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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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04 Enero 2011 04:00:25
La nueva ley ‘escrita en el corazón’
El lugar principal que ocupa “la guía interior” del Espíritu Santo es difícil encontrarlo tan claramente explicado como lo hace santo Tomás de Aquino.

Lo explica, en primer lugar, en su comparación que hace entre el Antiguo y Nuevo Testamento. La antigua ley es el Testamento “de la letra”, mientras la Nueva Ley es el Testamento del Espíritu Santo que infunde su amor en nuestros corazones. En efecto, cuando el Espíritu Santo infunde en nosotros el amor, (como aparece en el Nuevo Testamento), significa que no está “escrito sólo con palabras”, sino, escrito “por el Espíritu que vivifica”. La antigua ley (la de Moisés) fue escrita con palabras sobre tablas de piedra, en cambio la Nueva Ley ha sido grabada en corazones de carne. El hecho de que “el Espíritu infunde el amor en nosotros” con toda su plenitud, lo refiere claramente Santo Tomás, al decir que la auto-revelación del Espíritu Santo, a través de la fe, esperanza y caridad impregna totalmente al cristiano. Sin tal auto-revelación y sin su percepción, la “ley escrita en el corazón”, de hecho no estaría debidamente promulgada, no sería obligante, no hubiera sido verdaderamente expresada y promulgada como en el Antiguo Testamento.

La importancia que tiene la “guía interior del Espíritu Santo” según Santo Tomás fue expresada claramente en los escritos del Nuevo Testamento (en donde hay que reconocer la iluminación interior de la gracia) y en la infusión, en nuestros corazones, de la misma gracia del Espíritu Santo. Aquello que es capital en el Nuevo Testamento, (y en lo que consiste toda su fuerza) es la gracia del Espíritu Santo que nos es dada por la fe en Cristo. Es por esto que la Nueva Ley es, principalmente, la misma gracia del Espíritu Santo que los cristianos reciben. La Nueva Ley supone algo que, en cierto modo, dispone a recibir la gracia del Espíritu Santo, que es el saber aprovechar bien esta gracia. Esto es lo que está escrito en el Nuevo Testamento, pero es necesario explicárselo a los cristianos. Aun así, siempre permanece algo secundario, y es que se necesita decir que la Nueva Ley es en primer lugar la ley escrita en el corazón, y secundariamente, ha sido redactada por escrito en el papel. También en este caso debemos entender que la gracia del Espíritu Santo es “la ley grabada en el corazón” en toda su plenitud.

No hay duda de que en la expresión “ley escrita” hay que entender el Nuevo Testamento en cuanto sólo escrito sobre papel. En efecto Santo Tomás lo afirma expresamente al decir: “La ley evangélica comprende las dos cosas. La primera y principal: la misma gracia del Espíritu Santo, que nos es dada interiormente. Si bajo la expresión ‘Nueva Ley’ entendemos esta gracia, es necesario decir que la Nueva Ley nos santifica. La otra, pertenece a la ley evangélica, de manera secundaria: son los documentos escritos en papel acerca de la fe y los preceptos que regulan las acciones del hombre. Si bajo la Nueva Ley entendiéramos sólo esto ‘secundario’, es necesario decir que la Nueva Ley no nos santificaría. Precisamente por esto dice el apóstol San Pablo (2Cor. 3, 4) que ‘la letra mata, en cambio el Espíritu vivifica’. San Agustín explica en su libro ‘Del Espíritu y de la Letra’, que por ‘letra’, hay que entender cualquier palabra escrita ‘fuera del hombre’, aun la palabra de los preceptos morales, como vienen en el Evangelio. Esto es lo que nos hace comprender ¡cuán lejos estamos de todo cristianismo formalista y meramente exterior!

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