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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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18 Julio 2011 03:00:55
La opinión pública en la Iglesia
Si cada cristiano tiene su propio carisma, que los demás no tienen, si los laicos son, a su modo, participantes del oficio sacerdotal, regio y profético de Cristo, y esto, en un modo que constituye un complemento esencial y necesario para el cumplimiento de los oficios de los religiosos, de los sacerdotes y de la autoridad eclesiástica, entonces, es claro que los laicos, a su modo, “movidos por el Espíritu Santo”, deben tener “intuiciones” propias en cuanto al desarrollo de la vida interna de la Iglesia, como también de la vida del mundo. “Intuiciones” que el Espíritu Santo no suscita en las autoridades eclesiásticas, ni en los sacerdotes, ni en los religiosos. Se trata de actitudes que el Espíritu Santo suscita sólo en los laicos. Es fácil comprender qué clase de daño derivaría a la vida de la Iglesia si los laicos (y esto vale proporcionalmente para todo cristiano), no pudieran fecundar la vida de la Iglesia con las actitudes y con las intuiciones de su propio carisma, que pueden ser muy positivas.

Por esto, es necesario que ellos puedan expresar en la Iglesia sus opiniones y que puedan hacerlo “públicamente”.

La “opinión pública” ha sido defendida ya, en algunos documentos del Papa Pío XII, aunque algunos hayan tratado de quitarle fuerza con sus interpretaciones particulares. Por eso adquiere más relieve el hecho de que la Iglesia, actualmente, ha ya resaltado más la influencia en la opinión pública que ejercen los laicos, y esto, apoyándose en el propio Papa Pío XII.

En efecto, la Iglesia declara que los laicos deben manifestar a las autoridades eclesiásticas “sus necesidades y sus deseos, con aquella libertad y confianza, que corresponde a los hijos de Dios y a los hermanos de Cristo”. De acuerdo a la ciencia, a la competencia y al prestigio de que goza cada uno, tienen la facultad, más aun, el deber, de dar a conocer su parecer concerniente al bien del pueblo en general y de la Iglesia, en particular. En efecto, en algunas batallas decisivas, las iniciativas más felices han provenido de los laicos.

También, la Iglesia, apoyándose en las palabras de Pío XII, reconoce la importancia de la prensa católica, recordando que la opinión pública es la “herencia” de toda sociedad normal, compuesta de hombres que, conscientes de su responsabilidad personal y social se han comprometido íntimamente con la comunidad, de la cual son miembros. Esta “herencia” es, al fin de cuentas, el eco natural, la resonancia común, más o menos espontánea, de los acontecimientos y de la situación actual que se esté viviendo. En donde no aparece alguna manifestación de la opinión pública, o donde se demuestra que no existe, se debe reconocer que hay una falla, una debilidad y una verdadera enfermedad de la vida social. En donde deja de funcionar libremente la opinión pública, se pone en peligro la paz.

Debido a que la opinión pública es necesaria en toda sociedad normal, siendo una exigencia de la vida social, no debe faltar nunca, ni siquiera en la vida social de la Iglesia. El Papa Pío XII siguió afirmando que es necesario abundar más en lo que se refiere a la opinión pública en la misma Iglesia, sobre todo para aquellas personas que no conocen bien a la Iglesia o la conocen mal. Debido a que la Iglesia es un organismo viviente, le faltaría una cosa vital si le faltara la opinión pública, y el reproche sobre esta carencia caería sobre la misma autoridad de la Iglesia y sus fieles.

Es necesario que las declaraciones de la opinión pública se hagan a través de los órganos establecidos para este fin. Pero, siempre deben hacerse estas declaraciones con veracidad, energía y prudencia, con respeto y caridad hacia aquellos que detentan cualquier tipo de autoridad, incluyendo a los que, por su oficio religioso, representan a Cristo. Ni siquiera las palabras “con veracidad” y “con energía” deben ser descuidadas, cuando se trata de hacer declaraciones públicas.
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