no alcanza a distinguirse el color, ni el sabor, pero el Presidente asegura que está riquísimo y todos sus invitados asienten con la cabeza y aplauden a rabiar.

El momento triste es cuando descubren que en el pesebre no hay Niño Dios, pues como venía con sus padres desde lejos, fueron interceptados por la Guardia Nacional y se encuentran retenidos en la estación migratoria de Tapachula. Pero, bueno, sea como sea: ¡Feliz Navidad!

¡Nos vemos el jueves!
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