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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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02 Enero 2012 04:00:03
La oración fundamental (II de II)
La fe, la esperanza y la caridad, como un elemento común de los tiempos de oración y de no oración, y como soporte del “vínculo vital” con Dios y con Jesucristo, son presentadas por la Iglesia de la siguiente manera: “La espiritualidad de los laicos, en orden al apostolado, tiene como fuente y origen a Jesucristo, mandado por el Padre, y es evidente que su fecundidad depende de su unión vital con Jesucristo, según el dicho de Él: Quién permanece en Mí y Yo en él, produce mucho fruto, porque sin Mí no pueden hacer nada. (Jn. 15, 5)”. Esta vida de unión íntima con Jesucristo se alimenta en la Iglesia con el apoyo espiritual común a todos los fieles, sobre todo cuando participan de manera activa en la Sagrada Liturgia.

Y este apoyo debe ser aprovechado por los laicos, de tal manera que, mientras cumplan perfectamente los deberes del mundo, en las condiciones ordinarias de la vida, no se separen de su “unión vital” con Jesucristo, sino que, cumpliendo sus propias actividades, según la Voluntad Divina, crezcan siempre más, por lo que en estas actividades deben vivir, naturalmente, la fe, la esperanza y la caridad. Ni el cuidado de la familia ni los compromisos civiles deben ser extraños a la espiritualidad de su vida, según el dicho del Apóstol: “Todo aquello que hagan, de palabra o de obra, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios y al Padre por medio de Él” (Col. 3, 17). También la Iglesia indica expresamente las fuerzas que hacen posible esta vida de alabanza a Dios cuando dice: “Tal vida requiere un continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”. En primer lugar el continuo ejercicio de la fe: “Sólo a la luz de la fe es posible, siempre y en todo lugar, conocer a Dios, en el cual vivimos, nos movemos y somos (Hechos 17, 28), buscando en todo acontecimiento su Voluntad. Hay que ver a Jesucristo en todo hombre, juzgar rectamente el verdadero sentido y valor que tienen las cosas temporales en sí mismas y en orden a nuestro fin último”.

Además de la fe es necesaria la vida de la esperanza: “Quien tiene la fe, vive en la esperanza de la revelación de los hijos de Dios, en la contemplación de la cruz y de la Resurrección del Señor. En la peregrinación de la vida presente, ocultos con Cristo en Dios y libres de la esclavitud de las riquezas, mientras contemplan los bienes eternos, con ánimo generoso, se dedican totalmente a extender el Reino de Dios y a animar y perfeccionar con espíritu cristiano el orden temporal”. Es necesario, en fin, un continuo ejercicio de la caridad: “Impulsados por el amor que viene de Dios, hacen el bien a todos… eliminando toda malicia y todo engaño, las hipocresías y las envidias, y todas las maldiciones (1 Pedro 2, 1) y atrayendo, así, a todos los hombres a Cristo. El amor de Dios, infundido en nuestro corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5, 5), hace capaces a los laicos de expresar realmente en su vida el Espíritu de las Bienaventuranzas. Cultivando la amistad cristiana entre ellos, se dan ayuda mutua en cualquier necesidad”. (Hechos 4).

La Iglesia nos enseña así, cómo es la verdadera vida cristiana, que está siempre impregnada por la fe, por la esperanza y por la caridad. Y, es así, a través de estas virtudes, que nos unen vitalmente con Dios, que la vida cristiana, en su totalidad, se convierte en verdadera oración.
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