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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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10 Noviembre 2009 04:21:02
La quinta economía
Se publicó el lunes. Una nota medio perdida proveniente de la Cumbre de Negocios de Nuevo León. Una declaración del director gerente del Banco Mundial, Juan José Daboud

Este director sostiene que México puede ser un polo de desarrollo después de la recesión. Según él, después de China e India, en Asia, en América Latina, “México puede ser un importante polo de desarrollo”.

Pero la nota está perdida entre opiniones de Carlos Slim y Lorenzo Servitje, entre dichos de alzas en las tarifas telefónicas y quejas sobre el desempeño económico de América Latina. Y los comentarios que había recibido ayer lunes por la mañana confirmaban la razón por la cual no podemos ser la quinta economía mundial. Todos burlones, todos rechazando la posibilidad de que México pueda ser ese polo de desarrollo que el señor Daboud percibe.

Y es que precisamente es ésa la razón por la que no podemos ser un polo de desarrollo, ni la quinta economía mundial. Porque ni siquiera podemos imaginarlo. La inmensa mayoría de la población no se da cuenta del tamaño de México en el mundo, y por lo tanto no puede siquiera comprender lo que significa nuestro país.

Rusia, India, España, Canadá, Brasil, Australia, México y Corea del Sur son los países que podrían, por su tamaño actual, competir por ser las economías más grandes del mundo en los próximos 30 años. Sustituirán a Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, e incluso posiblemente a Japón entre los primeros cinco lugares. Sólo China y Estados Unidos, que hoy están en esas posiciones, seguirán ahí dentro de tres décadas con seguridad. Los otros pueden ser fácilmente desplazados.

De los ocho países mencionados, no todos tienen posibilidades reales de competir. Rusia no tiene ya futuro en esta competencia, mientras que España, Canadá y Australia es muy probable que no puedan superar el tamaño que hoy tienen. Quedan sólo cuatro economías compitiendo por dos o tres lugares: India, Brasil, México y Corea del Sur. Por cuestiones demográficas, India seguramente estará entre los elegidos, mientras que muy probablemente Corea del Sur no lo logrará. Es decir que, casi inevitablemente, México estaría entre esas cinco economías más grandes del mundo.

Pero eso parece ser inaceptable para los mexicanos. La simple posibilidad de ser un polo de desarrollo en este proceso de recuperación que acaba de iniciar es rechazado como si fuese algo no sólo imposible, sino impensable. Es increíble la capacidad de autoflagelación de nuestra sociedad.

México cuenta con 120 millones de personas, 15 millones de ellos viviendo en Estados Unidos, pero con fuertes lazos con nuestro país. Producimos, los 105 millones de acá, cosa de un billón de dólares al año (un millón de millones). Si contamos a los que están allá, considerando que tengan un ingreso inferior al promedio de Estados Unidos, pero sin duda superior al promedio nuestro (porque si no ya se hubiesen regresado), hablamos de medio billón adicional.

Nada más considerando eso, los mexicanos representamos la octava economía del mundo.

Lo que muy probablemente piensan muchos que no creen en que México será la quinta economía mundial es que no tenemos el ingreso por habitante que tiene Estados Unidos, o cualquier país occidental. Pero ése no es el tema. China tiene un ingreso por habitante muy inferior al nuestro, y es la tercera economía mundial, y la gran admiración de muchos.

La India, o Brasil, que tanto se promociona hoy, están también por debajo de México en ingreso por habitante, la India por mucho. Y ya sé que me va usted a decir que no es tanto el ingreso por habitante, sino la distribución, y que México es un país muy desigual. Pues sí, pero Brasil es peor que nosotros, y ya lo ve, rumbo a competir en serio por ser la quinta, la cuarta o la tercera economía.

Si quiere usted excusas para no ser exitoso, hay de sobra. Ya le mencioné al menos dos: que no importa ser una economía grande porque el ingreso por habitante es bajo; que no importa el ingreso por habitante porque la distribución es mala; añada las que guste, que por excusas no hay que parar.

Es sólo que usted, como millones de mexicanos, no quiere tener éxito. No quiere que la economía mexicana sea la quinta del mundo, ni quiere competir en verdad con otros grandes países. Le tiene usted miedo al éxito, porque implica responsabilidad, y usted, como millones de mexicanos, aprendió desde niño que la responsabilidad es cosa de los poderosos, y no de usted. Es usted producto del régimen de la Revolución Mexicana, que se instituyó para abusar de usted y para mantenerlo sometido a los grupos de interés: a los sindicatos, a las centrales campesinas, a los empresarios amigos del Estado, a las universidades públicas, a todos esos grupos que se han dedicado a extraer rentas de los demás y que han impedido que México sea esa quinta economía mundial desde hace décadas, como debió haberlo sido.

Lo único que nos impide tener éxito, ser una economía más grande, con más ingreso por habitante y mejor distribución es nuestra incapacidad mental. Ni siquiera podemos imaginarlo. Peor, cuando alguien nos lo dice, lo sentimos como una burla. Nosotros mismos nos detenemos, porque así aprendimos desde niños. Porque así se nos enseñó, para que no exigiéramos cuentas a esos grupos que vivían de nosotros.

Y que lo siguen haciendo.

Claro que México puede ser la quinta economía mundial. Ni siquiera hay que crecer mucho para lograrlo. Pero no lo seremos, ni seremos nada, mientras no podamos entenderlo y aceptarlo. Mientras no reconozcamos que el fracaso que hoy somos es producto de la manera en que manejamos el país durante el siglo XX. Mientras no aceptemos que la Revolución Mexicana no nos dio más que miseria, abuso y, sobre todo, engaño.

No hay mal que dure 100 años. Nos queda uno.
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