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Raymundo Hernández
Raymundo Hernández
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31 Mayo 2009 04:00:29
Leonel, Leonel
Del susto pasó rápidamente a la indignación, y de esta a la furia. Cuando estaba en la cima de la ira, transitó a la protesta. Y cuando se esperaba una escalada contra el Gobierno federal porque no le avisó que harían la redada por todo Michoacán que lo exhibió como un gobernador que no sabía que pasaba en su estado, Leonel Godoy dio muchos pasos para atrás, se guardó todos sus sentimientos y le dio la razón al Gobierno federal. “El operativo –dijo-, era necesario”.

Qué le dijeron al gobernador Godoy cuando engallado acudió a las instancias federales a reclamar por qué lo mantuvieron en las tinieblas y sólo se enteró de la gran redada cuando lo despertaron para avisarle que la tropa y la policía federal estaban cargando con presidentes municipales en toda la entidad, no se va a saber por algún tiempo. Pero, por su bipolar actitud, en abierta esquizofrenia política, le deben haber leído la cartilla. Godoy tuvo que apretar el cuerpo.

Cuando tuvo tiempo para ajustar el rumbo que iba tomando Michoacán, prefirió cerrar los ojos. Le dijeron que su asesora y vieja compañera de lucha política, Citlalli Fernández, estaba directa o indirectamente involucrada con el narcotráfico, no lo creyó. Cuando le tiraron bombas en el centro de Morelia durante la ceremonia de El Grito de la Independencia el 15 de septiembre pasado, no leyó la dedicatoria. Cuando se la hicieron más explícita en un mensaje que le enviaron por conducto de “El Sol de Morelia” 10 después, advirtiendo que su muerte estaba cerca, siguió como si no hubiera pasado nada.

Leonel Godoy fue el político mexicano al cual le tocó estar la semana pasada en el banquillo de los acusados. Extraño para un político tan fogueado como él, particularmente en las áreas de seguridad y procuración de justicia, donde encabezó procuradurías y secretarias de seguridad pública en Michoacán y el Distrito Federal, y fue el responsable del manejo de política interior de varios gobiernos locales en las dos entidades.

Él sabía del problema del narcotráfico en el estado desde antes de asumir la gubernatura a principios del año pasado, pero no hizo nada.

Durante todo ese tiempo, “La Familia Michoacana” sufrió su metamorfosis. Pensada para luchar por la plaza contra el Cártel de Sinaloa, comenzó a tener fuerza propia al tiempo que una diáspora las reagrupaba en cuatro. Estaba “La Familia” histórica que surgió en Apatzingán, la de Morelia –vinculada a empresarios, en particular del sector agropecuario-, la de Lázaro Cárdenas –que se alió con los cárteles que manejaban las metanfetaminas y crearon un corredor por la costa bordeando al estado-, y la del suroriente, que se dedicó a la piratería de CDs.

Extendieron sus dominios más allá de Michoacán, y comenzaron a disputar territorios a Ismael “El Mayo” Zambada y Joaquín “El Chapo” Guzmán, en el Estado de México. Pero también se pelearon dentro de Michoacán, creando en los municipios de Apatzingán Morelia, Uruapan, Turicato y Carácuaro, sus propios campos fraternales de batalla. Los bombazos en Morelia el 15 de septiembre mostraron qué tan grave estaba esa guerra. “La Familia” de Apaztingán contra la de Morelia. Reclamaban los del sur el apoyo institucional de la capital. Godoy no hizo nada, y esta semana, además de Fernández, fue detenido Ricardo Rubí Bustamante, director de Fomento Industrial de su gobierno, quien había sido el presidente de la cúpula empresarial michoacana, que abreva su fuerza de los capitales morelianos.

La respuesta de “La Familia” de Morelia fue detener a tres personas, meterlas en una casa en Apatzingán, amarrarlas y llamar a la PGR para decirles que los responsables de las bombas se encontraban ahí. La PGR, que ofrecía varios millones de pesos por la información que condujera a los autores de los bombazos, nunca tuvo que pagar la recompensa porque nadie la reclamó. Pero fue por ellos a Apatzingán, les abrió una averiguación previa, los acusó del atentado y los encerró, pese a que la familia de los tres documentaron que la noche de El Grito, se encontraban cenando con varios amigos en Lázaro Cárdenas, bastante lejos de la capital.

Nuevamente, Godoy fue testigo ciego de todo.

Michoacán fue uno de los primeros estados donde se inició el Operativo Conjunto, como originalmente se llamó a lo que se ha convertido en la guerra contra el narcotráfico. Desde antes de asumir la gubernatura, Godoy sabía lo que se enfrentaba. Sus correligionarios perredistas dicen que dio aviso a las autoridades sobre lo que estaba sucediendo con el narcotráfico y las presidencias municipales, pero como sucede normalmente con los gobernadores, escudados en que el tema del narcotráfico es del ámbito federal, se hizo a un lado. O cerró los ojos. O hizo caso omiso de todas las llamadas de atención.

El Operativo Conjunto en Michoacán produjo la primera realidad sobre la penetración del narcotráfico en las instituciones. “Sólo entre Michoacán y Tamaulipas”, dijo en su momento un alto funcionario del Gobierno federal, “encontramos 120 municipios controlados por el narcotráfico”. Godoy, como un gobernador que recibió grandes atenciones del presidente Felipe Calderón, y que fue uno de los primeros perredistas de calibre que lo legitimó en la Presidencia, tuvo que haber sabido, cuando menos en rasgos generales, lo que sucedía en su estado.

¿Es lo que le recordó el secretario de Gobernación Fernando Gómez Mont cuando dialogaron a fines de la semana y Godoy cambió su discurso contestatario por uno de resignación? Nuevamente, la respuesta es desconocida. Pero muchas veces, como en este caso, cambios radicales de posición en periodos de tiempo tan cortos, hablan de que las cosas no son como parecían. Y en este caso, peor de lo que podemos imaginarnos.

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