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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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18 Octubre 2010 03:00:04
La percepción del “absoluto”
La Iglesia nos habla de Dios en un lenguaje popular como “una voz que resuena en el interior del hombre”, nos habla de “los oídos del corazón” que oyen su voz, de la necesidad de “cultivar el sentido religioso”. Nos habla también del “centro personal” que no está cerrado en sí mismo, sino que está abierto hacia Dios como un “cierto Vecino” que está del otro lado de la pared, que percibe a Dios como “el Absoluto”, “el Absoluto” que manda señales al espíritu del hombre, que, en cierta manera se le revela verdaderamente. Pero ¿cómo es esto?.

El hombre, en su actividad, tiene clara conciencia de su ser, él sabe que existe. Esta conciencia de sí mismo es acompañada por su actividad. El hombre puede también detener su atención sobre esta conciencia, recogerse enfrente de ella. De esta manera su propio ser brilla desde su propia actividad y se hace sensible a sí mismo.

Este centro personal no está encerrado en sí mismo, sino que, más bien, está abierto hacia el exterior. Y esta apertura hacia el exterior lo relaciona con Dios “percibido como el Absoluto” que lo atrae hacia Él, que libera en el ser cierta tendencia que lo impulsa hacia Él. Y en esta tendencia, Dios se le hace presente dinámicamente y, en cierta manera, se le manifiesta. En efecto, Dios como “Absoluto” es el fin de esta tendencia. El hombre puede (después de una apropiada instrucción y si su “sentido espiritual” está vivo) percibir la presencia de Dios como Absoluto, al mismo tiempo que percibe su propia actividad. No lo puede “ver”, pero puede, en cierta manera darse cuenta de su presencia, del mismo modo que se da cuenta de su propia actividad y de su propia existencia. Cada uno puede “detenerse” en esta toma de conciencia del Absoluto, sin poder encerrarlo en conceptos bien determinados ni expresarlo con ideas bien definidas. La conciencia de lo Absoluto permanece siempre “sola”, pero penetra en nuestro centro personal y lo acompaña en toda su actividad.

El Absoluto, dinámicamente presente, se manifiesta bajo diversos aspectos: como Verdad, como Guía Ética, como Belleza, como Santidad. El sentido de nuestro centro personal que percibe al Absoluto, el sentido que está vivo, que es verdaderamente operativo y no está sofocado por “malas hierbas” o sepultado en el olvido, puede percibir, todos estos aspectos del Absoluto. En efecto, nuestro centro personal tiene diferentes funciones y así, como “sentido metafísico”, percibe al Absoluto en cuanto Verdad, como “sentido ético” lo percibe como Guía Espiritual, como “sentido estético” lo percibe como Belleza, como “sentido religioso” lo percibe como Santidad. De esta manera el centro personal es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre donde él está solo con Dios, cuya voz le resuena en lo más íntimo.

Aunque parezca paradójico la presencia de Dios como Absoluto puede marcar psicológicamente al hombre y sin embargo esta presencia se realiza sin que el hombre se de cuenta, si no pone atención. En efecto, la conciencia de la presencia del Absoluto es “concomitante” y permanece “al margen” de la corriente de la atención que siempre se está dirigiendo hacia los objetos externos. Esta conciencia del Absoluto es tan sutil que puede pasar inadvertida, debido a que el hombre está acostumbrado a poner su atención en cosas externas “muy concretas”, a visualizar los contornos muy definidos de las imágenes, de la ideas, y de los objetos exteriores.

En la vida cristiana, en la que las fuerzas de percepción del centro personal se fortalecen por la gracia de Dios, el Absoluto, dinámicamente presente, se manifiesta como el Dios de los cristianos. Y es precisamente el centro personal el que percibe a Dios, como sentido moral y religioso. La Iglesia nos advierte que en la vida de la gracia el Espíritu Santo mueve el corazón y lo dirige hacia Dios , abre los ojos de la mente y da a todos “dulzura en el consentir y creer en la verdad”. El “corazón” que el Espíritu Santo mueve, significa la profundidad de la vida interior espiritual del hombre, el centro de los pensamientos, de las tendencias, de los sentimientos. El “corazón” es, por lo tanto, el “centro personal”. Así también, “los ojos de la mente” son “aquel modo de ver” los objetos, no como cosas sensibles, sino espirituales, son, también el “centro personal” como sentido apto para percibir al Absoluto.
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