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Rafael Loret de Mola
Rafael Loret de Mola
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Rafael Loret de Mola Vadillo (Tampico, Tamaulipas; 25 de octubre de 1952). Periodista y escritor mexicano, conocido por ser uno de los más serios críticos del sistema político mexicano. Sus libros, muchos de los cuales han sido best-sellers, contienen información confidencial sobre numerosos actores políticos de México. Jamás ha sido desmentido públicamente.

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09 Junio 2019 04:00:00
La noche que no teminó
El 10 de junio de 1971, cayó en jueves, el de Corpus, hace ya cuarenta y ocho años, debí esconderme detrás del portón de una puerta perseguido por “Los Halcones”. Curioso es decir que mi padre era entonces gobernador de Yucatán y ya no sabía cómo convencerme de que apretara mis ímpetus juveniles hasta que me entendió. (Un reconocimiento para su Memoria porque, en estos días, soy incapaz, como padre, de entender a mi hijo adolescente y su compulsión por jugar juegos cibernéticos con cañonazos de alto estruendo de paso; la verdad, varias veces le he retirado el aparato infernal sin el éxito buscado: me ha resultado peor el remedio que la enfermedad).

En aquel entonces, pese al navajazo genocida de Tlaltelolco, todavía salíamos a la calle con los puños en alto como nos enseñaron los atletas estadounidenses pertenecientes al “Poder Negro”, durante nuestros Juegos Olímpicos –de la sangre a los laureles en un viaje de diez días-. Pese a cuanto pueda decirse de la masacre de aquel siniestro 2 de octubre, los preparatorianos y universitarios de aquello días teníamos cuerda para mucho más y, sin embargo, optamos por no alterar la gesta deportiva, no por frivolidad sino conscientes, de verdad, que los ojos del mundo estaban puestos sobre México cuya imagen requería ser exaltada y jamás denigrada. Eso pensábamos entonces muchos aunque no nos olvidáramos, en los corazones heridos, de los cientos de compañeros caídos, muchos más a los que exalta y recuerda la plaza conmemorativa en la Plaza de las Tres Culturas.

La represión se volvió parte de los usos del titular del Ejecutivo quien optó por separar de la Regencia defeña al neoleonés Alfonso Martínez Domínguez, seis años después rehabilitado por josé lópez portillo quien lo lanzó al gobierno de Nuevo León, con apenas oposición, luego de que el primero, con la cabeza baja y un tono franco de humildad le dijo al mandatario:
--Estoy en el ostracismo; si me saca de aquí, no habrá gobernador, ni político alguno, más fiel a usted que yo.

Y hasta le construyó a su “amigo pepe” una grotesca estatua ecuestre como si tal hubiese sido su característica, la de montar como los antiguos caudillos de la posrevolución; a menos, claro, que fuera alegoría para otra clase de monturas imposibles de representar escultóricamente para exaltarlo. Sobre la potranca Rosa Luz, por ejemplo.

El ejército fue pidiendo, al tiempo que el gobierno civil se corrompía hasta la médula –hoy se alcanza ya un nivel que se antoja superior a la capacidad de asombro de los mexicanos-, canonjías y privilegios a cambio de no poner en predicamento a los subsecuentes gobiernos. De hecho, la asunción del mencionado López Portillo, se dio en diciembre de 1982 luego de que noviembre hubo un conato golpista encabezado ¡por el propio luis echeverría, su predecesor y falso “cuate” de la infancia! Tal era la estrategia para intentar disminuir la fuerza del nuevo mandatario y obligarlo a someterse a la autoridad de su antiguo jefe para reinstalar el deplorable “Maximato callista”. No hubo tal, desde luego, pero el ejército comenzó a medir sus verdaderos alcances.

Todos sabían, entre los mandos castrenses, que el general Marcelino García Barragán, jalisciense leal, había optado por defender la institución presidencial, tras los sucesos de Tlaltelolco, cuando hubiese podido inclinarse por un golpe de Estado con la soldadesca en las calles y la población civil bajo una represión infame –no al grado de lo ocurrido en Chile con el abyecto Augusto Pinochet, ya extinto y seguro huésped de las tinieblas-, en la cual, como tanto se ha escrito, el solo hecho de ser estudiante era una invitación flagrante a ser agredido por un genízaro sin criterio alguno salvo el de la macana y los golpes.

Debíamos caminar por las calles con extremo cuidado tratando de no toparnos con un algún agente enfebrecido, ansioso de sangre como los vampiros de Brazov.

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