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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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16 Diciembre 2018 03:05:00
Las prisas
La frase es bien conocida. Algunos aseguran que fue Augusto el Primero en pronunciarla. Otros la acreditan a Carlos III y no pocos a Napoleón. Sea quien fuera el que dijera a su ayuda de cámara “Vísteme despacio porque tengo prisa”, demostró que sus neuronas funcionaban perfectamente. Los apresuramientos, lo advierte un personaje de La Guerra y la Paz, de Tolstoi, solamente conducen a la demora.

“Vísteme despacio porque tengo prisa” es una sentencia que debería estar grabada en placas metálicas colocadas sobre el escritorio de los principales colaboradores del presidente Andrés Manuel López Obrador. Esto viene al caso por el envío al Congreso de la iniciativa del Jefe del Ejecutivo para derogar la reforma educativa.

Aunque se trata de un error fácilmente remediable, las prisas produjeron un escandaloso error al no incluir el inciso del Artículo Tercero Constitucional relativo a la autonomía de centros de estudios superiores que disfrutan de ese estatus, lo cual dio pie a pronunciamientos de numerosas universidades, entre ellas la de Coahuila.

El secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, hubo de salir a dar la cara e intentar explicar la involuntaria omisión, achacándola a un error mecanográfico. Un error de dedo, como se dice en la jerga periodística.

Ante esto, provoca extrañeza que ninguno de los miles de empleados y funcionarios de la SEP se haya percatado de lo mal redactado del documento.

El “error de dedo” fue fácilmente subsanable y la incomprensible falla quedará finalmente para la anécdota. Bastará enviar al Congreso de la Unión un nuevo texto que incluya el inciso olvidado.

Sin embargo, todas las explicaciones no borran la sensación de que en ciertas altas esferas del Gobierno federal se está actuando con un apresuramiento peligroso. De haberse tomado el tiempo necesario, seguramente en una última revisión a la iniciativa habrían caído en cuenta de la falla, como de inmediato la advirtió el diputado Juan Carlos Romero Hicks.

Parecería que el interés de poner en marcha de inmediato la Cuarta Transformación está dando tropezones debido a la urgencia de cambiar de un día para otro las cosas, dejar todo como tabla rasa para empezar a construir un nuevo país.

Como lo expresó Manuel Gil Antón, profesor del Centro de Estudios Sociológicos del Colegio de México, en una entrevista para la radio: “Así no se hacen las cosas porque demeritan lo que puedan hacer en el futuro. No deben improvisar, pareciera que están haciendo las cosas de prisa. Deben tomarse el tiempo de leer antes de darlo a conocer”.

Más adelante recomendó al Gobierno federal crear un aparato de redacción que esté con ellos desde el principio, “porque esos errores no deben ocurrir y deben cuidarse las formas”. ¿No existirá ya un indispensable aparato como el que propone crear Gil Antón? Debe de existir, pero en esta ocasión no se le turnó el borrador o ni siquiera se le tomó en cuenta, lo cual condujo a poner en evidencia al todavía flamante secretario de Educación, y lo que es más delicado, a su jefe, el Presidente, quien fue el que estampó su firma al calce del documento.

Este es uno de esos tropiezos que deterioran la credibilidad sobre la seriedad y fundamentación de las propuestas. Si tienen prisa por volver realidad la Cuarta Transformación, es necesario que hagan las cosas despacio, meditarlas y madurarlas antes de, como dice el corrido de Benjamín Argumedo, mostrarlas “en público de la gente”.
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