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Raymundo Hernández
Raymundo Hernández
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06 Diciembre 2010 04:00:15
Las molestias del general
Galván no tiene la cercanía y la influencia que tiene García Luna

Las cándidas percepciones que se tienen en la Embajada de Estados Unidos en México sobre el secretario de la Defensa, general Guillermo Galván, y el Ejército por su participación en la guerra contra el narcotráfico, puestas al escrutinio y sorna general por las revelaciones de Wikileaks, sólo vienen a resaltar agravios crecientes que tienen por el creciente desprecio del presidente Felipe Calderón. Por aún, la caracterización de los militares como lentos, cobardes y mal preparados, no tuvo respuesta condenatoria de Los Pinos.

El general Galván no fue tomado por sorpresa y lleva algunas semanas tomando pertrecho, con fuerzas de oposición. Hace unos 10 días se placeó con el gobernador Enrique Peña Nieto en el estado de México, y el martes pasado estuvo en la presentación de un libro en el Senado sobre el Ejército. Son tiempos de bálsamo para un entripado que se extiende por meses y es cada vez más público.

El 16 de septiembre pasado, por ejemplo, en general Galván acompañaba al presidente Felipe Calderón en el balcón central del Palacio Nacional como cada año en el desfile militar. Testigos describieron al Presidente como indiferente hasta que casi al final de la parada se emocionó, dijo “ya vienen” y pidió que llamaran a su lado al secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna, quien por primera vez tenía un contingente de la Policía Federal marchando con los militares.

El general Galván, de acuerdo con los testigos, amarró la cara y contuvo el gesto mientras el Presidente se regodeaba con García Luna. Los policías federales mostraron parte de su equipo y armamento de alta tecnología y poder, mientras los militares sobrevolaban con aviones F-5, que son tan viejos que para poder conseguir refacciones tienen que adquirirlas en los cementerios de aviones.

Por esos días se presentó el presupuesto para el próximo año, y los diputados le otorgaron un incremento de 12% a las Fuerzas Armadas. Sin embargo no se aplicó. Por instrucciones presidenciales, la Secretaría de la Defensa declinó el aumento. No era la primera vez que les sucedía. En el primer desfile de este sexenio, el general Galván mandó marchar a sus cuerpos especiales, que lucieron sus uniformes camuflajeados y mostraron parte de su avanzado armamento.

Fue la última vez que lo hicieron. Por razones presupuestales, ese cuerpo fue desmantelado. El año pasado, cuando le iban a otorgar otro aumento presupuestal a la Secretaría de la Defensa, el todavía secretario de Hacienda, Agustín Carstens, pidió vehementemente que no lo hicieran. Los incrementos al Ejército sólo los da el Presidente, explicó.

Los defensores del Presidente dicen que ha estado atento de los militares. Les dio becas y les aumentó los salarios. Cierto. Ahora, por citar el caso paradigmático de Ciudad Juárez, los soldados ganan 6 mil pesos al mes, la mitad de lo que gana un policía federal; duerme en tiendas de campaña en la carretera, a diferencia de los policías federales que duermen en hoteles; y comen a campo abierto, en cocinas militares; los policías federales comen en su hotel. De manera regular los cárteles les escriben en mantas: “dejen de comer sopas Maruchán”, y los invitan a desertar.

La deserción en el Ejército se ha reducido notablemente en comparación con el gobierno de Vicente Fox, donde alcanzó casi el 50% de las Fuerzas Armadas, pero paradójicamente, el trato presidencial al general Galván ha sido muy diferente al que le daba su antecesor al general Clemente Vega. Pero si en el pasado el Ejército fue la institución más justipreciada por el Gobierno, a la vez de temida, hoy está siendo sistemáticamente golpeada. Los presupuestos cuentan, pero las formas también.

El general Galván no tiene la cercanía y la influencia que tiene García Luna, y tampoco el Presidente ha cuidado que la imagen de violadores de derechos humanos sea repartida proporcionalmente a los casos documentados, entre los responsables, y no que caiga mayoritariamente la crítica sobre el Ejército. Tampoco ha buscado cambiar la Presidencia la percepción de que la creciente participación de la Armada en las acciones más delicadas contra el narcotráfico, está asociada a que no hay corrupción en los marinos.

Los cables de Wikileaks reflejan que dentro de las Fuerzas Armadas, el presidente Calderón también tiene sus preferidos. Son la Marina y el secretario, el almirante Francisco Saynez. Para García Luna, cariño y dinero. Para Saynez, cariño e impunidad. Para Galván, la ignominia. El Presidente lo está apretando mucho y se está notando. La liga de la institucionalidad se mantiene sólida, pero la prudencia aconseja no seguirla estirando.
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