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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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10 Octubre 2019 04:06:00
Las dos burocracias
Aunque todavía hay, por desgracia, motivos para mantenerlo vigente, el viejo cliché del tortuguismo en la burocracia gubernamental empieza a palidecer, incluso hasta borrarse, en comparación con los sufrimientos de cualquier cliente en casi cualquier banco. Con más gente que en un mercado, las matrices y sucursales de la banca demandan la paciencia de Job de quien desee hacer algún trámite.

El contraste entre la burocracia gubernamental y la bancaria es tremendo. Mientras la primera, echando mano de las herramientas digitales logra agilizar los trámites —no todos, por supuesto—, se diría que los bancos están aún congelados en los tiempos de la plumilla, el tintero y la visera de mica verde. Tienen computadora, es cierto, pero sirven para maldita la cosa cuando se requiere dar fluidez a la tramitología.

Hace unos días, aquí, en Saltillo, una dama necesitaba renovar su licencia de manejar. Por Internet se enteró de los documentos requeridos: acta de nacimiento, comprobante de domicilio, Curp e identificación oficial, o sea la credencial de elector. Llegó temprano a las oficinas, presentó los documentos e hizo el pago correspondiente. Alrededor de 45 minutos después salió con su nueva credencial en la cartera.

El reverso de la medalla. También recientemente, al tratar de sacar dinero del cajero automático, un empleado se llevó la muy desagradable sorpresa de que la tarjeta en la que le depositan su salario no tenía fondos. Extrañado obtuvo un estado de cuenta, en el cual apareció una decena de cargos hechos el día anterior bajo el misterioso rubro de “Inter”. Tomó el teléfono, y tras teclear números y más números, siguiendo las indicaciones de una grabación, logró hablar con un ser humano. La aclaración del asunto le llevó, sin exagerar, más de una hora pegado al celular, y solo para enterarse de que por tercera ocasión –sí, tercera ocasión– le habían hecho cargos indebidos por el monto de su quincena.

Finalmente, la voz del otro lado de la línea le informó amablemente que la tarjeta quedaba cancelada –también por tercera ocasión– y en cinco o siete días podía pasar a recoger el nuevo plástico en la sucursal correspondiente. Esto, traducido al español significa: sin dinero y sin tarjeta durante una semana.

Nada nuevo. Desde que se cruza la puerta del banco comienza el viacrucis del cuentahabiente. Antes de nada, debe sacar un boletito con un número, después de aclarar al o la recepcionista si va a ventanilla o requiere los servicios de un “ejecutivo de cuenta”. Luego, al contemplar el mercado persa en que está convertido el lugar, no le queda sino cruzar los dedos y encomendarse al santo de su devoción.

La turbamulta de clientes en espera se desahoga a cuentagotas atendida por dos o tres “ejecutivos de cuenta”, quienes debido a los cada vez más complicados sistemas tardan a veces eternidades en solucionar cada caso. ¡Y no hay sillas suficientes!

Presumiendo modernidad, la mayoría de las firmas bancarias anuncian sus servicios por Internet. Habrá que creerles, pero lo cierto es que esa mejora no se refleja en el número de clientes en matrices y sucursales, donde parecen crecer en forma exponencial.

Letras sueltas
Hace años logró gran éxito la telenovela Los Ricos También lloran estelarizada por Verónica Castro. No sé si los ricos también lloran, pero los que por alguna razón se ven en la necesidad de ir a un banco, quizá no lloren, pero hacen muchos corajes y pierden mucho tiempo.
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