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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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09 Junio 2009 03:55:55
Las fechas
Mi amigo y colega Pepe Barrera comenta con respecto al artículo del jueves pasado, en donde planteamos algunas ideas acerca de las dos interpretaciones principales con respecto al desempeño económico de México en tiempos recientes


En primer lugar, sugiere que consideremos que la etapa previa a 1982 debe dividirse en dos, de 1953 a 1974, y de entonces a 1982, porque hay un cambio significativo en la política económica: el endeudamiento.

Su segunda observación tiene que ver con el cambio del modelo, que esta columna insiste en colocar en 1986. Barrera, que participó en el gobierno de aquel entonces, sostiene que había ya la intención de reducir el papel del Estado desde diciembre de 1982, es decir, con la llegada del nuevo gobierno.

Finalmente, Pepe hace notar un elemento clave en todo lo que ha ocurrido en México en las últimas décadas, la explosión demográfica, que en la década de los 80 será una carga adicional a los problemas financieros.

Decidí tomar como punto de partida para esta colaboración los comentarios de mi amigo porque me parecen de gran importancia. Primero, efectivamente la explosión demográfica debe incorporarse en el análisis, y lo haremos próximamente, cuando analicemos el crecimiento con más detalle. Por ahora, creo que debemos discutir las fechas que usamos de referencia para entender el comportamiento de la economía mexicana, porque precisamente de la definición de los cambios y las continuidades es de donde podemos construir una evaluación de las decisiones que se tomaron, y aprender de ellas.

No cabe duda que el gobierno de Miguel de la Madrid, que llega en diciembre de 1982, está marcado por la crisis, y específicamente por las decisiones de López Portillo en su sexto Informe de Gobierno: nacionalización bancaria, control de cambios, y macrodevaluación. La situación era verdaderamente grave, y su causa más evidente, en ese momento, eran las pésimas decisiones tomadas por los dos gobiernos previos, que habían contratado deuda externa para sostener proyectos faraónicos. No creo que pudiese haber alguna otra línea de decisión en ese momento que reducir el tamaño del Estado. Lo que no era nada fácil era determinar cómo hacerlo, y eso no pudo resolverse sino hasta 1986, cuando la nueva crisis, producto de la caída del precio del petróleo y los terremotos de 1985, obligaron a De la Madrid a finalmente decidirse entre los dos grandes bloques de su gobierno. Y decidió por Salinas, provocando la expulsión de Silva Herzog, y pocos meses después la aparición de la Corriente Democratizadora del PRI. Es decir, es en 1986 cuando las dudas en la dirección del país se disipan, queda claro que entramos en una etapa “neoliberal”, y la molestia que esto causa en parte del PRI alcanza para construir una nueva fuerza política, el PRD.

Aunque antes de 1986 hay algunas medidas que pueden calificarse de neoliberales, no son ni muchas ni muy importantes. El proceso de consolidación de paraestatales, por ejemplo, está más guiado por las obligaciones frente al FMI y la escasez de dólares que por cualquier decisión integral de política económica. Lo mismo ocurre con los intentos de apertura, que en 1985 son controlados por el Banco de México a través del grupo que fija aranceles y permisos de importación, pero su impacto en el comercio es, si acaso, muy reducido. Hay que esperar al ingreso al GATT, en 1986, y sobre todo al Pacto de Solidaridad Económica, en diciembre de 1987, para percibir un cambio en el comercio exterior.

Ahora bien, no sólo esta fecha merece discusión, sino también la que determina el cambio de aplicación al interior del modelo previo. El proceso de endeudamiento que nos llevó a la crisis de 1982 no inicia en 1974, sino en 1965. En ese año, el inicial del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, las cuentas del gobierno ya no cuadran como antes. México se ha sumado a la corriente mundial que promueve el Estado de bienestar, y empieza a crecer el gasto social. Para la memoria de Díaz Ordaz, él es el primer presidente de la Revolución en tener un gasto social relevante, algo mucho más importante, creo yo, que sus culpas en Tlatelolco.

Sin embargo, este incremento en el gasto no va acompañado de una mayor recaudación, y la deuda empieza a utilizarse como mecanismo de financiamiento del déficit. La deuda se duplica durante ese gobierno, y pasa de 10% a 12% del PIB. No se compara, claro, con el incremento durante Echeverría, que cierra su sexenio con 22% del PIB en deuda externa. Pero tampoco había, en los 60, la inflación mundial ni los fondos prestables a los que Echeverría tuvo acceso. Es decir, efectivamente el endeudamiento de México, a partir de 1974, es clave en el derrumbe posterior, pero, me parece, no representa una diferencia significativa con lo que se hacía antes.

El abandono del modelo previo ocurre en 1965, porque en ese año dejamos de tener un crecimiento de 6% en la producción agrícola, que sostenía 6% de crecimiento económico; las ciudades empezaron a llenarse de migrantes, y la explosión demográfica, en realidad, ocurre en ese momento, porque los servicios que el gobierno mexicano daba eran para las ciudades. Los mayores requerimientos de la población y la menor producción obligaban a cambiar el modelo de la Revolución, empezando por una reforma fiscal. De hecho, la reforma se trabajó en esos años, y se entregó al presidente electo, Luis Echeverría, quien decidió no aplicarla.

Los problemas que habían empezado en 1965, y que no se enfrentaron entonces, tampoco se enfrentaron en los 70. El incremento de la deuda, primero paulatino, se volvió un torrente cuando hubo disponibilidad de fondos en el extranjero. Sobraban dólares en el mundo, y nosotros los necesitábamos.

Este cambio en las fechas, por cierto, implica derrumbar algunos prestigios, y tal vez por ello no es tan fácil aceptarlos. Pero creo que los datos obligan a hacerlo. Le seguimos.
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