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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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02 Mayo 2011 03:00:24
Liberar también ‘a la Creación’
En cuanto al “Reino de la Justicia, del amor y de la paz”, que debe ser realizado, en todo el mundo, por los cristianos, nos dice San Pablo: “en este reino, las mismas creaturas serán liberadas de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. (Rom. 8, 21)”.

¿En qué sentido los cristianos conducen a la creación, esto es, a todo el universo, a la libertad?. La razón es que el hombre está “íntimamente ligado” a la materia, y no sólo a la materia de su propio cuerpo, sino, también, al resto del mundo material. En efecto, el hombre no se eleva sobre el mundo material, como si fuera una estatua en la que el universo material sería sólo su pedestal, sino que, más bien, el hombre es como la flor y las demás cosas le sirven de tallo.

Por razón de esta unión con el universo, la actividad del hombre se refleja en todas las cosas materiales. No es indiferente si el mundo es tocado por un hombre “libre y en gracia de Dios”, o si es tocado por un hombre que esté en pecado, con su oscuridad interior y sus cadenas de mal. Por eso podemos comprender las palabras de San Pablo, que dice, en su carta a los romanos, que, con la caída del hombre también el mundo material “quedó sometido a la vanidad y es impulsado a la esclavitud de la corrupción” (Rom. 8, 20-21).

Pero, de la misma manera que el pecado, también la Redención de Cristo, abarcó, juntamente al hombre y a la creación entera: “En efecto, Dios quiso… por medio de Cristo, reconciliar consigo todas las cosas, (tanto las de la tierra como las del Cielo), haciendo la paz por virtud de la Sangre de la Cruz” (Col. 1, 19-20). Al decir: “Todas las cosas”, se entiende que Cristo reconcilió no solamente a los hombres, sino también a todas las demás creaturas. De igual manera en la carta a los efesios, dice san Pablo: “El Padre ha decidido `poner todas las cosas´ bajo una sola cabeza: Cristo. Tanto las cosas que están en el Cielo como las que están en la tierra” (Ef. 1, 10). De este modo, para la Redención, “todas las cosas” tienen su consistencia en Él” (Col. 1, 17).

Y, de la misma manera que en el hombre los efectos de la redención no son todavía definitivos, (lo serán en la gloria futura, después de la resurrección de los muertos). (Rom. 8, 23), así también sucede en el mundo material, los efectos de la gracia, todavía no han derrotado definitivamente los efectos del pecado, sino que están aún en lucha con él. Por este motivo, “toda la creación hasta el momento presente gime y sufre dolores de parto, esperando ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad y de la gloria de los hijos de Dios” (Rom. 8, 21).

Por lo tanto la libertad de la materia está en relación directa con la libertad interior del hombre. El hombre será plenamente libre, sólo en el estado de gloria, en el otro mundo. Entonces, también el mundo material pasará a la plena libertad, cuando, después del día del juicio, se asocie a los hijos de Dios ya resucitados y glorificados, para ser “Cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habite la justicia” (2 Pd. 3, 13).

Esta manera de asociar al hombre con la naturaleza, (que tal vez, para muchos es extraña), se comprende más fácilmente en el pensamiento moderno. Hoy sabemos que la tierra (aquella tierra que es el instrumental de la técnica moderna), se está abriendo cada vez más al hombre, ya que está siendo, cada vez más, trabajada por su mano. La tierra, en la cual se expresan los más íntimos impulsos del espíritu humano, la tierra que es, en una palabra, siempre más, la expresión del hombre y, por lo cual, es una nueva realidad, ya no es solamente la “tierra”, sino la “tierra-hombre”. Y siendo la “tierra-hombre”, es, juntamente con el hombre, por razón de su libertad o no libertad, igualmente libre o no libre.

El ejercicio del poder regio del hombre sobre la naturaleza y la “liberación de la Creación”, se descubren, cada vez mejor, en el perfeccionamiento de la existencia humana, (hecho a través del trabajo humano), en el progreso de la técnica y de la cultura civil, en la distribución más equitativa de los bienes creados, en el “progreso universal, en la libertad”, en la restauración de las “instituciones y condiciones del mundo”, en las “normas de la justicia”, en la realización, cada vez más plena, de todo aquello que “une las fuerzas para el bien”.

El trabajo de la “liberación” del mundo, es un trabajo más accesible a los laicos, más bien que a los religiosos o a los sacerdotes. Por esto la Iglesia invita, de manera particular, a los laicos a realizar este trabajo de “liberación”: “es a los laicos a quienes les corresponde asumir la instauración del Reino de Dios en el orden temporal como trabajo propio”. Como ciudadanos, les toca cooperar en este trabajo, juntamente con los demás ciudadanos, según la capacidad específica de cada uno y bajo su propia responsabilidad. Entre las obras de tal trabajo, se distingue la “acción social de los cristianos”, que la Iglesia desea (según el mandato misionero de Cristo), se extienda a todo el ámbito del orden temporal y a toda cultura humana.
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