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Aida Sifuentes
Aida Sifuentes
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Es originaria de Sabinas, Coahuila. Egresó de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila y actualmente estudia ingeniería civil en la misma universidad. Colaboró en el Centro Cultural Vito Alessio Robles como correctora de estilo, y se ha desempeñado como periodista cultural. Es ajedrecista profesional y lectora por vocación.

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09 Diciembre 2018 04:04:00
La torre invertida
En ajedrez hay movimiento especial que se llama “promoción”, que es cuando un peón consigue llegar a la octava fila y, como recompensa por su audaz esfuerzo, se puede cambiar por cualquier otra pieza. La promoción también es llamada comúnmente “coronación” porque la mayoría de los ajedrecistas piden una dama, que es la pieza más valiosa del tablero (9 puntos). En la vida también llega a suceder lo mismo: que el más pequeño o insignificante llegue a transformarse en el más grande e imponer su poderío en cualquier dirección del tablero.

Una antigua usanza entre ajedrecistas de café era la de tomar una torre y colocarla de cabeza para asemejar una dama, puesto que cuando un jugador aún posee la suya, puede seguir coronando otras y hacerse con dos, tres o las que surjan durante la partida. La práctica de poner una torre invertida se popularizó tanto que los ajedrecistas llevaron esta maña a los torneos oficiales; aquí es donde todo se complica porque las leyes de FIDE (Federación Internacional de Ajedrez, por sus siglas en francés) no especifican si la torre debe estar sobre el tablero con la base hacia abajo, por lo que la promoción de una torre invertida no se considera ilegal, pero tampoco se asume como una dama. Si la torre toca la casilla de coronación, ya sea al derecho o al revés, se debe mantener como torre, lo que ha ocasionado cientos de roces y confusiones a la hora de la promoción.

En la historia tenemos de ejemplo a un joven alemán que atravesó por la misma crisis existencial de las torres invertidas. Adolf Hitler aspiraba a convertirse en artista pero sus limitantes técnicas le impidieron acceder a la escuela de Bellas Artes en Viena. Como no lo consiguió, eligió para su futuro ser el dictador que encabezara el acontecimiento que mayores muertes ha sumado en la historia: la Segunda Guerra Mundial (80 millones, según los cálculos más pesimistas).

He ahí el problema de un artista que se hace pasar por dictador. De una torre invertida que se mueve como dama. Miles de historiadores y estadistas se preguntan qué habría sido del mundo si Hitler hubiese sido aceptado e iniciado su carrera en las artes visuales. Ahora vemos que las consecuencias de pretender ser algo distinto a lo que en realidad somos pueden ser devastadoras.

Es indudable que si Hitler hubiera persistido en su carrera artística el mundo de hoy sería otro. Después de saber esto, ¿quién puede decir que el arte no salva vidas?

Este texto forma parte del proyecto que trabajo con el Programa de Estímulo y Creación al Desarrollo Artístico Coahuila 2018, a quien agradezco el financiamiento para esta investigación.



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