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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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20 Diciembre 2010 04:00:46
La renuncia al egoísmo
La Iglesia nos advierte que el debilitamiento de la conciencia moral y del “oído” que percibe la voz de Dios en los hombres, es porque no tienen cuidado de buscar el bien, y en ellos el pecado se ha hecho habitual.

El descuido en la búsqueda del bien, y el pecado en general, esconden siempre al egoísmo y son, en el fondo, siempre egoísmo. De esta manera, el egoísmo es lo que al final debilita el sentido que percibe a Dios. Y por esto, es el egoísmo a lo que el hombre debe renunciar si quiere vivificar el sentido de Dios. Y para obtener esto es necesario no sólo emprender el camino hacia la interioridad, sino también la renuncia al egoísmo.

La muerte del egoísmo es el servicio a los demás, al mundo, en la historia. Por eso el camino hacia el descubrimiento de la “trascendencia” conduce, ante todo, a una auténtica renuncia de sí mismo en el trabajo social e histórico.

Especialmente, en ciertos casos, las épocas históricas son tales, que exigen mucho al hombre y lo ponen ante decisiones difíciles y vitales que muchas veces están vinculadas a una sincera renuncia de sí mismo. El que acepta esa renuncia, el que permite que el trabajo social y la historia lo purifiquen puede, entonces, madurar (y tal vez hacerse maduro de golpe) debido al descubrimiento existencial de su propio “transcender hacia Dios”.

En el marco de estos planteamientos podemos hacer las siguientes preguntas: “¿alguna vez, nos hemos quedado callados, cuando lo que deberíamos haber hecho sería defendernos porque nos trataron con injusticia?, ¿alguna vez hemos obedecido, no porque es lo que debemos hacer o porque de otro modo hubiéramos tenido cargos de conciencia, sino más bien, a causa de que Dios, como “Guía moral” actúa en nosotros?, ¿alguna vez hemos sabido sacrificarnos aunque no nos hayan agradecido ni nos hayan reconocido nuestras buenas obras, incluso sin haber logrado el sentimiento de una satisfacción interior?, ¿hemos sabido estar alguna vez absolutamente solos?, ¿hemos alguna vez tomado alguna decisión sobre cualquier cosa, desde el más íntimo dictamen de la propia conciencia (allá donde no podemos explicar nada a nadie), donde el hombre está totalmente solo y consciente de sí mismo, y en donde sólo él queda responsable para siempre?, ¿hemos sabido “amar a Dios” aun cuando esto no nos lleve a sentir alguna satisfacción, allá, hasta donde nos parece tener que morir ante tal amor, donde el amor se nos presenta como muerte y negación absoluta de nosotros mismos, hasta donde nos parece que estuviéramos hablando en el vacío, allá hasta donde nos parece que se trate como de un terrible salto a un precipicio sin fondo, y hasta tal grado que todo nos parece que se haya convertido incomprensible y sin sentido?, ¿hemos alguna vez cumplido con nuestro deber aun en la sensación de que estamos negándonos a nosotros mismos, aunque con esto parezca que estamos haciendo una tontería por la cual nadie nos lo va agradecer?, ¿hemos sabido ser buenos hacia alguien de quien no se puede esperar ni siquiera un eco de gratitud y de comprensión, y cuando no podemos ni siquiera tener un sentimiento de haber sido “generosos”, “honestos”, etc.?”

Busquemos en estas experiencias obtener algún éxito a través de ellas, sólo así encontraremos la experiencia del espíritu y de su trascendencia más allá de “este mundo temporal”.

En el ejercicio de la profunda renuncia a nosotros mismos nos encontramos en nuestro propio “espacio interior”, en la propia “profundidad”, en el “centro personal”. De esta manera nosotros vivimos aquello que es lo propio del “espíritu”, aquello que es su propia fuerza, y sentimos que esta “vida del espíritu” no encuentra la explicación suficiente sólo al interior del hombre, dentro de su cerco vital. De aquí nace la necesidad de la apertura hacia afuera, hacia Dios, y el sentimiento de “trascendernos” hacia Dios.
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