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Raymundo Hernández
Raymundo Hernández
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29 Marzo 2009 04:00:19
La Tigresa
Irma Serrano nació para otro tipo de batallas, más grandes, menos heroicas

Irma Serrano es uno de esos personajes que nunca muere. Siempre es noticia.

Siempre atrae los reflectores. Siempre tiene algo que va más allá de lo estrafalario, de lo excéntrico, de lo grotesco. “La Tigresa”, como toda una generación de mexicanos la ha conocido, es en muchos sentidos parte del paisaje nacional y arquetipo de una cultura de casi medio siglo donde la política y el espectáculo caminaron de la mano, a veces con unos excesos que podrían haber destruido carreras completas de servidores públicos.

Como sucede periódicamente con ella, “La Tigresa” regresó a los titulares esta semana cuando la policía la arraigó como consecuencia de una demanda que interpusieron por incumplimiento del contrato, hace algunos años, del inmueble donde instauró su “Teatro Fru Fru”, un recinto en el centro histórico de la Ciudad de México que forma parte vital del destape sexual mexicano. En el escenario de ese teatro decorado Art Decó, con un afrancesamiento abusivo y terciopelo rojo en sillas apoltronadas, paredes y cortinas, se estrenó la obra “Hair”, el musical de rock producto de la contracultura hippie, que se estrenó por primera vez en Nueva York en 1967, donde en un momento climático de la puesta en escena, todos los actores salían desnudos.

En ese mismo teatro, ella dueña de todo, apareció desnuda, con un cuerpo de escultura casi natural, y unos ojos que cautivaron e inspiraron a una clase política formada en los 50s y 60s. Nunca tendría –ni tendrá- la clase de María Asúnsolo, que fue la mecenas de políticos y pintores, el sueño de intelectuales, a quien retrataron todos los muralistas mexicanos del siglo pasado, de quien Siqueiros vivió enamorado, o por quien un general y un gobernador pelearon con Fernando Benítez por su amor. Irma Serrano nació para otro tipo de batallas, más grandes, menos heroicas.

Chiapaneca, nació en Comitán en 1933, pero desde principio de los 60’s, en la Ciudad de México, comenzó a codearse con la clase política. Gustavo Díaz Ordaz estrenó la Presidencia en 1964, cuando, de acuerdo con el récord público, tenía una relación extramarital con “La Tigresa”, a quien no se llamaría así hasta 1972, como resultado de su papel en la película dirigida por René Cardona Jr. En 1972, titulada “La Tigresa”. Dicho por ella misma, tuvieron una relación de amantes y le transfirió mobiliario de Los Pinos y Palacio Nacional, a su casa.

Irma Serrano se ha encargado de cultivar la memoria de esa relación, que en una entrevista que dio hace algunos años al periódico “La Jornada”, lo exoneró por completo de la matanza de Tlatelolco, y dijo que él nunca dio la orden.

Esa es una mentira. Díaz Ordaz no estuvo con ella esa noche del 2 de octubre de 1968. Estuvo en Los Pinos, habló con algunos gobernadores y miembros del gabinete pero, fundamentalmente, estuvo solo. Sobre los muebles, no hay manera de verificarlo. Patricio Zambrano, un antipático personaje que apareció en el “Big Brother” mexicano, con quien sostuvo una muy extraña relación amorosa a principio de este siglo, declaró públicamente que muchas de sus antigüedades no eran tales, como los lujosos marfiles que mostraba a sus invitados a casa, sino comprados en Tepito. Pero lo que decía “La Tigresa” sobre la mecánica de regalos de bienes propiedad de la nación, no era mentira. Sucesivos presidentes mexicanos, cuando menos hasta los 70’s, solían hacer regalos a sus colaboradores cercanos con bienes de la nación. De esa manera fueron desapareciendo del patrimonio nacional espejos, camas, armarios, candeleros, muchos de la época francesa del Art Decó, que tanto influyó en el gusto estético de la señora Serrano.

No hay registro alguno de cómo se acercó a Díaz Ordaz, pero la mecánica que se utilizaba en aquellas épocas esa tan simple como grotesca. En los actos públicos, “padrinos” de jóvenes vedettes o aspirantes a artistas, que tenían acceso a los altos funcionarios, les acercaban mujeres para que ellos escogieran con quién se querían quedar. No eran actos de prostitución clásicos, sino reglas de un juego donde el político conseguía a la puerta de sus deseos a una mujer que no le iba a reclamar nada y que estaría para él en el momento que deseara, a cambio, para la mujer, que no sólo obtuviera dinero rápido, sino que esa relación le permitiera ir haciendo carrera en el campo del espectáculo. Los directores de películas les daban papeles para quedar bien con el político y seguir consiguiendo financiamiento para sus trabajos. Los “padrinos” también conseguían dinero por sus servicios de reclutadores de mujeres para políticos.

Esas acciones eran muy evidentes. Cualquier curioso podría recurrir a las hemerotecas de los principales periódicos de la época para observar las fotografías en los actos públicos. Las más de las veces va a encontrar una o dos y hasta tres mujeres jóvenes, guapas alrededor de un alto funcionario sin tener nada que hacer ahí.

Nadie explicaba públicamente de qué se trataba. Todos sabían cómo se llamaba el juego, y todos callaban. Esa cultura era las de los 50’s y los 60’s, la de los 70’s y los 80’s, comenzando a evaporarse en los 90’s y en la actualidad. Sin embargo, siguen existiendo durante las campañas políticas algunos remanentes de aquellos tiempos. Así le sucedió en su campaña, por ejemplo, al gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, quien nunca sucumbió ante esa vieja práctica. Así le rondaban al infortunado candidato presidencial Luis Donaldo Colosio. Todavía hay quien ofrece “noches” con algunas artistas por 200 mil pesos, y leyendas urbanas sobre las relaciones íntimas y clandestinas de vedettes y estrellas con políticos encumbrados.

Irma Serrano es, antes que nada, el ejemplo más vivo de toda una cultura política que, por alguna razón, se niega a morir.

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