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Jorge A. Meléndez
Jorge A. Meléndez
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06 Abril 2019 04:00:00
La virtud de la brevedad
Le propongo esta regla para los negocios, la política y la vida. Seguro que salvará a cualquiera en más de una ocasión. Y es que todos tendremos oportunidad de demostrar “pentontez” alguna vez en la vida.

Quizá por opinar de algo que se desconoce. O tal vez por actuar exaltado, pues es mucho más fácil ser estúpido si la sangre está caliente. Y, bueno, en otros casos es defecto de fábrica, como diría don Hermenegildo Torres.

Me puse a reflexionar sobre el tema al leer la carta de ya sabes quién al rey Felipe VI para solicitar que España pida perdón a los pueblos indígenas de México por los abusos de la Conquista.

“México desea que el reino español admita su responsabilidad histórica por esas ofensas y ofrezca las disculpas que convengan”, diría el extenso manifiesto.

¡Madre mía! Sin duda que la brevedad hubiera sido una virtud a practicar aquí. Bueno, de hecho, abstenerse habría sido mejor. En boca cerrada (o pluma guardada) no entran pejes... digo moscas.

Algo muy difícil de aplicar para cualquier populista o líder organizacional sabelotodo. Personas que por lo general:

* Están enamoradas de sus
voces.

* Creen ciegamente en sus
convicciones.

* Se rodean de un coro de clones. O peor, de lambiscones.

* Piensan que el que no concuerda con ellos es obtuso, terco o enemigo declarado del progreso.

Me detengo en el último punto, para mí un cimiento de la pendejez. ¿Y sabe qué? Tiene un nombre científico.

Realismo ingenuo, un término que define Tim Harford en el Financial Times: “El sentimiento seductor de que se observa al mundo como es en realidad, sin el menor sesgo o error”.

El profesor de Stanford Lee Ross (coautor del libro El más Sabio del Cuarto) explica el origen de este mal: “Los humanos entendemos que las opiniones de otros son influenciadas por experiencias y dogmas. Pero no reconocemos los sesgos de nuestras creencias”.

Ciertamente, una idea seductora... y peligrosa. Yo soy razonable y si no estás de acuerdo conmigo, tú eres un idiota.

Harford cita un fascinante estudio de la sicóloga Emily Pronin, que aplicó cuestionarios sobre temas políticos a los participantes. Luego distribuyó las respuestas y pidió especularan sobre las bases de cada opinión.

¿El resultado? Realismo ingenuo. Las opiniones propias (y de los que tenían posturas similares) estaban basadas en cosas como “atención al detalle”. ¿Y los que pensaban distinto? Ah, esos idiotas buscaban “aprobación grupal” o “ser políticamente correctos”.

¿Qué hacer? En corto, ponerse en los zapatos del otro y ser abogado del diablo con el razonamiento propio. Cinco
recomendaciones:

1. Poner por escrito la postura contraria. Ojo, por escrito. Verbalizar ayuda a entender argumentos distintos.

2. Contestar: ¿qué podría estar mal con mi propuesta? Otra vez, por escrito. Ah, y encuentre por lo menos cinco debilidades. ¿Hoja en blanco? ¡Ingenuo!

3. Hacer un Benchmark. ¿Cuál es la mejor práctica y cómo se compara con sus ideas?

4. Preguntar a terceros.

5. Crear una alternativa mezcladita. Hasta con ideas de su contraparte.

Perfecto... en teoría. Y, sin embargo, es duro combatir los reflejos instintivos del realismo ingenuo. Sobre todo al discutir, cuando es bien fácil cerrarse a ideas distintas.

Siete tips para no arrebatarse al debatir: contar hasta 10, no insultar, eliminar el juego de suma cero, poner por escrito su postura (y leerla) antes de decirla, no negociar enojado, pensar en la negociación que sigue y convivir/conocer a contrarios potenciales.

La brevedad siempre será una gran virtud. Y ante el desconocimiento, es clave callar y preparase. Aprender abriéndose a todo tipo de ideas y posturas.

Combatir el realismo ingenuo para llegar a la mejor solución. Así nadie tendrá que disculparse por cometer
“pentontadas”, ¿no cree?



Posdata.

Primer acto: mando una terna de ineptos, me la rechazan.

Segundo acto: me rechazan la misma terna.

Tercer acto: nombro a los ineptos que quiero.

¿Cómo se llamó la obra? Autonomía CREmada...




En pocas palabras...

“Soy paciente con los estúpidos, pero no con los que están orgullosos de serlo”.

Edith Sitwell, poetisa británica

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