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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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28 Septiembre 2010 03:01:44
La posguerra
Comentamos la semana pasada los treinta años de estancamiento que siguieron a la salida de Porfirio Díaz, que terminaron hacia fines de los años treinta. Ahora veamos los treinta años de crecimiento, desde 1940 en adelante.

Hubo varias razones para crecer, una de ellas que ya llevábamos mucho de estancamiento. Pero hay otras más importantes. Una viene del exterior: la gran demanda que provocó la II Guerra Mundial, que no pudimos aprovechar por completo, pero que sí nos ayudó a iniciar una etapa de crecimiento que después será mejor, en la posguerra, gracias al acuerdo internacional conocido como Bretton Woods, el balneario de montaña en donde se firmó. Este acuerdo tuvo como resultado la creación del Banco Mundial (entonces llamado diferente) y el Fondo Monetario Internacional. Había la intención de crear también una organización internacional de comercio, pero esto no pudo lograrse ya que los latinoamericanos nos opusimos. Finalmente, Estados Unidos creó por su cuenta el Acuerdo general de aranceles y comercio (GATT), que después se transformó en la Organización Mundial de Comercio, OMC.

Pero además de estas organizaciones, lo que Bretton Woods logró fue un acuerdo financiero internacional que mantuvo estabilidad financiera en todo el mundo occidental durante un cuarto de siglo, dando como resultado la mejor época en la historia económica mundial. América Latina aprovechó algo de eso, pero no tanto como hubiese podido si en lugar de experimentar con una nueva versión de mercantilismo (sustitución de importaciones, le llamamos), hubiésemos entrado de lleno a la competencia.

Pero algo logramos. México, por ejemplo, logró crecer prácticamente al 3% anual por habitante en esos años, que es exactamente lo mismo que creció el mundo entero. Por eso no es buena idea llamar a esos años “milagro económico”, porque apenas si logramos alcanzar el promedio mundial.

Las razones internas de ese crecimiento tienen que ver con los treinta años de estancamiento previo, como hemos dicho, pero también con los recursos ociosos con que contábamos. No debemos olvidar que en 1911 México era el país más industrializado de América Latina, y que la Revolución no destruyó ese capital instalado, de forma que todavía 30 años después había capital para crecer. Más importante aún, teníamos mucho terreno disponible para sembrar, porque no habíamos poblado el país entero.

Entre 1940 y 1970, el crecimiento de las hectáreas sembradas en México es de 3% anual, en promedio, mientras la población crecía al 2.7% cada año. Adicionalmente, el capital instalado crecía al 3.5% cada año. Este crecimiento muy parejo de las tres variables nos da como resultado que el ingreso por habitante crecía al 3% cada año. Para comparar con las tres décadas previas, entre 1910 y 1940 las hectáreas sembradas crecían apenas 0.7% anual, el capital creció cero, y la población al 0.3% anual. El resultado, un crecimiento del ingreso por habitante de 0.3% anual.

Desafortunadamente, para 1965 nos habíamos acabado el terreno, y de entonces en adelante no hemos podido añadir más hectáreas (hay 22 millones de hectáreas cultivables en México, de las casi 200 millones de territorio). En esos años, la economía debió haber tomado un camino diferente, pero el régimen de la Revolución, que necesitaba ese crecimiento para mantener su control sobre las corporaciones que lo sostenían, optó por crecer con base en endeudamiento. De 1965 a 1982 la deuda externa de México pasa de 2 a 80 mil millones de dólares, mientras que el PIB crece de 21 a 250 mil millones de dólares. La deuda se multiplicó por 40 mientras la economía lo hacía por 10. En 1982, todo se vino abajo.

De hecho, mientras que el crecimiento de 1940 a 1970 puede entenderse como algo “sano”, en tanto que se van utilizando recursos ociosos que permiten producir más, de 1970 en adelante lo que se hace es totalmente absurdo. Sin embargo, incluso entre 1940 y 1970 no hay crecimiento en la productividad en México. Producíamos más porque éramos más personas, con más tierra y más capital, pero no por ser más productivos. Así, cuando la tierra ya no crece, el crecimiento de la economía se tuvo que reducir. Para evitar esa caída en el crecimiento es para lo que se contrata deuda, pero eso no genera productividad, y ni siquiera un crecimiento que compense la deuda. Como es evidente por los datos, la deuda crece 4 veces más rápido que la economía, y nadie aguanta esos ritmos por mucho tiempo.

Es importante que quede claro que aún en el mejor momento de crecimiento económico en México la productividad no crecía. Y es importante porque el único crecimiento verdaderamente útil es el que está basado en la productividad. Si hoy tenemos problemas para incrementar la productividad, no es porque sea un asunto de los últimos diez años, o de los últimos veinticinco: es algo que ha ocurrido, al menos, desde 1910, como los datos lo evidencian.

El jueves que termina el mes, terminamos nuestra revisión de la historia económica retomando un poco de los años setenta, y las crisis que vinieron después. Y podremos entonces regresar a los temas de coyuntura, que dejamos fuera para aprovechar los festejos del bicentenario.
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