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Dalia Reyes
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20 Junio 2019 04:02:00
Las listas
Empecé la colección de máscaras con una inocente compra en San Miguel de Allende. Mi tendencia por completar listas me llevó a conseguir una segunda con rasgos parecidos, pero en diferente sexo; claro, era solo el rostro, pero evidentemente una era la chica y otra el caballero.

No sé muy bien cómo pasó ni en qué momento, pero un día tenía tapizada una pared en mi cuarto de soltera con rostros insondables fabricados en cerámica, barro, madera, metal, plástico, fibras vegetales, cuyos gestos iban desde el placer y hasta el horror. Una mañana no pude abrir la puerta y usé la ventana como salida; consideré ese como un buen momento para deshacerme de esa colección, que ahora pende de algún lugar en San Pedro de las Colonias.

En honor a la verdad, no medió motivo alguno para reunir esa cantidad de objetos y, creo, en muy pocas colecciones habitan argumentos viables más allá de la contingencia y la casualidad. La mayoría de las personas coleccionamos algo: antes había quienes acumulaban timbres postales; hoy, álbumes electrónicos; algunos conservan juguetes mecánicos, otros, autómatas. Mi tía, por ejemplo, es coleccionista de todo aquello susceptible de venderse a un precio por encima de los 10 pesos.

Ranas, patos, búhos, gatos, perros, caballos son, quizá, los ejemplos más ordinarios de la capacidad acumuladora en el ser humano; sin embargo, sabemos de colecciones conformadas con serpientes, alimañas varias, calcetines sin par, amigos en Facebook, automóviles, zapatos y los agregados que tenga en su familia: todos tenemos una prima rara que guarda cosas extrañas en repisas mil de su recámara.

Coleccionar libros tiene un cariz diferente cuando se hace por la lectura y no con el fin de llenar finísimos libreros con volúmenes a colores; aparatos electrónicos, cuando se saben usar; utensilios de cocina, cuando se habita una casa; tenis, si alguien se ejercita más allá del domingo cuando va por la barbacoa; sostenes, cuando hay algo para guardar en ellos.

No referiré a los acumulamientos masculinos, consistentes en cascos de computadoras y baterías para autos, llantas inservibles, botes plásticos de 20 litros ya sin asa, cables varios, alambres a medio enrollar y todo lo que usted guste y quiera agregar, no para enriquecer mi lista, pero por lo menos para vivir una catarsis.

Usted, seguro, algo colecciona. Mire a su alrededor y por lo menos se encontrará coleccionista de un montón de ausencias.
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