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Verónica Marroquín
Verónica Marroquín
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30 Septiembre 2018 04:00:00
Las etapas no resueltas
QUERIDOS AMIGOS: En un abrir y cerrar de ojos estamos ya a unos meses de que se termine el año, ¿y qué hemos hecho para ser mejores personas?, ¿hemos avanzado?, ¿en qué?, ¿de qué manera?, ¿a quién hemos beneficiado con ello?, dejemos huella sí, pero positivamente, siempre habrá oportunidad de enmendar, de aprender, de rectificar y sanar.

Hoy les dejo un escrito que lo veo muy seguido en mi consultorio, papás que no aceptan del todo a sus hijos, uno de los motivos es porque se ven a sí mismos en esa etapa no resuelta. Este escrito es del libro Tu Hijo, tu Espejo.

Cuando mi hija Marcia tenía 12 años era verdaderamente difícil para mí aceptarla; si bien es una edad en la que es complicado lidiar con los jóvenes en su plena trasformación física y sicológica, lo mío era aún más complicado, pues había muchos aspectos de ella que realmente me desagradaban: su forma de hablar, de gesticular, sus rabietas de puberta, su apariencia física, sus cambios de humor, ¡todo me recordaba a mí cuando tenía esa edad!

Estos sentimientos hacia mi hija eran muy nuevos para mí, aparecieron de pronto y me dolía reconocer que los sentía. Me preguntaba dónde se había ido aquella muchachita que tanto me gustaba antes. Esa adorable muchachita seguía ahí, pero yo no podía verla, había un enorme muro que me obstaculizaba: mi propia pubertad con todos los conflictos no resueltos que dejé en ella. Una etapa en la que viví un gran rechazo hacia mí misma y por parte de personas significativas para mí: nada de mí me gustaba, mis necesidades emocionales eran inmensas y no encontraba caminos para satisfacerlas. Pasaron los años, crecí, dejé libertad, y la vida siguió su marcha, dejando abierto ese enorme hueco. Así pues, cuando mi hija llegó a esa edad, todo aquel rechazo y desagrado que yo sentía por mí misma lo proyecté en ella, de tal forma que cada vez que la veía me veía a mí, se activaban en mi cuerpo y en mi sique todos aquellos sentimientos de rechazo. Me di cuenta, además, de que cualquier joven de esa edad me provocaba de inmediato desagrado y si encontraba por la calle grupitos de muchachos me resultaba en verdad molesto. Toda esta dinámica era mía, mi propia proyección. Hacerme consciente de esto fue muy importante: me di a la tarea de trabajar con esa etapa de mi vida, con mi púber interior que seguía latiendo en mí, que pedía ser sanada, que seguí necesitando amor y aceptación, ¿y quién mejor podía darle todo eso sino yo misma? Resultado: al sanar mi pubertad interior, poco a poco volvía a sentirme en paz con mi amada hija. Recuerdo una mujer que vino a verme. Había sufrido abuso sexual a los 5 años por su padrastro. Entró en una profunda depresión cuando su hija llegó precisamente a esa edad; sin motivo aparente, lloraba durante horas y atender a su hija le significaba un enorme esfuerzo.

Evitaba en medida de lo posible hablar o interactuar con la pequeña y siempre que podía la enviaba a casa de los abuelos. Tener enfrente a su hija de 5 años le removía todas aquellas heridas sin sanar que llevaba dentro. Su propia niña interior imploraba ayuda y curación de todo aquel dolor, miedo y vergüenza. Fue necesario trabajar a profundidad con esa etapa de su vida y los terribles eventos que vivió, para que pudiera sanar las viejas heridas y sentirse de nuevo emocionalmente y físicamente conectada con su hija.

En cada etapa de desarro llo de nuestros propios hijos, se advierten nuestras propias necesidades no satisfechas de desarrollo infantil. A menudo, el resultado es una desastrosa actuación como padre, cuando los sentimos se reprime especialmente la ira y el dolor, ese pequeño se convertirá físicamente en un adulto, pero en su interior permanecerá ese niño airado y herido. Ese niño interno contaminará espontáneamente la conducta de la persona adulta.

Afortunadame nte podemos hacer algo al respecto: curar a nuestro niño interior herido. Una de las hermosas ventajas de ser adulto es que ya no dependemos de nadie que nos proporcione los medios para sanarnos. Lo podemos buscar nosotros mismos, y existen alternativas realmente efectivas, como la sicoterapia o maravillosos libros que te llevan de la mano en este proceso que bien vale la pena iniciar para sanar. Recuperar a su niño interior implica retroceder a sus etapas de desarrollo y concluir los asuntos pendientes.

Nuestros hijos pueden ser verdaderos maestros si estamos dispuestos a reconocer nuestra parte de responsabilidad en lo que sucede con ellos a través de ellos, que son nuestro espejo. Recuerden asistir a terapia para resolver situaciones no resueltas, los beneficios son incalculables, los espero.

Un abra zo fra ter no, has ta la próxima, su amiga Verónica, Diosito por delante.


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